DUNK KILLS BANK SHOT STAR.

Sobresaltado, me incorporé en el lecho, sudoroso, entumecido.

Traté de intuir en las sombras ese aro reluciente que recién acababa de ser mancillado por aquella irreverente figura.

La habitación empezó a perfilarse en mis retinas, mas no había rastro de aquel instrumento de mi tormento.

Intenté recobrar, en mi mente, el momento soñado – pues ya sabía que de tal se trataba-, pero lo más que pude fue recuperar el ahogado grito con que la canasta acogió la inesperada agresión.

Fue una cacofonía del horror, un profundo lamento que partía de un tiempo remoto, acaso inexistente.

Pareciera proceder de una tierra neutra, donde todo se hubiere detenido.

Aún nervioso, me levanté y miré por la ventana entreabierta.

Que lástima que se pase el tiempo ¿verdad?

Apenas fue un susurro, cavernoso e inspirado, pero llegó a mis oídos inconfundible, con firmeza y claridad.

Ni siquiera me molesté en indagar sobre su procedencia, aquella voz no podía ser de este mundo.

Debí haberme quedado dormido de pie, frente a la ventana, estaba aterido y confuso.

Más calmado, bebí un vaso de agua, me puse las chanclas y bajé al patio trasero.

Era tarde, apenas se veían luces en la urbanización, pero no podía resistirme. Algo me empujaba a lanzar a canasta.

Era una noche cerrada, negras nubes crepusculares le ganaban la batalla a una pálida luna, y soplaba un gélido viento que alborotaba mis cabellos, acariciando mi cara, llenándome de vida.

Respirando a pleno pulmón, en aquel preciso momento me sentía omnipotente, capaz de hacer lo que me propusiera.

Que lástima que nos muramos…………

Nuevamente aquel susurro desgarrador, pero esta vez tan nítido, sobreponiéndose al ulular de aquel viento helador, que me hizo darme la vuelta, tratando de hallar su origen.

Nada, a escasos metros, la espesura del seto me devolvió su indiferente y amorfa mirada, oscuridad y más oscuridad, escasamente matizada por los rayos de luz que, procedentes de una farola, lograban filtrarse a duras penas.

Cogí la bola, que yacía morosa junto a la pared y empecé una serie de lanzamientos desde cinco metros, a 45 grados del aro.

Lancé diez tiros, todos a tabla, todos dentro.

Juraría que los diez describieron la misma parábola.

Aún bajo el asombro de aquel prodigio de azar y tino, nunca fui buen tirador, lancé otros diez.

Otro tanto de lo mismo.

Y luego otros diez. Y otros diez más, no podía parar.

Así hasta 100, siempre desde la misma posición.

Todos corrieron igual suerte.

Algún extraño poder debía poseerme, ya dije que nunca fui buen tirador, pero es que, además, jamás lanzaba a tabla, era algo de viejos, que en un partido nunca probabas.

Era una de esa leyes no escritas que todos respetamos, tirar a tabla es de pringaos, de nenazas, la gente no te respeta si lo haces.

Pero en aquella agradable y oscura soledad, con los cabellos desmadejados, como cortinas sobre mis ojos, tirar así me pareció un ejercicio de sublime belleza.

El efecto que imprimía a la bola, el preciso contacto con el cuadro del tablero, como luego salía despedida, en salvaje retroceso, y se acunaba, dulce y voluptuosa, en las fauces del cesto, como si fuera devorada.

…………y que nos hagamos viejos

Ahora era una voz clara y serena, que inspiraba autoridad, que sonaba sabia, rancia y reveladora.


Aun así, algún recuerdo debió removerse en mi conciencia, aquel sonido me era familiar.

De repente, sin saber por qué, me alejé del aro lo más que pude, emprendí una veloz carrera y me dispuse a realizar un mate, como tantas veces antes había hecho.

Pero esta vez, ya en el aire, cuando avistaba el aro, casi a su misma altura, al iniciar la batida de brazos, esperando sentir el triunfo en las yemas de mis dedos, percibí una fuerza torrencial que impidió que hundiera la pelota.

Fue tal mi asombro que apenas pude contener el golpe con la pared frontal, y sentí como mi cabeza  chocaba con ella  a plena velocidad y un estremecimiento sacudía mi cuerpo entero.

Y que las cosas buenas se vayan alejando de nosotros al galope.

 

En el suelo, bajo el aro, mientras un fino hilo de sangre recorría mi rostro, escuche éstas, las que debieron ser mis últimas palabras.