Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!


Alguna vez alguien tendrá que entrar a fondo en esa proteica disciplina que es la sociología deportiva, estoy seguro que cuando llegue al capítulo dedicado al baloncesto tendrá mucho material para analizar.

Por lo pronto, se me representa como fértil iter scientia, la interactuación de los americanos con la sociedad española, de los tiempos de la inocencia tardofranquista, en que un negro rasurado de 2 metros y 130 kilos era la quintaesencia del terror cotidiano, a la actual convivencia pacífica con ese extraño elemento, en el marco de la cultura en la Aldea Global.

Y como fuente de hilarantes conclusiones las celebérrimas anécdotas, que tan a menudo trocan de protagonista con la misma facilidad que una veleta de sentido; todos oímos hablar del americano que condujo del aeropuerto a su ciudad en primera- parece ser que fue Leonard Mitchell en Collado Villalba- o de aquel otro que amontonaba basura en el fregadero – se cuenta que Bryan Sallier- a la espera que empezara a triturarse, por no hablar del que confundió a los nazarenos de la Semana Santa andaluza con activistas del Ku Klux Klan (¿Ricky Brown?)

Pero acaso la situación más estrambótica se dio cuando una estrella de la liga profesional norteamericana, esperada en el Aeropuerto del Prat por los representantes de un importante club catalán, instantes antes de tomar el vuelo desde el LAX, decidió quedarse en tierra, siguiendo la palabra de Dios, que, aprovechando la proximidad, le había advertido quedarse en casa.

Lo que en su momento sonó como la más abracadabrante de las excusas, quizás a la luz de lo que aquí vamos a narrar, resulte menos duro de digerir.
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Corría el verano de 1985, y José Luis Núñez, presidente del FC Barcelona, dispuesto a contar con una sección de basket que acabara con el dominio histórico del Real Madrid, había prometido a su nuevo entrenador, Aíto García Reneses, que tendría el dinero para hacer una gran plantilla.

El primer paso, antes de la llegada de Andrés Jiménez al año siguiente, consistía en obtener los servicios de un center puro que inhibiera la capacidad intimidatoria del pivot merengue Fernando Romay en la zona, que Aíto consideraba fundamental para el eterno rival, y para ello a mediados de julio, se anunciaba a bombo y platillo en la prensa catalana el acuerdo verbal con Warren Legarie, representante del pívot americano de origen holandés, SWEN NATER, un 2,12 que con 35 años acababa de ser el máximo reboteador de la pallacanestro en las filas del Australian Udine, tras una larga carrera en los pross, tanto en la ABA como en la NBA.

Pocos días después, por la Ciudad Condal empiezan a surgir rumores acerca de un posible intento por parte de Nater de echarse atrás en el compromiso, por tener una oferta de Clippers para continuar su carrera en la NBA, lo que para muchos era una estratagema para subir las cifras del acuerdo, ya de por sí bastante elevadas (150.000 dólares de la época, unos 25 millones de pesetas); rápidamente el entrenador madrileño sale al paso, revelando que en su reciente viaje a los USA habló con el propio jugador, que le confirmó que hacia el 10 de agosto estaría en Barcelona, poniéndose a tono, entre tanto, en las ligas de verano.

De hecho, el Barça configura su plantilla sobre esa base fundacional, y se ficha a Mark Smith, otra estrella de la liga italiana, en la Mulat Napoli, un 3-4, como segundo americano, dando por hecho que Nater vestirá de blaugrana.

Sin embargo, el pívot de Den Helder nunca pisaría suelo catalán, y a inicios de agosto se confirmó la defección, aduciendo Legarie el consejo divino, la verdad revelada in extremis, como guía de la decisión de su cliente. El Barça se quedó con un palmo de narices – ficharon al siete pies guaperas canadiense Gregg Wiltjer, a años luz de Nater, como recambio de urgencia- y el acontecimiento quedo incorporado al rico acervo de anécdotas de americanos, pues nadie creía en la peculiar explicación dada por el representante del jugador.

