No pienso en el sentido de la vida. Para mí, el sentido de la vida es disfrutarla. Pasa rápida.
En mis años de opositor, que siempre recordaré con gran estima por quienes me apoyaron en la causa perdida, el rígido calendario apenas dejaba espacio para el epicúreo disfrute de los placeres menos mundanos.
Uno de los escasos momentos de relax me lo proporcionaba Don Ramón Trecet y aquella joya de programa que, de tres a cuatro de la tarde, se emitía en Radio 3.
De los muchos músicos que conocí en esas intensamente recordadas sobremesas, viene a mi mente, hoy, el grupo Nightnoise, una banda que fusionaba la música tradicional irlandesa con el jazz.
Lo que en 1984 comenzó como una colaboración puntual entre el violinista estadounidense Billy Oskay y el guitarrista irlandés Micheal O’Dohmnaill, devino en cuarteto tres años después, cuando la hermana de Michael, Tríona Ní Dohmnaill, pianista y vocalista, y el flautista estadounidense, Brian Dunning se unieron al dúo original.
El primer álbum del cuarteto fue Something of Time, lanzado por el sello Windham Hill en 1987, y contenía un precioso tema, con el título que da nombre a esta pieza.
No creo que haya mejor y más breve explicación de la filosofía de vida de uno de los personajes más apasionantes que haya producido la épica baloncestística en los últimos cincuenta años.
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Nacer en Brooklyn en los cuarenta, era nacer en territorio de baseball.
En el imaginario deportivo de toda nación, hay lugares y momentos que forman parte del incansable recuerdo, del mito, de la leyenda y en la tierra de las oportunidades, ese lugar se encuentra en Flatbush, una barriada fundada en el siglo XVII por granjeros venidos de Holanda, en busca de un futuro mejor. Gentes de fortuna, cuyos descendientes, tres siglos más tarde, tendrían la dicha de cruzar la majestuosa rotonda que señalaba el exacto posicionamiento del emporio de los prodigios, en el corazón de Brooklyn.
En América, no hay enclave que responda más fielmente a esa descripción que la esquina de Sullivan con McKeever, donde se alzaba, majestuoso, Ebbets Field, el genuino campo de sueños de la nación americana, donde jugaban los Dodgers, los originales, los verdaderos, los de Brooklyn, los eternos underdogs ante el poderío de Giants y Yankees en esa Gran Manzana convertida en centro neurálgico del pasatiempo nacional.
En su tierra y en su césped, en medio de un indescriptible aroma a excremento de cerdo, alcohol y sulfuros, Jackie Robinson rompió la barrera del color en el deporte que mejor representa la identidad del pueblo americano, y en sus calles miles de aficionados juraron entre lágrimas no volver a ver ningún partido más, cuando Walter O, Malley se llevó el equipo a Tinseltown.
A pesar de ser asiduo de los bleachers de Ebbets, de idolatrar a Duke Snyder, e incluso haber hecho sus pinitos como prometedor pitcher, acaso ya anunciando su contradictorio espíritu, su natural rebeldía, DOUG MOE se decidió por el baloncesto.
Moe fue un jugador de asfalto y church leagues, antes que High School, prefería ligas menos estructuradas donde jugaba bajo nombre falso que coincidiera con la camiseta que le prestaban ; así si jugaba para YMCA, en la Liga Protestante, se llamaba Chatterton; Moskowitz si lo hacía en la Jewish League, y era conocido como Martin en la liga Católica.
Su unica religión era el basket y si para profesarla había que cometer algún pecado venial, él no iba a poner problemas.
Tras pasar un último año en Erasmus Hall High, su calidad era tal que despertó el interés de North Carolina, siendo una especie de pionero en la ruta Brooklyn-Chapel Hill, que después seguirían otros brooklynitas como su inseparable amigo Larry Brown y el chico canguro, Billy Cunningham.
Moe era un mocetón de 1,98, fuerte como una roca, agresivo y luchador, excelente defensor, no tenía una mano especialmente caliente, pero suplía su falta de acierto con un esplendor atlético muy valorado por su entrenador, el mítico Fran McGuire, el hombre del milagro Tar Heel ante la Kansas de Wilt Chamberlain en 1957.
En aquella UNC, Moe y el tirador York Larese son las estrellas, en un tiempo en que las eternas rivalidades de la ACC a menudo acababan en tabernarias peleas de ambos equipos en medio de la cancha, con aficionados lanzando puñetazos a diestro y siniestro, y la policía tratando de contener los ánimos, mientras la banda local amenizaba el tumulto a los alegres sones de Dixie.
