De los muchos acrónimos que utilizan los estadounidenses para poner en práctica ese auténtico frenesí que les supone el ahorrarse letras de las palabras, los galardones que se conceden al final de la temporada baloncestística estadounidense también tienen sus abreviaturas correspondientes. Faltaría más.

Así, el ROY es el Rookie of the Year, el Novato del Año. El COY, es el Coach of the Year, el Entrenador del Año. Y el MVP, de la NBA, también tiene su equivale en el baloncesto universitario donde el POY, es el Player of the Year, el Jugador del Año.

Aprovechando estos acrónimos, de sobra conocidos por el buen aficionado al basket estadounidense, me he permitido titular la entrada de esta semana con tres letras que parecen corresponder a una de esas abreviaturas, pero que en realidad son las tres letras de una palabra en lengua hebrea –y yidddish- que significa “gentil” (no judío). Y que, usada de manera no neutral, también puede significar “extraño”.

El goy en cuestión es Jeremy Tyler, la joven estrella del baloncesto escolar que el año pasado fue etiquetado como la nueva maravilla joven procedente del instituto. Al joven Tyler, un chico de oro de 2’10 metros, tanto su mentor, el siempre presente en estas historias Mr. Sonny Vaccaro, la casa de zapatillas habitual en estos casos, su compañía de representación (el WMG, uno de los grupos de representación de deportistas y artistas más importantes de los Estados Unidos) y el resto de consejeros áulicos que ya rodean a estos chavales a pesar de su juventud, le recomendaron saltarse los tiempos obligatorios de universidad antes de dar el salto a la NBA. Y le animaron a acometer la misma ruta que el acometió el hoy jugador de los Bucks de Milwaukee, el base Brandon Jennings, que fue jugador de la Virtus de Roma el curso pasado.

No es que la experiencia de Brandon Jennings en la Roma fuera especialmente brillante. Desde luego, no lo fue para Jennings, ni tampoco lo fue para la Virtus. Aunque, más tarde, en el draft de la NBA del pasado mes de junio, los Bucks apostaron por él y esa apuesta parece que les ha salido muy bien a los de Milwaukee.

El chaval no es el prodigio que nos anunciaron cuando anotó aquellos celebres 55 tantos en un partido de principios de esta temporada –al muchacho se le llegó a comparar incluso con el legendario Wilt Chamberlain- pero una de las razones por las que los Bukcs van a jugar los playoffs de la NBA esta temporada es, sin duda alguna, porque tienen a Brandon Jennings en su plantilla.

Jeremy Tyler, (San Diego, 1-6-91) firmó por el Maccabi Haifa el pasado mes de agosto. El Haifa es uno de los equipos de la Liga Profesional Israelí que, como es bien conocido, suele dominar otro Maccabi, el de Tel Aviv, casi un año sí y otro también.

En Israel tengo amigos, colegas, ex colegas, y algún que otro ahijado. Es un país al que he viajado –casi siempre como viajero más que como turista- bastantes veces a lo largo de mi vida. Así que conozco algunos de los estereotipos que allá se dan. Esos estereotipos, siempre injustos, no dejan de tener su punto de cierta verdad. En Israel se suele decir, por ejemplo, que: “mientras Haifa trabaja, Tel Aviv se divierte y Jerusalén reza”.

Escribo esto porque el chaval Tyler fue a parar al equipo de una ciudad realmente especial en un país que es también muy especial. Haifa está llena de instalaciones militares, de fábricas de armamento y de empresas de alta tecnología. Es un lugar donde se trabaja mucho y en el que, definitivamente, no hay mucho de eso que los jóvenes del mundo entero denominan “ambiente”. Haifa tiene su encanto, mucho, pero no parece el lugar ideal para que un chaval estadounidense de 18 años, sin ninguna experiencia previa en el extranjero, viva en ella su bautismo como jugador profesional de baloncesto.

De modo que la bajada a los infiernos de Jeremy Tyler en Israel comenzó casi desde el mismo momento en el que tomó el avión en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Para empezar, su familia no le acompañó en aquel viaje inicial, ni tampoco estuvo con él durante el poco tiempo que el chaval estuvo en Haifa. La familia de Brandon Jennings –concretamente su madre y su hermano menor- sí estuvo con él en Roma y eso le ayudó bastante. A pesar de ello, el chico las pasó muy canutas en Italia también.

Jeremy Tyler, por el contrario, estuvo solo en Haifa todo el tiempo. Sin ningún referente familiar, el chico tuvo problemas de puntualidad muy a menudo: hasta acabar con la paciencia de los dirigentes del Maccabi, de hecho. La policía visitó su domicilio en varias ocasiones: casi siempre por escándalo público. El chaval ponía música a todo volumen a altas horas de la noche e incluso llegó a ser denunciado por algún vecino por amenazas e intento de agresión.

Tyler tuvo que luchar contra la soledad. Y perdió la batalla. Trató de ajustarse a una cultura muy diferente a la suya, pero también fracasó. El chaval no estaba preparado mentalmente para acometer un reto de semejante magnitud. Pero lo que más me sorprende de su aventura es que nadie, de entre toda esa pléyade de consejeros, asesores y agentes que rodean al chaval, le recomendara que se llevara a su familia a Israel.

En la cancha las cosas tampoco fueron mucho mejor. Con serias carencias de fundamentos en su juego, y con muchas más carencias en su mente, era solo cuestión de tiempo que el chico Tyler fallase en el Maccabi Haifa de manera contundente. El chaval apenas llegó a jugar minutos importantes con el equipo.