Mas, analizando en profundidad la biografía del pívot holandés, es posible que ese juicio sumario pudiera ser objeto de matización, hacia una probable credibilidad.
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Cuando Nater toma la decisión de no viajar a Barcelona, ya es un hombre acogido por la fe cristiana, frecuente lector de la Biblia, que conoce como la palma de su mano. Para hallar las razones de sus firmes creencias religiosas, hay que remontarse al año 1978, cuando el holandés, ya un pívot respetado en las ligas profesionales, acaba de ser traspasado de los Bucks a los Braves de Buffalo, su séptimo equipo en cinco años de carrera profesional.
 

Nater, un competidor nato, hecho a sí mismo, se siente alienado, sin echar raíces, y trata de encontrar consuelo en las sustancias psicotrópicas; en este punto hay que aclarar que estamos hablando de un hombre maduro, culto, recientemente casado, con hijos, muy lejano del perfil de jugador/consumidor al uso.

Ya antes había probado la marihuana, una droga menor, incluso llevaba la vida promiscua que se le ofrece a todo jugador profesional que se pasa la mayor parte de su vida en aeropuertos y hoteles, rodeado de mujeres fáciles, pero en esas fechas había empezado a darle a la cocaína, la cual le era ofrecida gratuitamente por dealers a la caza de un nuevo enganchado. Según narró a Basketball Digest en 1980, consumió unas cuatro veces sin pagar nada, y con conocimiento de su esposa.
 

Estaba empezando a sentir el abismo de la dependencia, cuando una noche en un hotel de Denver, al abrir un cajón encontró la preceptiva Biblia. Guiado por la curiosidad, comenzó a ojearla, y su lectura le liberó de ansiedad, confortándole; desde entonces Nater todos los días dedicaba varias horas a los Textos Sagrados, que acabó en apenas tres meses. Aquel acontecimiento marcó su vida, y en la cancha nuevamente fue ese jugador que asombrara en la ABA, conocido, amén de por su extraordinaria capacidad reboteadora, por su intensidad y agresividad, que le hacían superar sus déficits técnicos, asociados a una carrera tardía.

Desde entonces, Nater llevó vida de ferviente cristiano, acudía a misa los domingos y fiestas de guardar, e incluso, tras retirarse como jugador, ejerció de profesor en colegios religiosos y participó en varias campañas de recaudación de fondos ligados a asociaciones cristianas. Su conversión apagó la antigua ferocidad en el parquet, sus afilados codos eran temidos por los pívots rivales, y al respecto siempre recuerda como a los pocos días, permitió al novato Bill Cartwright, en un partido en el que le trató sin respeto, sacándole varias veces de la zona a base de empujones, salir incólume de la cancha, algo que, meses antes, jamás hubiera ocurrido.
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Más allá del incidente iniciático en el hotel de Denver, Nater ya había tenido motivos para creer, pues su vida parecía sacada de una novela de Dickens actualizada con un mal guión hollywoodiense, y a pesar de ello había salido adelante, alcanzado fama y riqueza.
 

Con 6 años, su madre y su padrastro, le abandonaron junto a su hermana menor, en un hospicio holandés, al cuidado de los servicios sociales, pues no tenían dinero, y sospecho ni ganas, de llevárselos a Estados Unidos, junto con su hija en común.

Una infancia de inclusero marca carácter, y de esa vida miserable vino a ser rescatado de la manera más insólita posible, ya con nueve años, a través de un concurso de la TV americana llamado It Could be You, a cuyos responsables llego la historia de los dos niños abandonados por una madre que entonces vivía en California.Conforme a la frívola mecánica de estos programas sorpresa, los niños en un viaje relámpago de 24 horas, son llevados al estudio, a la vez que la madre había sido engatusada para presenciarlo entre el público; cuando aparecieron sus dos derelictos retoños, la escena del reencuentro ante las cámaras pueden imaginársela.

El pequeño Sven, en su bendita inocencia, no sabía una palabra de inglés y pensaba que en América todos los hombres eran cowboys, pero pronto supo que en California él y su hermanita tendrían una vida mejor. De esta forma, Nater se cría prácticamente en California, en el seno de un hogar con problemas, pues su madre estaba en trámites para divorciarse de su padrastro. En casa de los Nater, el deporte es visto como un lujo, y así el pequeño Sven es derivado hacia la música, concretamente al violín, aunque su verdadera pasión son las matemáticas, donde es un alumno aventajado.
 

Pero la justicia a veces es poética, y el espectacular estirón del chico, que con 16 años ya anda por los 2,04 metros, hace que sus dedos sean demasiado gruesos para el arte musical, dándole la oportunidad de explorar los caminos del basket.

