Es obvio que el dueño de los Cleveland Cavaliers, Mr. Dan Gilbert, debió de enfadarse mucho cuando escuchó a LeBron James decir en un show televisivo -que los ejecutivos de la cadena ESPN decidieron llamar “The Decision”- que se iba al Miami y a Miami a buscar anillos y gloria de campeón.
No entraremos aquí a valorar el show en cuestión –adecuadamente etiquetado en el lenguaje televisivo estadounidense como “The Decision Extravaganza”- porque otras voces mucho más sabias que la mía en este noble arte de los medios de comunicación modernos ya lo han hecho. Tampoco es ahora excesivamente importante señalar lo obvio: que semejante número no le ha venido bien a la imagen de LeBron James: al menos a corto plazo. Ni tampoco mencionaremos que el Comisionado de la NBA, Mr. David Stern, un hombre generalmente muy proclive a que las gentes de su ensemble salgan en los medios, haya criticado el evento en cuestión sin ambages.
A mí lo que realmente me interesa –y lo digo además desde un punto de vista de interés casi antropológico- es la carta abierta que envió Mr. Gilbert a los aficionados y que se colgó casi inmediatamente después de “La Decisión” en la página web oficial del Cleveland. Creo que todavía sigue ahí:
Pues bien, hoy, cuando ya han pasado algunas jornadas desde el día de autos, la carta me sigue produciendo una suerte de fascinación inexplicable. Sí, porque entiendo que la misiva dibuja el perfil de un propietario de un club de la NBA, de los Cleveland Cavaliers en este caso, y de un billonario, Mr. Dan Gilbert, cuyas ideas no auguran nada bueno para el futuro de la NBA. Sobre todo porque los hermanos de armas de Mr. Gilbert, esos nuevos propietarios que hicieron fortuna en la era de las empresas punto.com y que luego compraron un club de la NBA, se sienten solidarios con él.
Veamos. Es comprensible que Mr. Gilbert se sintiera muy mal, muy agraviado, muy frustrado, y hasta muy humillado por la decision de LeBron. Al fin y al cabo, y aunque estas son cosas siempre muy difíciles de probar, LeBron tenía un plan –junto a Bosh y Wade- que ha bordeado, cuanto menos, la colusión (prácticas de cártel para entendernos) y que ha dejado al dueño de los Cavs en una posición comprometida.
Pero lo que es objetivamente cierto es que esa carta de Mr. Gilbert a los fans es todo un canto a la estulticia, escrito en prosa. Y, lo que es mucho peor desde luego, escrito en letra Comic Sans.
Como podrá ver el amigo lector, si ha podido ver y leer el contenido de la carta es que la misiva es, básicamente, un ataque de cabreo puesto en letra Comic Sans sobre un documento en blanco del Microsoft Word. Por cierto, gente de los Cavs asegura que la carta pasó un par de filtros por parte de la gente de Comunicación del club antes de ser publicada. De lo que se deducen dos cosas: una, que, obviamente, los de Comunicación no hicieron muy bien su trabajo ese día. Y otra, que si esa carta final pasó dos filtros previos, no quiero ni pensar cómo sería el primer borrador.
En la carta final a los fans, Mr. Gilbert asegura que el compromiso de ganar un título, ahora que se ha marchado “el traidor LeBron”, es todavía mayor que antes. También condena a James por su pecado a una suerte de maldición bíblica que, Según Mr. Gilbert, le impedirá conseguir un título de campeón de la NBA en Miami y en el Miami.
No cabe duda de que la carta en cuestión está escrita en un momento muy acalaorado del Señor Gilbert y hay en ella un par de párrafos en mayúscula y en cursiva que supongo que son para que la gente perciba que el dueño de los Cavs está definitivamente muy cabreado con LeBron.
Al fin y al cabo, las emociones son las emociones y generalmente sacan lo peor –o a veces lo mejor- de la gente. Eso puede ser incluso perdonable.
Pero escribir la carta usando la fuente Comic Sans es absolutamente imperdonable.
Asumiendo que el amigo lector y yo nos estamos comunicando por Internet y asumiendo también que todos hemos escrito al menos algunos párrafos usando el programa Word, convendremos en que la fuente Comic Sans está siempre asociada a las felicitaciones infantiles, a esas cartas escritas por niños de la era Windows. La Comic Sans no es una fuente, digamos, seria.
