Durante los recientes problemas legales de Gilbert Arenas que han desembocado en su suspensión, algunos medios han recordado la figura de Simon Gourdine, “deputy commissioner” de la NBA en la década de los setenta y mano dura de la liga durante una de las épocas más convulsas de su historia. Pocos recuerdan, sin embargo, que su candidatura al puesto de comisionado de la NBA supone uno de los “what ifs” más llamativos de la historia reciente del deporte profesional estadounidense: ¿Y si David Stern no se hubiera convertido en “commissioner” de la NBA?
Simon Gourdine (Jersey City, 1940) llegó a la NBA en 1970 sin ningún tipo de experiencia previa en el deporte. Venía de ser ayudante del fiscal, Walter Kennedy decidió que necesitaba un buen abogado y lo convirtió en su consejero legal. Años más tarde Gourdine reconoció que posiblemente el color de su piel había influido, ya que a la NBA no le vino mal incorporar a su organización a un abogado afroamericano joven manque sumamente preparado. Durante la década de los setenta Simon Gourdine fue escalando posiciones dentro de la NBA hasta alcanzar una vicepresidencia, algo único en las grandes ligas profesionales de la época. Con Walter Kennedy al borde de la jubilación, el nombramiento de Gourdine como “deputy commissioner” se interpretó como una señal de que era el elegido para sucederle. No era ningún secreto que era el favorito de Kennedy para el puesto, y la “Board of Governors” parecía estar de acuerdo. Simon Gourdine estaba a un paso de convertirse en el primer afroamericano en presidir una gran liga deportiva profesional estadounidense.
Sin embargo, ese nombramiento empezó a retrasarse sin causa evidente. Pronto surgieron rumores de que la junta de gobierno de la NBA podría estarse replanteando su designación, y finalmente en 1975 se anunció que el nuevo comisionado de la NBA sería Larry O’Brien, un “outsider” total. O’Brien era un absoluto desconocido en el mundillo baloncestístico, pero era un destacado político de la época que había formado parte de la cúpula del Partido Demócrata. Con la NBA enfangada en una serie inacabable de conflictos legales con la ABA y con el sindicato de jugadores, los propietarios decidieron que lo que necesitaban en ese momento era un político con contactos para asegurarse el apoyo de los legisladores.
La candidatura de Simon Gourdine fue una víctima colateral de este proceso. A pesar de ello, O’Brien ratificó su puesto como “vice comisionado”, y Gourdine siguió adquiriendo más competencias dentro de la NBA. Larry O’Brien no era un experto en temas deportivos, y después de negociar la fusión NBA – ABA y zanjar las demandas antimonopolio, la mayor parte de los asuntos internos de la liga quedaron en manos de sus asistentes. Fue Simon Gourdine el máximo responsable del histórico convenio colectivo de 1976, en el que por primera vez se habilitaron vías para que los jugadores pudieran convertirse en agentes libres, al reducir los derechos de retención y tanteo por parte de las franquicias. Gourdine llevaba el día a día de la NBA, y sus aspiraciones de suceder a Larry O’Brien permanecían intactas.
Sin embargo, en las oficinas de la NBA otro joven abogado llamado David Stern venía pisando fuerte. Stern había empezado como consejero externo, pero había ido escalando puestos hasta convertirse en el máximo responsable del departamento legal de la NBA. Su peso en las decisiones de la liga era cada vez mayor, y los dos mayores avances del último período de Larry O’Brien como comisionado de la NBA (la negociación con el sindicato de jugadores de un tope salarial y de una política antidrogas) se atribuían casi en exclusiva a Stern. En 1980 la lucha entre Simon Gourdine y David Stern por el control de la NBA llegó a su fin con el ascenso de Stern al puesto de Vice Presidente Ejecutivo de la NBA, responsable de la gestión empresarial de la liga. Convencido de que había tocado techo y de que nunca llegaría a ser comisionado, Gourdine abandonó la NBA un año después. El 1 de Febrero de 1984 David Stern fue elegido unánimemente como nuevo comisionado sucediendo en el puesto a Larry O’Brien.
Simon Gourdine salió peor parado de su siguiente encuentro con David Stern. Después de haber sido candidato a la presidencia de la Liga Nacional de Béisbol, en 1990 el sindicato de jugadores de la NBA contrató a Gourdine como consejero legal debido a su amplia experiencia en la negociación de convenios colectivos. Fue así como esos dos antiguos conocidos volvieron a encontrarse frente a frente durante el “lockout” de 1995, cuya resolución dañó irreparablemente la reputación de Gourdine en la NBA hasta el punto de haber dejado en el olvido su contribución a la liga.
En principio, Simon Gourdine sólo debía asesorar a Charlie Grantham, el negociador que representaba a la asociación de jugadores (NBPA). Sin embargo, en medio de las negociaciones con la NBA el sindicato decidió despedir a Grantham, y Gourdine hubo de hacerse cargo. Su situación era muy delicada, con un David Stern inflexible y un colectivo de jugadores dividido y voluble. Aún peor, Simon Gourdine se granjeó la oposición de un grupo de estrellas de la liga liderado por Michael Jordan y Pat Ewing, que amenazó con disolver el sindicato. David Falk, representante de Jordan e Ewing, atacó duramente a Gourdine en la prensa, refiriéndose a su historial como directivo de la NBA y acusándole de ser un “infiltrado” de la liga. Los jugadores rechazaron el primer acuerdo firmado por Gourdine y Stern, y 180 miembros del sindicato firmaron una petición de descertificación que la NBPA tuvo que llevar a votación.
Como siempre, David Stern emergió como el gran triunfador de este conflicto. La NBA consiguió endurecer notablemente la reglamentación del tope salarial a cambio de mínimas concesiones, y entre los jugadores se extendió la idea de que la falta de dureza de Simon Gourdine había sido una de las causas. Cuando se supo que Buck Williams (presidente de la NBPA) había renovado el contrato de Gourdine por dos años más de manera unilateral, el grupo de jugadores encabezado por Pat Ewing exigió su despido inmediato. Simon Gourdine fue cesado sólo un mes después de haber sido renovado, y aunque logró cobrar todo su contrato no pudo evitar el daño sufrido por su reputación en la NBA. Ahora es difícil recordar que en un tiempo Gourdine parecía un gran candidato a comisionado debido a una flexibilidad y voluntad negociadora que recordaba a los mejores días de Larry O’Brien. Pocos creen ya que hubiera tenido lo que hay que tener para duplicar el éxito alcanzado por David Stern y su política del puño de acero oculto bajo el guante de seda.
Pero hubo un tiempo en que Simon Gourdine era la NBA, al menos en un sentido organizativo. Un tiempo en el que David Stern era el innoble visir que quería ser califa en lugar del califa. En alguna parte hay un universo en el que Simon Gourdine es comisionado de la NBA, y el baloncesto es muy diferente.