Y así empieza a jugar ya muy mayor, en el Junior College de Cypress, donde su entrenador no se cree lo que la Providencia la ha traído, en forma de mocetón de casi siete pies y 120 kilos de músculo, con algo de  movilidad y buena mano. Solamente había un problema, y es que el chico era muy blando, alérgico al contacto, a pesar de ese corpachón marinero que lucía. Así que Nater, tras un primer año en JC bastante decepcionante, hubo de pasar por otra experiencia traumática pero finalmente enriquecedora: endurecerse ese verano en las inclementes canchas de los playgrounds angelinos, donde un lechón de sus características era el plato deseado por muchos lobos que moraban en aquellos territorios salvajes.

El holandés, acompañado por su entrenador, llega hecho un niño que humillaba la cabeza a cada mate en su cara, y a fe que fueron muchos, y se va como un hombre que no rehúye una pelea a puñetazos con quien ose violar su zona de influencia. Allí se daría cuenta que sus codos servían para algo más que atril de su cabeza cuando estudiaba, repartiendo a diestro y siniestro hasta que la lobuna sonrisa de aquellas malas bestias del playground acabara por desvanecerse.
 

Su master callejero rinde dividendos, siendo All America en Junior College, con 21 puntos y 13 rebotes por noche, al punto que el mismísimo Wizard of Westwood, con ocasión de un encuentro de entrenamiento en pretemporada entre el equipo de freshmen de sus Bruins y el Cypress JC, entrenado por su amigo Don Johnson, pone sus ojos en él, visionando el perfecto recambio de Bill Walton en UCLA, la guinda de un equipo virtualmente invencible.
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Su fichaje por UCLA fue tortuoso, pues John Wooden era poco dado a dar ficha a jucos, pero la insistencia del chaval, que llegó a suplicarle le acogiera en la entrevista que ambos mantuvieron, y su indudable atractivo como recambio de Walton, acaban por decidir al Mago, que nunca le prometió que llegaría a salir a la cancha.

En los Bruins, Nater hace de la necesidad virtud, y aprecia lo que supone para un tipo como él, que apenas lleva tres años jugando, con todo por aprender, el poder entrenar cada día con el mejor pivote americano del momento, el legendario Bill Walton, en el momento de florecimiento y esplendor de todos sus talentos.

El gran pelirrojo entrena día a día con Nater y a su vez se beneficia de contar como sparring con el que ya para muchos es el segundo mejor centro colegial, es el comienzo de una gran amistad, y desde entonces Walton siempre ha reconocido que no hubiera alcanzado el nivel que logró sin la competencia cotidiana con el holandés, muy parecido caso al de Shaquille O,Neal con Stanley Roberts en LSU.

En UCLA son dos años de éxitos, con dos anillos y la imbatibilidad, con un record inigualable de 60-0. Nater. en un equipo con tres futuros pros en el quinteto titular- además de Walton, Henry Bibby y Keith Wilkes – se limita a dar descanso al pívot californiano manteniendo el nivel defensivo y aportando algo en ataque- concretamente casi 7 puntos el primer año. Esa temporada, en su debut en el NCAA Tnmt., ante Weber State, con un Walton extrañamente inefectivo- 4 puntos- Nater alcanzaría su record de anotación con 12 puntos, justo cuando su equipo más lo necesitaba.

Prueba de la calidad del de Den Helder es que es preseleccionado para el combinado que representará a USA en las olimpiadas de Munich, equipo que abandona por problemas con la alimentación, pues no aceptaba las restricciones que se le imponían. Su fama es tal que, al acabar sus dos años colegiales, es elegido en primera ronda de los drafts de la ABA (9ª elección en 1972 Floridians) y la NBA (16ª elección en 1973, Bucks), constituyendo el único caso conocido de jugador universitario que sin haber sido titular en ningún partido, acaba en primera ronda.
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La llegada a la ABA no puede ser más impactante, y ya en su primer año alcanza el valioso galardón de Rookie of the year, jugando para los Squires y los Spurs, y deslumbra en el All Star Game de Norfolk con 29 puntos y 22 rebotes en 28 minutos de juego, dominando a un más mediático Artis Gilmore que recibe injustamente el MVP del partido.

