Como la mayoría de las ligas profesionales de su época, la NBA no incluía en su normativa ninguna restricción racial ya que su presidente Maurice Podoloff era abogado y sabía bien que un reglamento así habría estado al borde de la ilegalidad. A pesar de ello, dicha restricción implícita era tan reconocida que hizo falta una reunión de la Junta Directiva de la NBA para abolirla en Marzo de 1950.
En realidad, por lógica no debería haber sido necesario eliminar esa discriminación, ya que la NBL, la liga que se fusionó con la BAA para crear la NBA, llevaba experimentando con equipos integrados desde la Segunda Guerra Mundial, que dejó las plantillas medio vacías. Incluso llegó a contar con un equipo negro, los Dayton Rens, durante sus últimos meses de existencia. En cambio, la BAA había sido segregada desde su creación, y fue el criterio que se siguió después de la fusión que dio origen a la NBA.
Los motivos de la discriminación en el baloncesto profesional eran puramente económicos. Muchas franquicias estaban situadas en estados segregados, y temían la reacción del público ante un equipo integrado. Muchas universidades se negaban a jugar contra equipos que contaran con jugadores negros, y cuando Don Barksdale fue elegido para formar parte de la selección olímpica de baloncesto de 1948 tuvo que soportar hasta amenazas de muerte. Y por otra parte estaban los Harlem Globetrotters de Abe Saperstein, el mayor reclamo del baloncesto de la época. Muchos equipos sólo llenaban cuando programaban sus partidos conjuntamente con los “Globies”, e incluso entonces tenían que poner antes el partido de la NBA porque si jugaban antes los Globetrotters los espectadores se marchaban en el intermedio. Eddie Gottlieb, el propietario de los Philadelphia Warriors, era socio de Saperstein, y con frecuencia prefería jugar sus partidos en casa allá donde estuvieran los Globetrotters, persiguiéndolos por todo el estado con tal de llenar un pabellón. El gran negocio de Abe Saperstein consistía en mantener su monopolio sobre los jugadores negros, que tenían que aceptar los bajísimos salarios que él les ofrecía ante la falta de alternativas laborales, así que no es de extrañar que fuera su socio el que encabezara la oposición a la integración de la NBA.
Tampoco es que los partidarios de acabar con la discriminación se movieran impulsados por altos ideales o consideraciones morales. El respetado Joe Lapchick se batió el cobre apoyando el ingreso de los Rens en la NBL, pero casos como el suyo eran la excepción. “Ahora sé que hay blancos que lo arriesgarían todo por ayudar a un negro”, le dijo el propietario de los Rens. Lapchick era el entrenador de los New York Knicks, pero cuando el propietario Ned Irish planteó la cuestión ante la Junta Directiva (“Board of Governors”) de la NBA lo hizo pensando sólo en su interés. Irish se había hecho rico y famoso organizando torneos de baloncesto universitario en el Madison Square Garden, pero siempre se negó a aceptar equipos negros ya que pensaba que no atraerían a los aficionados (blancos, en su mayoría). Sin embargo, a finales de 1949 su posición cambió radicalmente cuando supo que Nat “Sweetwater” Clifton, el espectacular pívot de los Globetrotters, se había peleado con Abe Saperstein por cuestiones contractuales y estaba a la venta. Los Knicks estaban mejorando y aspiraban al anillo, pero les faltaba un pívot que oponer a George Mikan de los Lakers. Además, Clifton era muy famoso, y tampoco vendría mal completar el aforo del pabellón con aficionados afroamericanos.
La primera vez que Ned Irish planteó la cuestión, la Junta Directiva la rechazó en votación después de que Gottlieb transmitiera la amenaza de boicot por parte de Saperstein. En marzo de 1950, en cambio, Irish planteó un ultimátum al resto de la NBA: si no se le permitía la contratación de “Sweetwater” Clifton, los Knicks abandonarían la liga, llevándose con ellos el Madison Square Garden y como quien dice todo New York. A pesar de la antipatía que despertaba Ned Irish entre los demás propietarios y de la forma amenazante en la que presentó la propuesta, todos sabían que la liga no podría sobrevivir a la pérdida de la capital mundial del baloncesto. Para el propietario de los Knicks la NBA era una operación secundaria a su interés principal en el baloncesto universitario, por lo que la posibilidad de su marcha era una realidad.
Además, para entonces los Knicks ya no estaban solos: los Boston Celtics y los Washington Caps habían puesto los ojos en algunos jugadores negros de cara al próximo draft, así que compartían su interés por el cambio de normativa. “Red” Auerbach llegó a afirmar que él y Walter Brown nunca mencionaron entre ellos el hecho de que “Chuck” Cooper de Duquesne era negro, pero resulta difícil de creer. En cualquier caso, la actitud general de Walter Brown entonces y después no deja lugar a dudas: “Me da igual si es de color, a cuadros o a rayas, sólo me importa si sabe jugar.”
Ese día se reunieron en la oficina de Maurice Podoloff los representantes de las once franquicias que quedaban en la NBA después de la gran criba que se había producido poco antes. Como detalle de la compleja relación de poder que existía y existe en la liga, Podoloff no tenía voto en esta cuestión, que quedaba en las manos de la “Board of Governors” para aprobar la propuesta por una mayoría de al menos seis votos. Ned Irish de los New York Knicks y Walter Brown de los Boston Celtics lideraban la facción digamos “aperturista”, en la que también se encontraba Mike Uline de los Washington Caps. Las otras dos franquicias del estado de New York (integrado), Rochester y Syracuse, estaban dispuestas a sumarse al voto afirmativo. La amenaza de Irish era más aterradora que la de Saperstein, y además consideraban que la NBA se terminaría integrando más pronto o más tarde así que no iban a permitir que los Knicks se reforzaran con jugadores negros mientras ellos se quedaban mirando. Movidos por tan altas consideraciones éticas y morales, Les Harrison de los Rochester Royals y Danny Biasone de los Syracuse Nationals votaron a favor.
