"Le dolía que los hechos pasasen con esa facilidad a ser recuerdos; notar la amarga sensación de que nada, nada de lo pasado, podía volver a repetirse."
Como sabrán todos los lectores que compartan generación con éste que suscribe, en nuestros planes de estudios, en la asignatura Literatura, se incluía la lectura de textos clásicos y modernos de las Letras españolas (El Lazarillo de Tormes, La Celestina, Rimas y Leyendas, Novelas Ejemplares, La Vida es Sueño, Luces de Bohemia, San Manuel Bueno Mártir, El Arbol de la Ciencia, Miau, Tiempo de Silencio, etc etc)
De entre todos ellos, el que más huella me dejó, no hablo de calidad, tan solo de emociones, acaso por la remota afinidad con mi peripecia personal, fue El Camino del maestro vallisoletano Miguel Delibes.
La historia de un chaval de 11 años, Daniel el Mochuelo, hijo de un panadero que quiere para él lo mejor, que es el progreso, y eso conlleva mandarle a estudiar a la capital, alejándolo de lo que hasta ese momento era su vida.
El niño, poco antes de partir, en la última noche, entre expectante y acongojado recuerda su leve existencia tratando de aferrarse a aquello que está en trance de perder para siempre: su infancia.
En el mundo del baloncesto, no podemos imaginar cuantos jugadores pasaron por igual experiencia, cuando guiados por su talento, hubieron de dejar prematuramente a sus familias y amigos para adentrarse en la excitante aventura de intentar ser jugadores de basket en lugares extraños, que devinieron en próximos, al punto de que los acabaron llamando su casa.
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Cualquier niño italiano del Sur que hubiera nacido a principios de los 60 tenía un sueño compartido: ser futbolista y triunfar vistiendo la camiseta de la Juve de Roberto Bettega, el Inter de Sandro Mazzola, el Milan de Gianni Rivera o, más que ninguno, el Cagliari del astro meridional Gigi Riva.
Pero nuestro niño, que también había oído en sueños aquellas atronadoras ovaciones tras marcar goles imposibles en los más bellos estadios de la bota italiana, creció demasiado y con aquellas largas piernas mal podía correr y driblar como exige el llamado deporte rey.
Mas cuando una puerta se cierra otras se abren, y cuando el profesor Cosimo Morfeo, conocido como Grease por su uso y abuso con la brillantina, entró en su clase buscando chavales que pudieran integrar su equipo de baloncesto, la fascinante carrera de un astro del deporte estaba por comenzar.
Por aquel entonces medía cerca de 1,72, con apenas 10 años, y sacaba la cabeza al resto de alumnos. Cinco años más tarde, ya con 1,90, el chaval empezaba a despuntar, conservando cierta coordinación de sus años de incipiente futbolista, y exhibiendo ya un físico atlético, no demasiado pesado, pero engañosamente duro.
Aún siendo poco más que una aldea en medio de inmensos campos de trigo, vides y olivos, San Severo di Foggia tenía cierta tradición baloncestística en la Cestística, siempre a la sombra de Brindisi, pero luchando por alcanzar la Serie C.
Con aquella escuálida pero animosa escuadra de San Severo, en el corazón de la Puglia, al sureste, en el tacón de la bota italiana, el chico que no paraba de crecer recorrió el camino desde la categorías inferiores a las puertas de la élite: la A2 del campeonato italiano.
Los inicios fueron desastrosos, le costaba aprender los rudimentos del juego y de muñeca tampoco iba sobrado, vamos, que no metía una canasta ni por equivocación, pero Grease Morfeo, que llevaba el basket en vena, supo que aquel espigado cuerpo escondía un futuro de estrella del deporte de la canasta, y continuó insistiendo.
Junto a la futura estrella jugaba su hermano mayor, Nino, pero ni aún así el padre de ambos, Don Angelo, asistía a los partidos de los chavales, que empezaban a desanimarse. Fue el el propio entrenador quien concibió la manera de sacar todo el talento que atesoraba aquel chico, y pidió expresamente al padre que siguiera más a sus hijos. Mano de santo, la presencia del cabeza de familia en las gradas, motivó enormemente a la joven promesa, que empezó a tomarse en serio aquello del basket, y a entrenar duro con objetivos ya definidos.