En la liga de las bolas multicolores, el holandés, con sus centímetros y su despliegue físico en la zona, es un pastel codiciado, como lo demuestran dos anécdotas que ocurrieron con motivo de trades en los que Nater era la pieza fundamental, y que nos dicen mucho de cómo funcionaba aquella competición de Rinconetes y Cortadillos.
 

Jugando para Virginia ese año del debut profesional, Angelo Drossos, el taimado greco-americano propietario de los Spurs, por recomendación de su entrenador, Tom Nissalke, quería hacerse con los servicios de un Nater que era suplente de Jim Eakins en Virginia. En la ABA todo el mundo sabía que Earl Foreman, propietario de los Squires, siempre andaba con problemas económicos y era capaz de arrendar a su madre por un dólar.

En un encuentro de la Liga en New York, Drossos, sirviéndose de su amigo Dick Tinkham, consejero de los Pacers y miembro del Consejo de la Liga, consiguió cerrar el fichaje de la manera más esperpéntica, en un club de alterne llamado Dionysus. Para ello, con mucho bourbon ya consumido, le comentó a Tinkham, mientras Foreman iba al baño, que pensaba ofrecer 300.000 $ por Nater, a lo que aquel manifestó que si por ese leño pagaba esa cantidad, él le daba a George McGinnis– en ese momento uno de los 3 mejores jugadores de la ABA- por el mismo precio. Pero los Spurs necesitaban un center y Tinkham acordó que ayudaría a Drossos a conseguirlo.

Cuando Foreman vuelve al reservado, se encuentra con una servilleta manuscrita por Drossos, en la que figura la cifra de “50.000 $”, en concepto de adelanto por los 300.000 $ que está dispuesto a ofrecer por Nater. Foreman, oliendo pasta, se hace el duro y dice que no puede vender, pero Drossos y Tinkham, que saben que aquel está en serios apuros con la Liga- debía varias mensualidades de cuota- le tientan, mencionándole que todas sus penurias se acabarían si Drossos fuera capaz de ponerle en cuenta, en 15 minutos, los 300.000 $. Foreman no duda un segundo en aceptar el reto.

En apenas nueve minutos, un banco de San Antonio había depositado la pasta en la cuenta de Foreman en la Reserva Federal de New York, y de esa manera, según reza la leyenda, a las dos de la mañana, con música de sirtaki de fondo, Nater era Spur.

Acabada su segunda temporada en San Antonio, donde fue el primer jugador con su propio club de fans, las Nater,s Raiders, y en la que los Spurs caen en primera ronda de playoffs ante los Pacers, el mismo Drossos recibe una llamada en su domicilio a las tantas de la noche. Era Roy Boe, propietario de los Nets, que quería proponerle un trade con los Spurs. Drossos, mientras se despereza en la cama, piensa que New York quiere a George Gervin, la joya tejana, pero para su sorpresa el pretendido es Nater, que no había convencido del todo al griego, dispuesto a venderlo.

Ladino como era, Drossos cuando oye el nombre del holandés muestra su rechazo a dejar marchar a un jugador irreemplazable, al que solo cedería por un buen jugador y una compensación económica. Boe ofrece al pívot Billy The Whopper Paultz– Drossos con eso ya hubiera cerrado el trato- y ante la reluctancia fingida del propietario tejano, va subiendo su oferta.

Finalmente Nater va los Nets a cambio de Paultz, Larry Kenon– dos titulares- y Mike Gale – un recambio de fuste para James Silas, más 300.000 machacantes, en lo que aún hoy en día, es considerado el movimiento de mercado más sagaz de la historia de la ABA, que permitió a los Spurs alcanzar posiciones de dominio, para más tarde integrase en la NBA en condiciones ventajosas.

Nater rápidamente se convierte en una de las figuras emergentes de la ABA, su forma de jugar queda definida con esta magnífica semblanza de Steve Springer, de LA Times:

At 6 feet 11 and 250 pounds, he had the physique of a bodybuilder, the scowl of a boxer and, on occasion, the manner of a bouncer who had just been informed there was a drunk at the bar who refused to leave.

Nater tiene además de buena mano -76% en tiros libres en su carrera pro, y un gancho de izquierda bastante mórbido- buenas manos, como ventosas, y eso que los americanos llaman nose for the ball (algo así como instinto para saber donde irá la bola, a la manera de nuestro Felipe Reyes), de hecho fue máximo reboteador de la competición en 1975, con 16.4 de media.

