“Me niego a creer que alguno de mis compañeros haya dicho eso de mí” (Kareem Abdul-Jabbar, 1980).

La memoria es de natural selectivo y resultadista, y tiende a recordar las cosas no como sucedieron sino en función de su resultado final. Así sucede que nunca hubo un Bill Fitch entrenador de los Celtics, o que “Magic” Johnson era un buenazo que trajo las sonrisas y los triunfos a unos Lakers que ya habían olvidado cómo se conjugaba el verbo “campeonar”. Lo cual es cierto en gran medida, los anillos no mienten, pero tampoco cuenta toda la historia que culminó en la titularidad de un absoluto desconocido como Kurt Rambis.

Jerry Buss se hizo cargo de los Lakers en el verano de 1979, cuando su situación parecía inmejorable a primera vista: contaban con uno de los jugadores más determinantes de la NBA, y una primera ronda del draft recibida de los Cavs tiempo atrás se había convertido en el jugador universitario más buscado del momento. Sumados a dos titulares de nivel allstar como Jamaal Wilkes y Norm Nixon más la vuelta de Michael Cooper tras su lesión, se podría pensar que lo único que debía hacer el Dr Buss era sentarse a esperar que se fueran amontonando los anillos.

Sin embargo, la realidad era que los Lakers permanecían anclados en la segunda fila de la NBA a pesar de haber fichado a Abdul-Jabbar, y las dudas sobre el auténtico grado de compromiso y esfuerzo del pívot neoyorquino iban en aumento. Había ganado un anillo en Milwaukee durante su segunda temporada como profesional, pero después habían llegado las derrotas en playoffs contra los Warriors de Nate Thurmond y los Lakers de Wilt Chamberlain, y especialmente la final de 1974 contra los Celtics de Dave Cowens. Con razón o sin razón se empezaba a insinuar que Jabbar se conformaba con hacer buenos números en temporada regular gracias a su indudable talento ofensivo, pero luego en playoffs se veía superado por rivales de menos clase pero más esforzados como Thurmond y Cowens. Sus cuatro temporadas en Lakers con una sola presencia en la final de conferencia parecían confirmar esa falta de agresividad y sacrificio, aunque siguiera siendo la gran estrella y jugador franquicia de Los Ángeles. En parte, por eso contrataron a Jack McKinney.

El primer problema que tuvo que afrontar Jerry Buss fue la decisión de Jerry West de abandonar los banquillos e incorporarse a las oficinas siguiendo los pasos de Bill Sharman, con lo que los Lakers tenían a quizás los dos mejores entrenadores de su historia convertidos en ejecutivos y sin ganas de volver. El principal candidato para el puesto era Jerry Tarkanian de UNLV, pero su agente desapareció después de alcanzar un principio de acuerdo con los Lakers. Tres días después la policía encontró su cadáver dentro del maletero de su coche, con las manos atadas a la espalda y dos disparos en la cabeza. El asesinato nunca fue resuelto, aunque los rumores sobre sus relaciones con el crimen organizado enfriaron el interés de los Lakers por Tarkanian y en general por los entrenadores cuyos agentes son asesinados en ajustes de cuentas.

Pete Newell recomendó a McKinney, asistente de Jack Ramsey en los Blazers campeones, y antes de Larry Costello en Milwaukee. Allí había sustituido a un Hubie Brown utilizado por parte de los propietarios en un intento de “golpe de estado”, y coincidió con un Abdul-Jabbar que apoyó su candidatura al banquillo de los Lakers. Años después, alguien le preguntó a Jabbar cuáles habían sido sus entrenadores preferidos durante toda su carrera: “John Wooden y Jack McKinney”. Esa respuesta fue especialmente sorprendente ya que McKinney sólo duró como entrenador de los Lakers tres meses, hasta que una brutal caída cuando montaba la bicicleta de su hijo le provocó un coma del que salió con graves secuelas. Sin embargo, en ese breve plazo Jack McKinney había tenido tiempo de llevar a cabo la reforma que convirtió a los Lakers en candidatos al anillo. Su aportación más visible fue un estilo de juego más rápido y la decisión inalterable de colocar a “Magic” de base, pero también realizó cambios notables en la plantilla. La mayor carencia de los Lakers residía en el juego interior, donde no había un segundo hombre alto de calidad que acompañara a Kareem. Adrian Dantley y Jamaal Wilkes eran dos aleros capaces de anotar en la zona, pero su puesto natural era el de “tres” y se daba por hecho que el equipo no llegaría lejos sin un “cuatro” de garantías. La apuesta de McKinney era nada menos que Spencer Haywood, entonces en los Knicks. Este traspaso provocaba serias dudas en las oficinas de los Lakers, ya que Dantley era un jugador joven y prometedor mientras que Haywood era un treintañero con fama de polémico, pero finalmente se impuso la voluntad del entrenador.