En aquellos entrenamientos, la cancha de suelo de linóleo y tableros de madera, a los machacones sones del tema discotequero de moda, Pop Corn (en España Palomitas de Maíz), asistió silente a la emergencia del que acabaría siendo uno de los mejores pivots de la selección italiana y del basket europeo de los 80 y 90.
En el torneo Coca Cola de Minibasket, junto a las escuadras regionales como Torremaggiore, Lucera o Apricena, San Severo domina con un descollante chaval en la pintura, que controla con esa extraña combinación de altura y atleticismo que suele adornar a las figuras de este deporte.
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El basket ya es su vida, y tras los entrenamientos regulares, donde piano piano aprende los fundamentos del juego, los dos hermanos se dejan caer por los playgrounds locales, canchas callejeras donde hallan otro basket más intenso, más caótico, más libre, un espacio en el que soltarse, en el que dar rienda suelta a la imaginación, el perfecto complemento a la rígida disciplina del maestro Cosimo.
Leyendo los Giganti de la época, con aquellas fotos recortadas de Art Kenney, Dino Meneghin, Kim Hugues, Bob Morse o Tojo Ferracini que iluminaban su habitación con la proteica luz de los sueños imposibles que uno no tiene más remedio que perseguir, empieza a ambicionar el llegar a ser una estrella. Bill Walton es su verdadero modelo, un talento puro y un espíritu libre, un hombre que marca el juego con su propia personalidad.
Con catorce años debuta en serie C ante el Libertas Monteroni y durante dos años alterna los juveniles con la primera escuadra de San Severo, con la que disputará en 1978 la serie B, el tope de la humilde institución pugliese. En el equipo de juveniles, dominados los torneos regionales, casi siempre acaban cayendo a las puertas de las finales nacionales ante poderes como la Brina Rieti- con Roberto Brunamonti y Luca Blasetti en sus filas-, la Scavolini Pesaro de los hermanos Terenzi, Rudy y Roberto, de Giorgio Ottaviani y el base biondo Mauro Procaccini o la Algida Roma del menudo Stefano Sbarra y el pivot Fabio Cecchetti, demasiada competencia para un equipo como san Severo que solo contaba con un jugador de verdadera dimensión nacional en sus filas.
Su clase no pasó inadvertida, y la mismísima selección italiana reclamó sus servicios, formando parte del equipo de cadetes que disputaría el europeo de Le Touquet, compitiendo por los puestos interiores con gente como el gigante napolitano Tonino Fuss o el corpulento Marco Ricci, aunque como paso previo a nuestro hombre le fue dado el privilegio de compartir cancha con uno de los más grandes de la historia de este deporte : el astro de East Lansing, un prodigioso base de casi 2,05 llamado Earvin Johnson, más tarde conocido como Magic.
Fue en Mannheim, localidad alemana que alberga una base militar americana y que desde 1956 organizaba un torneo de selecciones juveniles que había ido poco a poco creciendo en interés y calidad de sus participantes.
Allí, un 17 de abril de 1977, en la Carl-Diem Halle se enfrentaría en la pintura a jóvenes brillantes de la High School americana como Pete Budko (North Carolina), curiosamente un jugador que participaría años después, sin pena ni gloria, en la Liga Española, concretamente en el Canarias de La Laguna.
Aquel año Mannheim vivió una final apasionante entre un brillante equipo USA, plagado de McDonalds All American como el propio Magic, Eddie Johnson (Illinois), Jeff Lamp (Virginia), Tracy Jackson (Notre Dame ) o la futura estrella de Kansas Darnell Valentine, y la España de la primera gran generación, con los Epi, Romay, Iturriaga Indio Díaz y Llorente, partido que fue igualado hasta el segundo tiempo, donde la máquina USA, con un sorprendente Tommie Baker en plan estrellaza, 25 puntos 8 asistencias y 7 robos, resultó imparable para los españoles, en un encuentro aún recordado por los más viejos del lugar. Italia acabó en un discreto sexto puesto.