En la Liga era temido por su dureza, aunque en más de una ocasión fue él quien acabó siendo cazado. Se recuerda un partido en el que Marvin Bad News Barnes estaba vacilándole durante todo el encuentro, cuando Nater decidió poner fin al show atizándole un golpe en el aire que dio con los huesos del psycho astro de los Spirits en el suelo. Barnes se levantó furioso, y empezó a mover los puños como un púgil en posición de ataque, mientras su boca lanzaba toda suerte de improperios al holandés, quien, impávido, le seguía con la mirada preparado para rematarlo.

Visto que Barnes no acababa de decidirse a tomarse la justicia por su mano -siempre fue más un bocazas que un tipo duro- fue su compañero Don Adams, una especie de armario empotrado, tipo malencarado, medio calvo, compacto de dos metros y 110 kilos, el que noqueara a Nater con un golpe fulminante viniendo desde su lado ciego, que lo depositó en el parquet, en medio de un charco de sangre.

Tras su paso por los Nets, donde convivió con el Dr. J en sus años más salvajes, y algunos piensan que mejores, en 1976 Nater emprende su carrera en la NBA con los Bucks, que tenían sus derechos del draft desde 1973. Nuestro hombre siempre había pensado que era mucho mejor jugador que gente como John Gianelli (Knicks) Cliff Ray (Golden State), Sam Lacey (Kansas City), Zaid Abdul Zaziz (Houston), Neal Walk (New Orleans) o Dennis Awtrey (Phoenix), que eran titulares en su misma posición en la Gran Liga.

Esta impresión queda de largo confirmada en su temporada de debut, cuando promedia 13 puntos y 12 rebotes en 72 partidos, cifras similares a la que lograra en la ABA. En un quinteto bajito, junto a Brian Winters, Quinn Buckner, Bob Dandridge y Junior Bridgeman, el holandés carga sobre sus espaldas con cas todo el juego interior de los Bucks.

Tras su breve paso por Milwaukee, ficha como agente libre por una franquicia de Buffalo en decadencia, momento en el que atraviesa una crisis personal que desembocará con su – arriba comentado- abrazo de la fe cristiana y su devoción por la Biblia, que le rescata de las drogas. El traslado de la franquicia al Oeste, a San Diego, con el nombre de Clippers, coincide con el que será el periodo más sobrio y tranquilo de su carrera profesional.

En San Diego, Nater es la estrella del equipo- su amigo Bill Walton lo presentó como Mr. Clipper en su discurso de presentación en la cena de la asociación de jugadores retirados de la NBA de 2004- y consigue records asombrosos como los 32 rebotes en un partido o los 54 dobles-dobles en una temporada, que aún perduran. Allí también alcanzaría el cetro de máximo reboteador de la NBA en la temporada 79-80, con 15 rechaces por partido, o su tope anotador, 15.2 puntos por partido, al año siguiente, en que ya es uno de los grandes pivotes del campeonato profesional.

Su mejor partido, en 1979, en el Felt Forum de LA, ante los Lakers, es la historia de una pequeña venganza. Todo comienza cuando Kareem Abdul Jabbar le coloca un soberano gorro, sin apenas esfuerzo, al final del primer cuarto. Nater llevaba solamente cuatro puntos, y regresó a su zona bramando, con un puño en alto con el que se golpeaba visiblemente la otra mano, la cara roja, los dientes apretados y los ojos contraídos de ira. Aquel partido acabó con victoria de los Clippers por 116-108, con 28 puntos y 27 rebotes de Nater, que el resto del partido sojuzgó a Jabbar como pocas veces alguien hiciera en su propia cancha.

Pero el año 1981 depararía para el holandés un serio percance que comprometería su progresión, al destrozarse, en el primer tercio de temporada, el ligamento de la rodilla izquierda, lesión que, según los médicos que lo visitaron, pondría fin a su carrera.