Se recuerda un partido en Winston Salem en el que a Moe un seguidor de Wake Forest le puso un ojo a la funerala, y otro en Durham, en que Art Heyman, la estrella de Duke, apisonó al base Larry Brown cuando trataba de culminar una bandeja en contraataque, dando lugar a una multitudinaria bronca, con detenciones policiales incluídas.
Precisamente fue Heyman el máximo rival de Moe en aquella época, ambos eran jugadores duros, pero el Blue Devil tenía infinitamente más clase- aun hoy en día hay quien sostiene que fue el mejor jugador que nunca se haya enfundado la camiseta de Duke. La leyenda dice que tras dominar Moe en el Dixie Classic de 1960- MVP con 16 puntos y 17 rebotes, secando a Heyman en los momentos decisivos- el Dukie recortó la foto de Moe y la colocó en la habitación frente a su cama. En el siguiente duelo, le metió 36 puntos.
Tras un año senior excepcional – campeonato de la ACC y nombrado All America con 20 puntos y 14 rebotes por partido- su salida de los Tar Heels estuvo marcada por un escándalo de point shaving que le valió desaparecer del libro de records y ser vetado por la NBA.
Un gran jurado en New York inició sus pesquisas contra una organización que amañaba resultados gracias a varios contactos con jugadores de importantes universidades, uno de los cuales era Lou Brown, base de UNC e íntimo amigo de Moe.
En el verano previo a su año senior, ante la insistencia de Brown, y casi por no desairarlo, Moe aceptó viajar de Chapel Hill a New Jersey para reunirse con Aaron Wagman, uno de los cabecillas del racket de apuestas.
La investigación nunca consiguió probar la implicación de Moe, tan solo que un fixer le hizo una propuesta de amaño que rechazó, pero el hecho de no informar de ese encuentro y aceptar los gastos de desplazamiento – 75 $- acabaron condenándole; incluso siempre se comentó que aceptó una injusta sanción antes que avenirse to name names.
Connie Hawkins, a la sazón jugador de Iowa, sería la gran pieza que aquella cruzada anticorrupción se llevara por delante, junto a otras estrellas colegiales como Roger Brown de Dayton, Charlie Williams de Seattle y Tony Jackson de St. John\’s, que más tarde encontrarían acomodo en la ABA.
A pesar de haber firmado por los Packers de Chicago- más tarde conocidos como Bullets de Washington- que lo eligieron como nº 2 del draft, vedado su futuro con los pross, Moe tiene que buscarse la vida.
Tras seis meses en el ejército, se ganaba el pan vendiendo seguros en Durham cuando, gracias a Dean Smith, ya head coach de North Carolina, encuentra trabajo en Elon College, como asistente del entrenador. Allí será donde unos emisarios italianos- que han puesto sus ojos en Billy Cunningham, sin saber que es intocable- siguiendo indicaciones de Dean Smith acaban por fichar al propio Moe.
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1965 es el año de apertura de la pallacanestro a los jugadores extranjeros, y una importante camada desembarca en Il Bel Paese, hablamos de gente como Skip Thoren, Bill Dolar Bradley- solo para Europa- o Joe Isaac.
En Padua, una pequeña ciudad a 20 km de Venecia, la Unione Sportiva Petrarca era un club modesto, de profundas raíces religiosas – los niños del colegio jesuita Antonianum recibían entrada gratis si asistían a la clase de religión y el domingo a misa- que disputaba la serie A italiana ante gigantes como la Simmenthal, la Ignis o la Oransoda, representantes todos ellos del prospero Nord, escuadras que reclutaban jugadores por toda la geografía italiana.
La Petrarca era un poder en categoría inferiores (títulos junior en 1957,1958 y 1959), con una base de jugadores locales, prácticamente todos ellos estudiantes en la Universidad de Padua.
Ese año 1965, el mecenas Giacomo Galtarrosa y el recordado padre Luigi Pretta, el verdadero alma y factotum del club, se habían propuesto hacer algo grande para la ciudad y contrataron para ello a dos grandes estrellas:
– En el banquillo se sentaba Aleksander Asa Nikolic, para muchos el más influyente entrenador de la historia del basket europeo, un hombre meticuloso e innovador, arquitecto de la selección plavi que maravillara al mundo y del Ignis Varese, que dominara la máxima competición continental durante la década de los 70.
– Y en la cancha, Doug Moe, un jugador de otro mundo en aquella competición italiana semiamateur; Moe podía jugar de alero o pivot, defendía como nadie, veía la cancha como pocos, pasaba como los ángeles y era capaz de anotar en suspensión a cuatro metros tras finta de entrada o en bandeja, con ambas manos.
Años más tarde, Enrico Campana, maestro de giornalisti, lo llamaría Magic Johnson ante litteram.