Pero no todo iban a ser alegrías, y en San Severo en la temporada 1978/79, la del debut en la Serie B, se toparía con la frustración de no conseguir ascender a la A2. El equipo se había reforzado con jugadores como Sergio Sarra, de la Fortitudo, Ignazio Di Noi, de Taranto y Marco Forcellini de Mestre, tipos con experiencia para intentar el casi imposible asalto a la A2; y gracias a ello se hacen fuertes en casa, ante una feroz competencia de equipos más potentes, la mayoría de los cuales acabarían arribando en pocos años a los paraísos del basket de élite, como Fabriano, Napoli, Brindisi, Ragusa o Reggio Calabria, y termina en quinta posición la liga regular, lo que les da derecho a disputar la Poule de ascenso a la A2.
Y ahí acabó la fascinante aventura de los “gialloneri”, nuestro protagonista jugará su último partido con el equipo de su tierra ante el Napoli, que acaba con graves incidentes a causa de las provocaciones constantes de la estrella visitante, Marco Dordei. Los partenopeos ganaban por 5 cuando, a dos minutos y medio del final, los árbitros han de suspender el juego por el masivo lanzamiento de objetos a la cancha.
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Todo el mundo en la Puglia sabía que ese chico, que ya medía 2,07, era manjar de otras mesas, material de otros escenarios, allí donde solo van los mejores. San Severo no ascenderá, pero su máxima estrella, con apenas 18 años, sí recorrerá el camino que conduce directamente a la élite del basket transalpino, todo estaba pactado un año antes.
Por la pequeña aldea pugliesa ya habían pasado algunos de los más grandes santones de la pallacanestro, para ver al prodigio que en su cancha jugaba. Valerio Bianchini, Il vate de la IBP Roma, el masivo Elio Pentassuglia, de la Brina Rieti, Sandro Gamba de la Mobil Girgi Varese y hasta el príncipe Rubini, de la todopoderosa Olimpia Milano, le habían visto en acción y estaban vívamente interesados en llevárselo para sus respectivos clubes. Sin embargo, las exigencias económicas del presidente Pistillo les habían echado para atrás, cerca de 60 millones de liras pedían por el cartel del chaval.
Finalmente sería la Fortitudo Bologna, targata Mercury, la que en la temporada 77/78 alcanzaría un acuerdo con la Cestística San Severo, ¡120 millones de liras! y cesión por un año para que el pivot se vaya rodando en serie B, de modo que al acabar la temporada, afrontará su primer gran viaje: de la pequeña y agrícola San Severo, donde todo el mundo se conoce, a la universitaria y roja Bologna, la ciudad del baloncesto, donde este deporte despierta mayor interés y pasión entre sus habitantes.
Fue un año provechoso, jugó poco, pero pudo entrenar con uno de los mejores pivots del campeonato italiano, y por ende de la historia del basket europeo, una fiera tranquila de inmensas posaderas, que sabía rebotear como pocos han hecho en la historia de nuestro basket.
Marcellus Starks, con sus 120 kilos en canal, hizo morder el polvo no pocas veces al chico durante los entrenamientos de la segunda escuadra de Bologna. Nunca antes había jugado con americanos y pasaba más tiempo recuperándose de algún topetazo en el parquet que de pie, pero aquella terapia de choque le vendría francamente bien para afrontar los altos retos que el futuro habría de depararle.
El otro moreno del equipo era el ala pivot Charles Jordan, una ex estrella de Canisius, veterano de la ABA con los Pacers, que hacía su trabajo ayudando al rebote y lanzando desde fuera con buenos porcentajes y medias bastante por encima de los 20 puntos.
Nunca olvidará su primera entrada en el Palasport de Piazza Azzarita, uno de los templos del basket europeo; acostumbrado a angostos gimnasios de escuela y canchas al aire libre, aquella catedral imponente, conmovedora y oscura, con sus interminables gradas y su lustroso parquet, le dejó una impresión honda, a pesar de que se notaba que era la casa del gran enemigo, la V Nere de los Driscoll, Villalta y Cosic, que dominaba el campeonato italiano por aquellos años.
En Bologna sufre la saudade endémica del sureño lejos de su tierra, su madre se ve obligada a viajar varias veces para pasar con él unos días. Además, todos los domingos, tras el partido, coge un tren a San Severo, ocho horas llegando al alba a su casa familiar, lo que sea con tal de recobrar sensaciones, aunque esa misma tarde deba volver a Bologna.