Finalmente, tras dos años en el dique seco, machacándose en rehabilitación, Nater llegaría a los Lakers para actuar como recambio de Kareem Abdul Jabbar, uno de sus grandes rivales de la década, con el que siempre se las tuvo tiesas. Los angelinos renunciaron a todo un Norm Nixon por incorporarlo sus filas. Esa temporada, Los Lakers han de conformarse con el subcampeonato, siendo batidos en las NBA Finals por unos Celtics liderados por un Larry Bird en estado de gracia. Nater cumple desde el banquillo, pero ya no es el mismo, sus años a gran nivel han pasado, y ha de estudiar otras ofertas, de baloncestos menos exigentes físicamente, donde su experiencia y clase puedan aportar cosas al equipo que afronte su ficha.
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En Udine, capital del Friuli, el basket, bajo el manto protector de Rino Snaidero había sido el deporte número uno, desde los tiempos del gigantón Jim McDaniels. Pero la llegada a la ciudad en 1983 del astro brasileño Artur Antunes Coimbra, más conocido como Zico, el 10 títular de la canarinha, vuelve loca a la Provincia, y la Udinese Calcio reina en el deporte local.
 

Al año siguiente, el presidente Fiorini , se propone dar unn golpe de escena contra el dominio del calcio, y para ello la Associazione Pallacanestro Udinese  ficha a dos astros: por un lado, para el banquillo escoge al padre del basket europeo moderno, el maestro Asa Nikolic, que viene de dos experiencias italianas no ciertamente exaltantes en Virtus Bologna y Venecia, que apenas han apagado el prestigio alcanzado en la Ignis Varese durante los 70; Por el otro, para acompañar a la estrella del equipo, el alero serbio Drazen Dalipagic, uno de los mayores bombarderos de Europa, se hace con los servicios de un ex pro llegado directamente de Los Angeles, con todo un historial de éxitos de equipo e individuales, Swen Nater, que a cambio de 200.000 $, coche y Villa de lujo, cruza el charco de vuelta al Continente que lo vio nacer.

La Australian quería un americano de lujo y había estado en negociaciones con Mel Turpin, pero un soplido de última hora de Doug Moe a su ex entrenador Nikolic, pone a Nino Cescutti, general manager del club, sobre la pista del holandés, que finalmente llega a Malpensa un 8 de octubre, sustituyendo a Andre Gaddy.

No era la primera vez que pisaba suelo italiano, pues bastantes años antes, en 1976, Nater estuvo a punto de firmar por uno de los históricos del continente europeo, la Cinzano Milano, de hecho Cesare Rubini consiguió llevarlo a Milán, donde hizo una prueba que convenció a todos de que por fin habían encontrado el perfecto antídoto para Dino Meneghin, que venían buscando desde los tiempos del rosso Art Kenney.

Sin embargo, cuando todo estaba preparado para estampar su firma por el club lombardo, Nater se echa atrás y decide quedarse en América para jugar en la NBA, engrosando el elenco de rifiuti eccellenti de la Olimpia (antes dejaron tirada a la escuadra milanesa el pívot de Vanderbilt Clyde Lee en 1965, poco después el base de Nova Bill Melchioni y el center de Duke Randy Denton, y más tarde el mismísimo Bill Walton y hasta Kevin McHale, ya a inicios de los ochenta). En su lugar llegaría a Milán el pívot canadiense Lars Hansen, bastante más blandito e inexperto.
 

La ciudad hierve cuando en el primer partido de la nueva estrella, apenas bajado del avión, la Australian bate a la Scavolini en el Infierno Biancorosso, y empiezan los sueños de grandeza, incluso Fiorini habla al técnico de Sarajevo de ganar el Scudetto, ante el asombro de aquel eterno pesimista que era Nikolic. Pero once derrotas consecutivas son un buen modo de alejar las fantasías oníricas, de manera que hasta el ex técnico plavi ha de dimitir, siendo sustituido por el propio Cescutti.

Desde el principio no hay química entre nuestro protagonista y el frente yugoslavo. Nater se queja de que los sistemas siempre acaban en bola para Dalipagic, mientras que él apenas recibe con ventaja en la pintura, donde puede imponer su oficio, sus kilos y sus centímetros, de manera que su anotación se reduce a rebotes ofensivos y bolas que consigue rebañar bajo los aros.

De toda la temporada del centro holandés en Udine, los aficionados recuerdan con especial emoción su duelo con Joe Barry Carroll en Milán en la jornada 24ª de liga. Udine luchaba con la Yoga Bologna por la última plaza para mantener la categoría y el partido empezaba a ser decisivo.