Su ambidextrismo maravilló tanto a Nikolic, que seguramente creyó ver en él a la criatura apenas perfilada en sus simétricos sueños de perfección, que grababa sus lanzamientos de tiro libre – cambiando de mano- y sus bandejas, para mostrárselas a sus jugadores y a los niños de las categorías inferiores.
El primer año de Moe en Italia fue memorable, acabando como máximo anotador del campeonato, a más de 30 puntos por partido, llevando a su equipo a luchar con Ignis y Simmenthal por el título de liga; de hecho la Petrarca era líder tras acabar la primera vuelta y solo unas derrotas imprevistas en las jornadas finales le hicieron acabar en una histórica tercera posición, a tres victorias de los dos colosos lombardos, que se jugaron el scudetto en un spareggio que dominaría la Ignis.
Un tipo duro, formado en las canchas de Brooklyn y criado en la rugosa ACC, donde salir vivo de un partido era toda una gesta, Moe aún recuerda la violencia de los marcajes que hubo de padecer en la pallacanestro, una vez que todos conocieron de su clase. Desconocidos jugadores locales eran reclutados desde el banquillo para moler a golpes a aquel americano que no paraba de bullir por la cancha.
El Palasport Tre Pini, no más que un pequeño gimnasio en el colegio Antonianum, siempre abarrotado con sus apenas 2.000 plazas, se convirtió en inexpugnable fortín, cayendo en él solo los locales, y por escasamente tres puntos, ante la gran escuadra varesina.
Al año siguiente, Moe empieza a sentir saudade, su mujer no aguanta bien el frío y húmedo invierno padovano, y a pesar de que el club le da el tratamiento que solo las pequeñas ciudades italianas dispensan a sus grandes héroes deportivos – 6.000 $ de ficha, más coche y alojamiento de lujo gratis- y que la familia aprende el idioma, piensa en volver a casa.
El equipo se resiente de la melancolía de su jugador faro, y apenas salva la categoría, ocupando la antepenúltima posición.
Cuando su amigo Larry Brown le llama para hablarle de la posibilidad de jugar en una franquicia en New Orleans de una nueva liga que se ha creado, llamada American Basketball Asociation, Moe no lo duda y pone rumbo a los States, convertido ya en leyenda del baloncesto italiano.
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Si Italia representó una aventura para el chico de Brooklyn, la ABA, no menos azarosa, fue una especie de desquite, un reto para mostrar al mundillo profesional lo que, como jugador, Moe no fue y pudo haber sido.
Nombrado 3 veces All Star, en sus tres primeras temporadas, segundo máximo anotador en 1968, campeón de la ABA con los Oaks de Oakland en 1969, solamente con ello nuestro hombre ya tendría un lugar reservado entre los más grandes de la competición.
Su espíritu competitivo se refleja en sus cifras, siempre mejores en tiempo de playoffs que durante liga regular, y en la opinión que de él guardan sus técnicos y compañeros, difícil encontrar alguien que tenga malos recuerdos.
Y todo ello lo logra en un mar de zozobras como era esta competición, siempre marcada por la enorme sima posibilística entre lo que soñaron sus dirigentes y la cruda realidad.
Moe y Brown siempre recuerdan con placer su llegada a esta liga alternativa, en la que en muchos partidos había más gente sobre la pista que en la gradas. Franquicias como los Amigos de Anaheim, los Minnesota Muskies y los Houston Mavericks olían a cadáver ya antes de haber nacido, y solo Indiana Pacers y Kentucky Colonels cuentan con asistencias mínimamente aceptables desde los inicios.
Los Bucaneers, para ahorrar, solo desplazaban diez jugadores a sus partidos fuera de casa, quedando los otros dos en The Big Easy, y contrataban interminables vuelos con hasta tres enlaces, con tal de que salieran baratitos.
Con todo, sería en la ABA cuando, por fin Moe iba a encontrar la oportunidad de poner a prueba su indiscutible carácter ganador, alcanzando un título que muchos dieron por perdido.
Moe y Larry Brown llegan en junio de 1968 a Oakland, la franquicia propiedad del cantante Pat Boone, en un trueque mil veces maldecido por los New Orleans Bucaneers, que a cambio reciben al escolta anotador Steve Jones.
Tras unas durísimas negociaciones personales con Alex Hannum, entrenador y vicepresidente, que requieren la mediación de Dean Smith, Moe firmará por 30.000 $, más un bonus por firmar de otros 5.000.
Curiosamente, al final de temporada la mujer de Moe, que llevaba su contabilidad, recibió un cheque de 5.000 $ de los Oaks, que ya le habían abonado su bonus al estampar la firma. Comprobado el pago duplicado, el honrado jugador fue a devolver el cheque, pero en la oficina de los Oaks no quisieron tomarlo, para ellos todo estaba en regla. Moe insistió, pero no hubo manera, así que decidió ingresarlo en cuenta.