Enfrente, Eddie Gottlieb de los Philadelphia Warriors encabezaba el bando opositor, y daba por seguro el apoyo de las franquicias situadas en estados segregados, que no se arriesgarían a indisponerse con sus fans. Fort Wayne e Indianápolis (Indiana), Minneapolis (Minnesota) y Baltimore (Maryland) eran votos seguros. Con un previsible empate a cinco, todo dependía de Ben Kerner, el propietario de los Tri-Cities Blackhawks. Los Blackhawks se movían entre Illinois e Iowa, ambos estados segregados, pero Kerner había colaborado con Harrison en el fichaje de Gates y King en la NBL así que era imposible anticipar su decisión. Cuando llegó el momento, Kerner votó en contra de la integración de la liga, lo cual prácticamente sellaba la decisión.
Hasta que le tocó el turno a Carl Bennett, de los Fort Wayne Zollner Pistons, que provocó una auténtica conmoción el la sala cuando votó a favor de la inclusión de jugadores negros en la NBA. Nadie se esperaba que una franquicia situada en Indiana apoyara la integración, pero Bennett había recibido instrucciones claras al respecto: la fábrica de pistones de Fred Zollner era integrada, y el propietario quería evitar la contradicción de admitir obreros negros en su fábrica y a la vez negarles la entrada en su equipo. “Cuando salimos de la reunión, Eddie Gottlieb, el propietario de los Philadelphia Warriors, vino hacia mí. Carl, hijo de perra, acabas de hundir la liga. En cinco años, el 75% de los jugadores serán negros, y será imposible llenar un estadio. Nadie querrá venir a verlos”. A pesar de tales augurios, Maurice Podoloff lo anunció formalmente a los representantes de todos los equipos: “Se acepta que desde ahora la integración es la nueva dirección de la NBA”.
La decisión de la liga no supuso el fin automático del racismo. Aunque la propia falta de relevancia de la NBA y el historial de integración en el baloncesto profesional hizo que esta medida pasara desapercibida para el gran público, sus protagonistas tuvieron que sufrir los insultos de los aficionados y las dificultades para encontrar alojamiento en ciertas ciudades. El incidente más grave lo sufrió Joe Lapchick, entrenador de los New York Knicks, cuando una turba de incontrolados colgó de una farola un muñeco con su nombre y le prendió fuego, delante de su casa y a la vista de su mujer y su hijo menor. Nat Clifton y Earl Lloyd estaban preparados para esa vida, pero Chuck Cooper sólo pudo aguantar gracias al apoyo sin fisuras de su compañero Bob Cousy (en un documental de la NBA realizado cincuenta años después, a Cousy se le seguían saltando las lágrimas de impotencia al recordar la vergüenza que sentía cada vez que a Cooper se le negaba algo por ser negro). Hank DeZonie, el que fuera máximo anotador durante la breve experiencia de los Rens en la NBL, abandonó la NBA después de sólo cinco partidos con los Tri-Cities Blackhawks harto de aguantar desplantes.
A pesar del apoyo de las franquicias, entrenadores y jugadores blancos, también la NBA mantenía una sutil forma de “racismo de guante blanco”: los jugadores negros venían de ser estrellas en sus equipos anteriores, pero al llegar a la liga profesional se los encasillaba invariablemente en el papel de “alero defensivo”, una versión primitiva del “ala-pívot” cuya misión era defender y rebotear. Sólo en casos de absoluta necesidad debía lanzar a canasta más allá de palmear algún rebote ofensivo. Años después, cuando la presencia de jugadores afroamericanos se había generalizado, esta política se manifestaba como una resistencia a colocar en pista a varios negros a la vez: “uno en casa, dos si juegas fuera, y tres si vas perdiendo” decía el refrán.
Esa situación era dura para todos, pero muy especialmente para un Clifton que había llegado a la NBA siendo ya una gran estrella. Años después, “Sweetwater” Clifton se quejaría de que su papel como pionero había quedado oscurecido por otros jugadores. Chuck Cooper fue el primero en ser drafteado (segunda ronda, por los Celtics), Harold Hunter el primero en firmar un contrato aunque fue cortado por los Caps en pretemporada, y Earl Lloyd fue el primero en debutar oficialmente, el 31 de Octubre de 1950 (la temporada debía comenzar el 1 de Noviembre, pero el pabellón de los Caps estaba ocupado). Todos ellos se le habían adelantado, en especial Cooper, y quedó en el olvido que todo esto se puso en marcha porque Ned Irish quiso fichar a Nat Clifton. También su carrera en la liga le dejó un regusto agridulce, obligado a constreñir su creatividad y sacrificar su calidad ofensiva para dedicarse a oscuras labores de intendencia. No fue hasta Maurice Stokes que apareció una estrella negra, poco antes de que Bill Russell y Wilt Chamberlain hicieran olvidar la profecía de Eddie Gottlieb.
No recuerdo ya dónde leí que una vez Bill Russell invitó a su abuelo a entrar al vestuario del Boston Garden, y el anciano se sentó en un taburete y se puso a llorar. Los Celtics no comprendían qué le pasaba, porque no era fácil hacerse a la idea de que ese hombre era tan viejecito. “Es que yo nací esclavo,” les explicó, “y nunca creí que llegaría a ver el día en el que un hombre blanco y un hombre negro usaran una misma ducha.”