El ex Purdue era la estrella del campeonato italiano, nadie podía discutirle su título de califa del torneo, con sus 2,13 inmensos y la movilidad y muñeca de un alero, pero aquella noche los espectadores que se acercaron al Palalido pudieron asistir a un duelo de otras ligas, saboreando un pedacito de genuina NBA en Milán. Nater, motivado por el joven aspirante, recordó sus tiempos mejores en la NBA, invocando su catálogo de veterano, y sometió al blandito Barry Carroll desde un plano físico, a base de fuertes contactos, prácticamente sacándolo a golpes de la zona. En ataque estuvo sembrado y se fue a los 37 puntos, 15/25 en tiros de campo, que aliñó con 24 rebotes y 3 tapones.

Cuando a falta de un minuto cometió la quinta falta, los 3.500 aficionados locales se pusieron en pie, en medio de una gran emoción, tributándole una impresionante standing ovation de más de un minuto, algo sin precedentes en esa cancha.. El orgullo de veterano aquella noche lo condujo, y eso que se llevaron los tifossi milaneses.

De aquí a final de temporada, nuestro hombre cobra mayor protagonismo en los sistemas ofensivos de la Australian, y el equipo está a punto de desbancar a la Yoga con dos victorias locales ante la Mulat Napoli de Mark Smith y la Peroni Livorno de Abdul Jaelani, en las que Nater hace unos partidos a la altura de su fama. Udine finalmente perdió la categoría, pero Nater cerró el ciclo ganando el trofeo al mejor reboteador del campeonato de la A1 italiana., con 13.6 capturas, con gran superioridad sobre su inmediato perseguidor, el propio Carroll con 11.2.

La sensación que deja en Italia es que, en forma, puede ser un jugador dominante en Europa, cosa que se fue confirmando a medida que avanzaba la temporada, y el Nater que llegó, fuera de forma competitiva, se iba acondicionando, hasta aguantar los 40 minutos a pleno rendimiento.

Ya con 35 años, su próximo reto era la Liga ACB, pero ese verano dejó que Dios decidiera por él, y en lugar de embolsarse unos buenos dólares, inició una etapa nueva de su vida, la docente, al margen de las canchas que le dieron fama y fortuna. A pesar de que se dijo no vino a España porque quería continuar su carrera en la NBA, nunca más volvió a pisar el parquet como jugador.
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Es curioso que un legendario jugador de la NBA, un hombre con legítimas aspiraciones al Hall Of Fame, es el octavo reboteador por minuto de la historia de la NBA, solo por detrás de leyendas como Bill Russell, Wilt Chamberlain, Mel Daniels, Bob Pettit, Dennis Rodman, Nate Thurmond y Jerry Lucas, sea mayormente conocido en nuestro país por una anécdota, cuya realidad pudiera ser puesta en entredicho a la luz de lo que aquí hemos contado, la encendida fe cristiana que desde 1978 impulsó su vida.

Es cierto que sus heydays acaecieron cuando la NBA era un arcano indescifrable para la mayoría de europeos, pero estamos hablando de un tipo capaz de conseguir algo inigualado, dominar la clasificación de rebotes en las tres más grandes ligas profesionales que jamás hayan existido: la NBA, la ABA, y la PALLACANESTRO CLASSICA.

Swen Eric Nater atravesó el desierto de una dura infancia holandesa para convertirse en un jugador respetado en la mejor liga de basket del mundo, abrazó la fe para superar su adicción a las drogas y, tras retirarse, hizo honor a esas creencias fundando en las afueras de San Diego un colegio cristiano, el Chistian Heritage College, al que dedicó nueve años de su vida laborando como Profesor de álgebra y gimnasia, director deportivo, preparador físico y entrenador del equipo de basket, con el que llegó a alcanzar el título nacional.

Más tarde, empezó a escribir libros de técnica deportiva, editó videos para mejorar el juego al poste, e incluso fue reclamado por algunas franquicias profesionales para cincelar los dones de sus más apreciados projects. Actualmente, vive en las afueras de Seattle y trabaja como ejecutivo de ventas para una importante corporación de material deportivo; aparte de eso toca la guitarra y compone poemas.

Su futuro es como su vida fue, así como los Caminos del Señor son, inescrutables.