Tanta tensión al momento de pactar las condiciones, para después pagar de más y ni darse cuenta. Solo en la ABA.
En los Oaks, la estrella es Rick Barry, que tras 34 partidos viaja a una media de 34 puntos, 9 rebotes y por encima del 50% en tiros de campo. En la tristemente célebre cancha de Commack, una auténtica ruina plagada de insólitos peligros que acechaban a los jugadores que osaban hollar su piso, donde jugaban los Nets de New Jersey, Barry sufre una grave lesión al ser arrollado por la espalda por Ken Wilburn mientras dejaba una bandeja, y queda fuera para el resto de temporada.
Moe siente que el entrenador Hannum no confía en la plantilla, y tocado en su orgullo llama a rebato al resto de la plantilla, fundamentalmente a Larry Brown y al pívot ,de apenas 2,02, Ira Harge, encadenando una serie de nueve victorias.
Oakland jugaba como años después lo harían los Nuggets, Harge aseguraba los rebotes bajo el aro y para el resto, cada oportunidad de anotar debía ser aprovechada, cuanto más rápido mejor, había que aturdir al rival a base de canastas a un ritmo endiablado.
De ahí al final de temporada todo es armonía en el equipo californiano, que acaba obteniendo el anillo ABA ante los Pacers de Indiana, ganando 4-1 en la final, con tres victorias finales consecutivas en las que la clave es un chaval talentoso de Wichita, que sería más tarde tristemente conocido en la liga por sus psicopáticos comportamientos promovidos por una insaciable paranoia racista, pero que ese año rozó la perfección hasta hacerse con el premio al Rookie del año
Se trataba de Warren Armstrong, más conocido como Jabali (en swahili "Roca"), un portento físico que en el partido final, jugado ante 7.000 personas en las gradas del Colisseum, se va a los 39 puntos, para asegurar una agónica victoria en la prórroga por 135 a 131.
Dos años después, Moe sufre una nueva lesión de rodilla que pondrá fin a su carrera como jugador. Estando aún convaleciente en el hospital, una vez más es su amigo del alma, Larry Brown, el que le lanza un cabo, cuando le propone ser su segundo en los Carolina Cougars, oferta que Moe acepta de manera inmediata.
El, que siempre soñó jugar hasta pasados los 40, inicia, de aquella manera, una carrera como técnico, por la que curiosamente será más recordado por el gran público.
Pero esa etapa ya pertenece a otra historia.
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Como puede verse, la carrera como jugador de Doug Moe, aún siendo fascinante y plagada de experiencias extraordinarias, permanece prácticamente en el olvido, o al menos en un innegable segundo plano en relación con su ampliamente conocida biografía como entrenador.
En España, siempre será recordado como ese estrambótico técnico que en la década de los 80 asaltara nuestras pantallas al frente de aquellos Nuggets que asombraron al mundo con su juego ofensivo, una máquina de anotar, que para algunos no les llevó a ninguna parte, pero que los instaló para siempre en el corazón de cierto tipo de aficionados, que adoran la ética y la estética del juego libre.
Lamentablemente, los indescifrables reflejos de sus terribles chaquetas han cegado a muchos aficionados, que se quedaron en ese arista folklórico de su policrómica personalidad, y acaso sea dando a conocer esa parte soterrada de su vida, mostrando el background en que nació y se crió este verdadero sportsman, en el sentido inglés que tiene este término, que se hagan más meritorios a nuestros ojos sus reivindicaciones e indudables logros de su etapa más conocida, allá por Colorado.
Más allá de la anécdota indumentaria, Moe cogió a los Denver Nuggets a mediados de la temporada 1980/81 en sustitución de Donnie Walsh, quedando fuera de playoffs por segunda temporada consecutiva. En las ocho siguientes campañas, desde 1982 hasta 1990, dirigidos por Moe, los Nuggets llegaron todas las temporadas a playoffs, siendo el mejor resultado la final de conferencia Oeste perdida frente a Los Ángeles Lakers en 1985.
De Doug Moe, Bob Costas dijo que vestía como una víctima de unas inundaciones, y Asa Nikolic que era el mejor jugador que había tenido ocasión de entrenar.
Doug Moe es uno de los pocos personajes de los que me atrevería a utilizar, sin asomo de sonrojo, aquella manida frase de “ya no los hacen así”.
– Nunca he estado a gusto con corbata. Opino que las corbatas son ridículas para los entrenadores. Este es un negocio de emociones. No se trata de estar sentado en una oficina intentando impresionar a la gente.