Spencer Haywood empezó bien la temporada con los Lakers, pero su rendimiento empezó a decaer cuando el entrenador asistente Paul Westhead se hizo cargo del equipo. Según sus propias palabras, él era un fichaje de McKinney en un equipo que ahora pertenecía a Westhead, y su insistencia en recordar la aportación del entrenador ausente no ayudó a su integración. Inicialmente se suponía que la ausencia de Jack McKinney era sólo temporal, y Paul Westhead aprovechaba cualquier oportunidad para recordar que su cargo era sólo interino. Sin embargo, conforme avanzaba la temporada los éxitos del equipo y la lentitud de la recuperación de McKinney fueron haciendo evidente que éste no volvería al banquillo de los Lakers. Primero lo relegaron al puesto de “scout” avanzado ojeando futuros rivales, luego lo mandaron a su casa sin misión definida, y finalmente anunciaron a la prensa que Westhead había firmado un nuevo contrato como entrenador en jefe del equipo. A pesar de que posteriormente llegó a ser elegido “entrenador del año” con los Indiana Pacers (un puesto que le procuró en secreto Jerry Buss), Jack McKinney nunca se recuperó del todo de esa traición, especialmente por parte de un Paul Westhead al que consideraba un miembro de la familia. Ambas partes entendían que no había existido otra opción, e incluso llegaron a recuperar un cierto grado de amistad, pero las circunstancias de su salida dejaron cicatrices permanentes en el entrenador y en el equipo.

No era el único problema interno oculto detrás de la brillante marcha del equipo. El impacto de “Magic” Johnson había sido positivo en muchos aspectos, completando el mejor perímetro de la liga y colaborando en el rebote para suplir la falta de aportación de un Haywood cada vez más enfrentado con el entrenador, pero su adaptación al puesto de base no estuvo exenta de dificultades. En ese momento de su carrera, Norm Nixon era mejor base que “Magic”, y Kareem no perdía ocasión de dejarle claro al novato cuáles eran sus preferencias. Sobre la pista todos se esforzaban por contribuir al éxito colectivo, pero de vez en cuando unos y otros se enviaban indirectas muy poco discretas a través de la prensa. Ni siquiera la alegría por el triunfo sobre los Sixers se vio libre de polémica, ya que Kareem quedó convencido (parece ser que con razón) de que los periodistas lo habían votado a él como MVP después de su espectacular serie final, pero dado que no estaba presente para la entrega del trofeo la CBS había impuesto a “Magic”. Jabbar sabía que no era culpa de su compañero, y el propio Johnson le llamó para asegurarse de ello, pero las circunstancias conspiraban para aumentar la fricción dentro de la plantilla.

El campeonato de 1980 sirvió para aplacar los ánimos, pero cualquier racha de derrotas amenazaba con hacer saltar la frágil paz interna del vestuario. Y la grave lesión de rodilla de “Magic” Johnson a comienzos de la temporada 80-81 prácticamente garantizaba que las derrotas iban a llegar. Sin “Magic”, Paul Westphal no tuvo más remedio que echarse en brazos de Kareem y adoptar un estilo de juego más lento que el diseñado por McKinney en un momento en el que el pívot angelino parecía haber recaído en sus malos hábitos. Después de su gran rendimiento en la temporada del anillo, Jabbar volvía a ser criticado incluso por sus propios compañeros debido a su aparente apatía y conformismo. La reacción de Westphal, que fue quitar a Jim Chones del quinteto titular, aumentó la fractura dentro del vestuario. Chones era una antigua estrella universitaria de Marquette que se había convertido en uno de los grandes fichajes de la ABA, pero en profesionales no había pasado de ser un buen titular especializado en defensa y rebote. Su aportación había sido vital en el anillo de la temporada anterior, especialmente con el desplome de Spencer Haywood, y creía que eso le hacía merecedor de ocupar un puesto más destacado sobre todo en ataque. Eso chocaba frontalmente con los intereses de Kareem, que no estaba dispuesto a permitir que su pareja interior le robara balones y tiros, así que Westphal terminó ascendiendo a titular a Jim Brewer, otro buen especialista defensivo pero carente de cualquier veleidad ofensiva. El retorno de “Magic” no sirvió para calmar los ánimos: aún no estaba totalmente recuperado, el equipo no tuvo tiempo de volver a adaptarse y fueron eliminados sorprendentemente por los Rockets de Moses Malone en primera ronda.