De hecho, aparte de la multa de 100.000 dólares que le ha impuesto el Comisionado Stern al propietario Gilbert, por su contenido, tal vez a Mr. Gilbert le habrían tenido que imponer otra al menos de igual cuantía por la fuente elegida para comunicarse con los fans. Hubo gente que llegó a pensar, incluso, que la cosa era una broma o bien que algún hacker había penetrado en la página web de los Cavs con intenciones muy aviesas.
Créame el amigo lector que no se trata de elitismo. Se trata de formas. Personalmente, dudo mucho que Mr. Gilbert haya mandado jamás una carta de negocios en letra Comic Sans en su mundo de los Préstamos Rápidos. Pero ya se sabe que el microcosmos del deporte es para mucha gente un ente aparte. Y es sabido también que los millonarios –y más aún los billonarios- tienen una cierta bula. Las gentes que tienen una tarjeta American Express Centurión como si quieren escribir la carta en papiro egipcio.
La decisión de LeBron James de firmar con el Miami fue un momento cargado de emociones. Es obvio que tuvo que ser un palo muy duro para las gentes de los Cavs y para todo el Estado de Ohio: el actual MVP de la Liga NBA abandona el club de su tierra -sin haber conseguido un solo anillo de campeón, claro- para unirse a otro club que aspira a ser campeón en el futuro inmediato. A costa de los Cavaliers, por supuesto.
Uno cree entonces, por un instante, que valores como la lealtad, la integridad y el coraje están en desuso en estos tiempos. Esos son valores que forjan el carácter de los líderes. Y uno constata entonces que el gran LeBron James, considerado por muchos el líder de la NBA, desde luego no abraza esos valores.
Hasta que le cuentan a uno que Kevin Durant, la perla del Oklahoma City, ha ampliado su contrato por unos cuantos años más con su actual club. Y que, además, una vez firmados los papeles, el chaval ha vuelto al gimnasio y se ha puesto a entrenar. Y que,, una vez duchado, lo más que comenta a los chicos de la prensa es que está muy a gusto con su equipo. Y entonces vuelves a pensar que mientras haya un Kevin Durant, o un Dirk Nowitzki, en la NBA, esta Liga tiene todavía una posibilidad de salvación.
La carta de Dan Gilbert se ha convertido en un clásico justo desde el momento en que se publicó: tanto por el estilo en el que está escrita, como por el uso de esa fuente infantil llamada Comic Sans. Y ni es una carta impregnada de racismo –como ha dicho el Reverendo Jesse Jackson- ni tiene porqué deducirse de ella que Mr. Gilbert sea un racista irredento. Sólo un necio con una amplia cuenta bancaria.
Pero lo que sí produce esa carta es una cierta sensación de pavor. Ver al dueño de un equipo profesional escribir como un niño de cinco años no es agradable. Sin embargo, produce una tristeza aún mayor ver como Mr. Gilbert no sólo escribe como un niño de cinco años sino que actúa como un niño de cinco años al que le acaban de quitar su dulce o s juguete preferido.
Uno cree entonces, por un instante, que los valores que sostiene Mr. Gilbert y que refleja ampliamente en su carta, son los valores de un hombre que no ha entendido nada de nada de lo que significa ser el propietario de un club de la NBA. Que el monstruo no es tanto LeBron sino quien ha alimentado a ese monstruo.
Entonces uno espera que la furia de Mr. Gilbert sea sólo un hecho aislado, casi excepcional. Pero cree que los demás dueños seguro que sí entienden de qué va todo esto.
Hasta que uno lee que otros dueños de la fraternidad de la NBA, coetáneos muchos de ellos del propio Mr. Gilbert: entre ellos Robert Sarver (propietario del Phoenix), o Marc Cuban (dueño del Dallas), aseguran que sienten lo mismo que él y se solidarizan con él al ciento por ciento.
Y luego uno ve como otros propietarios de la Liga NBA entran en una espiral casi esquizofrénica de firmar contratos estratosféricos a jugadores normales: al hilo del efecto dominó provocado por la marcha de LeBron James, y de Crhis Bosh, al Miami.
Entonces uno piensa que la NBA va irremediablemente abocada a un cierre patronal en 2011. Y no tanto para que los dueños se protejan de la inflación, o de los jugadores desleales y egoístas como supuestamente han sido algunos en este verano de 2010.
Uno se da cuenta entonces de que los propietarios de la NBA necesitan el lockout para protegerse de sí mismos.