Para ocupar su tiempo y enervar la añoranza,, se matricula en la prestigiosa universidad local, en Economía y Comercio y, tímido como era, poco a poco va haciendo amistad con algunos jugadores jóvenes de la plantilla, como Maurizio Ferro, el escolta anotador ídolo de la Fossa y delirio de las muchachas boloñesas.
La temporada acaba con éxito de la Mercury, que asciende a la A1, y en el plano individual el joven pivot va madurando y ayudando al equipo desde el banquillo (7 minutos de media), confirmando las expectativas de que será una futura estrella de la pallacanestro, así que cuando llega el verano y toma sus vacaciones, lo hace lleno de esperanza ante la que puede ser la temporada de su definitiva eclosión, con solo 19 años.
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Pero la vida te da sorpresas, y una poco agradable le esperaba a la vuelta de la esquina: la Fortitudo lo traspasa a la Scavolini Pesaro y el protagonista se entera mediante una llamada a Francavilla al Mare, donde veraneaba con su familia, de Vito Amato, manager del club pesarese, reclamando su presencia inmediata para firmar el contrato.
Confirmada la noticia con el club boloñés, famoso por este tipo de operaciones con jóvenes promesas en que se obtenían jugosas plusvalías – el propio Ferro ese mismo verano es transferido a la Virtus Bologna ante la ira de los tiffosi– el chico reacciona con fiereza y envía un telegrama a las oficinas de la Scavolini rechazando el traspaso por problemas de estudios, una excusa que apenas esconde su deseo de continuar en Bologna, donde había empezado a sentirse a gusto y echar raíces, y su monumental enfado por la forma en que la operación se había cerrado a sus espaldas.
Lo cierto es que la primera opción del club adriático había sido el llamado “nuevo Meneghin”, el romano Marco Ricci, frecuente compañero en las selecciones de categoría inferiores, un centro clásico con un físico ya maduro, que finalmente fichó por Caserta y no realizaría todo su potencial, pero ante la imposibilidad de hacerse con sus servicios habían vuelto la mirada al pivot de la Fortitudo, poniendo casi quinientos millones de liras sobre la mesa.
Recibido el telegrama, el club decide poner toda la carne en el asador y envía a la casa familiar del jugador una delegación compuesta por el croata Pero Skansi, ex pivot plavi y nuevo entrenador de la Scavolini y Bebo Benelli, alto dirigente de la entidad. Allí le confirman la seriedad del proyecto, con una fuerte inversión para aspirar al scudetto en 2-3 años – el marine Mike Sylvester, el base Wilbur Holland y el pivot orangemen Roosevelt Bouie ya habían firmado por los bianchorossi – y tratan de disipar cualquier duda que vague por su mente.
Pesaro es una pequeña ciudad costera, más parecida a San Severo que la populosa Bologna, con una gran afición, caliente y animosa -ese mismo año más de 4.000 aficionados habían viajado a Milano para el spareggio salvezza ante Mestre- con la que sentirse arropado.
Y allí encontrará a Bouie, un escultural pivot de 2,11, longilíneo y con pelo afro, al que conocía por haber visto fotos suyas en artículos de Sports Illustrated, que bien puede ser su nuevo mentor, tras Starks, en el prolijo proceso de aprendizaje del complicado oficio de jugador interior. De hecho fue una agradable sorpresa que un jugador con claro marchamo NBA hubiera decidido hacer carrera en Italia, donde aprendería el idioma en apenas cinco meses y acabaría siendo una especie de hermano mayor de nuestro hombre.
Tras la charla, pidió una noche para reflexionar, y en aquellas horas muertas de silencio y penumbra, con el sedante arrullo del mar como sabio consejero, se armó de valor y tomó la decisión que más le angustiaba, aquella que amenazaba con descomponer la trabazón de su tiempo, de sus recuerdos y raíces, que con tanto ahínco atesoraba.
Finalmente WALTER MAGNIFICO marcharía a Pesaro, donde encontraría a Donatella, el amor de su vida, iniciando una carrera profesional que ya entonces se anunciaba plena de éxitos y alegrías, liderando a una escuadra que algún día habría de romper la hegemonía del famoso cuadrilátero padano sobre el basket italiano.