La situación se volvió insostenible durante el verano de 1981. La prensa reveló que “Magic” Johnson había fichado un nuevo contrato con los Lakers por un salario anual superior al de Kareem y con una duración casi absurda: veinticinco años. Jabbar era consciente de que “Magic” se había convertido en amigo y compañero de fiestas de Jerry Buss, y por extensión en el “niño bonito” de los Lakers. Aunque la franquicia se apresuró a mejorar el contrato del pívot, el fichaje de Mitch Kupchak terminó de soliviantar el ambiente en el vestuario. Kupchak era agente libre restringido de los Bullets, y para forzar su traspaso (a cambio precisamente de Chones) los Lakers le hicieron una oferta inalcanzable para la franquicia de Washington: $800000 para un ala-pívot suplente, el doble de lo que cobraban titulares con años en el equipo como Norm Nixon.

Y Paul Westphal no contribuía a la armonía del equipo. Después de la derrota contra los Rockets, un equipo más grande y lento que los Lakers, decidió aprovechar la llegada de Kupchak para apostar definitivamente por el juego en estático a media cancha aprovechando las capacidades ofensivas de sus pívots. De nuevo Kareem se encontraba formando pareja con un “cuatro” demasiado dispuesto a tirar a canasta, al menos según la opinión del pívot, pero el mayor conflicto residía en la difícil coexistencia de Norm Nixon y “Magic” Johnson. Ambos se encontraban más a gusto ocupando el puesto de base, y aunque habían aceptado compartirlo en el pasado el cambio de juego aumentó su frustración. Los dos jugadores eran partidarios de un estilo más abierto y veloz, y la incomodidad de verse atados a un juego lento mientras además tenían que compartir su posición natural generó una fricción que cada vez se hacía más pública a través de la prensa. Nadie estaba a gusto con nadie y todos estaban enfadados con Westphal, hasta que la situación estalló el 19 de Noviembre de 1981 en Utah: los Lakers ganaron para continuar una racha que llegaría a las nueve victorias consecutivas, pero en el banquillo “Magic” Johnson y Paul Westphal se enzarzaron en una discusión a gritos que terminó cuando el jugador exigió su salida del equipo. “¿Sabes qué? Para esto mejor me traspasas.” “Magic” repitió su petición de traspaso ante los periodistas, y cuando aterrizaron de vuelta en Los Ángeles Paul Westhead ya había sido cesado.

A pesar de la consiguiente tormenta mediática, hoy olvidada pero entonces suficiente para apagar casi totalmente la estrella de “Magic”, la situación interna de los Lakers mejoró a partir de ese momento. Pat Riley, hasta entonces asistente de Westhead, recuperó el estilo de juego diseñado por Jack McKinney con el que la mayor parte de la plantilla se sentían más a gusto. “Magic”, abucheado por los fans, hubo de ceder en su conflicto con Nixon. Kareem no estuvo de acuerdo con el cambio a un juego más abierto en el que su influencia era menor, pero pudo consolarse al encontrar al fin una pareja interior a su gusto: todos lamentaron la gravísima lesión de rodilla de Mitch Kupchak, pero su baja permitió descubrir en el fondo del banquillo a un ala-pívot especialista defensivo al que jamás se le iba a diseñar una jugada en ataque.

Se llamaba Kurt Rambis, y acababa de descubrir que estaba en el lugar indicado en el momento preciso. Bob McAdoo y su MVP tendrían que acostumbrarse a salir desde el banquillo.