Hasta que un buen día, en el descanso de un partido, el prodigio americano decidió quitarse el uniforme de juego y vestirse con ropa de calle. Aquel fue un acto de insubordinación, uno más, que acabó definitivamente con la paciencia de los directivos del Maccabi. Al final, el chico ya no iba ni convocado a los partidos.

Harto de estar harto, Jeremy Tyler decidió volver a los Estados Unidos sin despedirse de nadie. Y en su retorno, decidió enfrentarse a un futuro bastante más incierto que el que se le auguraba cuando se marchó a Israel tan sólo unos meses antes.

Al final, sus números en Haifa –me refiero a las estadísticas no a los números que montó- son lo de menos. Pero indican el nivel de fallo de este segundo experimento de Mr. Vaccaro and company. El chaval jugó sólo 10 partidos con unas medias sobrecogedoras: 2 puntos y 2 rebotes de media, durante poco más de 7 minutos en cancha.

Pero hay otros factores que no aparecen en las estadísticas y que nos sirven para definir no sólo los defectos de un chaval de 18 años al que algunos han lanzado a un test ciertamente temerario -al fin y al cabo, la palabra “defectos” suele ir en la misma frase que las palabras “18 años”- sin también para definir los fallos de un modelo.

Me parece que toda esta historia de Tyler en Haifa describe también ciertas patologías que se dan en el baloncesto de formación estadounidense. A los chavales de instituto se les habla, hoy en día, de oro y de trofeos demasiado rápido. De eso ya se encargan los Vaccaros, los representantes de las casas de zapatillas y los mediadores de los grupos de representación artística. Me preocupa mucho esa clase de figuras precoces que el basket escolar estadounidense está generando últimamente.

Los técnicos de la Virtus de Roma, sin ir más lejos, me decían que Jennings mostraba el año pasado carencias muy básicas en el conocimiento del juego. Pero, al menos, su ética de trabajo y su actitud, sin ser especialmente ejemplares, no eran malas.

Jeremy Tyler, sin embargo, tuvo –según cuentan desde Haifa- serios problemas de madurez, de disciplina y de hábitos de trabajo. Y, ni que decir tiene, de conocimiento básico del juego también. Con el agravante de que el chaval nunca estaba dispuesto a escuchar a sus entrenadores. Sus compañeros de equipo también dejaron de hablarle argumentando que la arrogancia del chaval era insufrible. No me cabe duda de que esa soberbia de Tyler hacia sus compañeros era la coraza con la que le muchacho escondía el pavor que le debía de estar generando su experiencia en Israel. Pero lo último que espera encontrarse un jugador profesional de cualquier liga del mundo es a un chaval de 18 años que va de arrogante por la vida.

Sin embargo, el futuro de Jeremy Tyler como jugador de baloncesto no está ni mucho menos acabado. Para nada. El sistema americano ha dado muestras inequívocas, a lo largo y ancho de su Historia, de que concede segundas oportunidades prácticamente a todo aquel que esté dispuesto a intentarlo una segunda vez. Y si se trata de un joven gigante, atlético, y muy bien dotado para el juego del baloncesto, esa segunda oportunidad le llegará sin duda alguna. Por lo tanto, es muy probable que esta historia acabe teniendo un final feliz.

El entorno del chico está tratando ahora de encontrarle otro equipo europeo para el curso que viene: Tyler tiene todavía otro año más de penitencia antes de poder acceder a la NBA. Y si su retorno a Europa no fructifica, el chico seguramente jugará en un equipo de la NBDL, la Liga de Desarrollo de la NBA. En cualquier caso, Sonny Vaccaro asegura que Tyler tendrá muchas oportunidades en el futuro inmediato.

Mr. Vaccaro afirma también que va a seguir con su cruzada contra la norma impuesta por el Comisionado de la NBA, Mr. David Stern, que impide a los jugadores recién salidos del instituto entrar a formar parte de la fraternidad profesional de inmediato. Y que seguirá animando a otras estrellas del baloncesto escolar a jugar fuera de los Estados Unidos mientras cumplen ese año -o ese bienio como en el caso Tyler- de purgatorio antes de aterrizar en la Liga Profesional.

En ese sentido, Mr. Vaccaro considera a Jeremy Tyler un experimento fallido, sí. Pero para nada lo considera un fallo irreversible; un juguete roto. Ni mucho menos. Y asegura que, por encima de todo, el chico tenía todo el derecho a hacer lo que hizo.

Por supuesto, en estas dos historias, la de Brandon Jennings y la de Jeremy Tyler, los que parece que no acaban nunca bien son los equipos profesionales europeos. Gastan sus buenos dineros en estos chavales y, por lo visto hasta ahora, el retorno de esa inversión es bastante dudoso. En el caso de Jennings, al menos, las gentes de la Virtus pudieron adecentarlo un poco y hoy es un excelente proyecto de jugador NBA. En el caso de Jeremy Tyler, el chico fue un “goy” en Haifa: desde el principio hasta el final. Cabe esperar que no siga siendo un goy en su propio país.

La cuestión, sin embargo, parece más profunda. ¿Cuántos “goyim” está dispuesto a enviar (y puede que a sacrificar) a este lado del charco el bueno de Mr. Vaccaro para demostrarle a Mr. Stern que su idea del límite de edad en la NBA está equivocada?.