En el País Valenciano se suele emplear el término “tirar”, entre otras acepciones, como sinónimo de despedir, de echar a alguien de un trabajo. Y, en el caso del cese fulminante de Elgin Baylor como Manager General de los Clippers de Los Ángeles, esa definición viene al pelo. Al bueno –en el sentido machadiano de la palabra bueno- de Elgin Baylor los Clippers le han despedido de una manera que podría ser descrita perfectamente como que “le han tirado a la basura”. Y eso no debe hacerse con una leyenda viva del baloncesto NBA, con un empleado leal a un club básicamente disfuncional. Pero, sobre todo, no debe hacerse con un hombre que, sin ser una lumbrera, siempre cumplió a rajatabla lo que le dictaban sus superiores; en particular, el dueño del club, el ínclito Don Sterling.

Pero los Clippers son los Clippers. Y en casos como este, todo lo que se puede amar de ellos queda en un segundo plano. De los Clippers se ama su espíritu de equipo rebelde en una ciudad que adora a sus rivales, los Lakers; su condición de patito feo en una urbe en la que no ser pluscuamperfecto es equivalente a ser inferior; su conocida identificación con el eterno segundón. Pero una sociedad deportiva –cualquier empresa en realidad- no deja de ser el reflejo de su jefe máximo. Y Don Sterling es un propietario espantoso: y tampoco un personaje al que uno describiría como un ciudadano ejemplar. Donald Sterling, al que casi todos se refieren como “The Don”, ha utilizado durante mucho tiempo a sus Clippers para ganar dinero –algo legítimo- pero casi siempre a costa de no ganar partidos y de convertir al club en el hazmerreír de la Liga. Cierto es que, últimamente, se ha gastado mucho dinero para mejorar la plantilla, pero los resultados –salvo un viaje a la segunda ronda de los playoffs hace tres temporadas- no han sido nada buenos. Como casi siempre.

Siempre he pensado que la disfuncionalidad de esta franquicia, a la que muchos apreciamos, es debida en gran parte a su génesis, a sus inicios. Que no fueron exactamente normales que digamos, claro. Y si no, repasemos un poco la historia.

Todo empezó al acabar la temporada 1975-1976. Los Braves, ubicados entonces en Búfalo, venían de perder la Final de la NBA a manos de –¿quién si no?- los Celtics de Boston. En aquel tiempo, ser segundo detrás del equipo de Boston era el equivalente a ser el primero de los equipos “normales”, pero aquella derrota iba a traer muy malos augurios para los Bravos. El entrenador del equipo, el Doctor Jack Ramsay, todo un carácter, dimitió de su cargo tras una discusión muy virulenta, ocurrida justo después del partido final, con el dueño del club, el señor Paul Snyder, que era todavía más temperamental que su Doctor-Entrenador. Para que el lector se haga una idea, Mr. Snyder era un millonario que había hecho fortuna con el negocio de las galletas y al que todo el mundo conocía por el apodo de “The Cookie Monster”, “el monstruo de las galletas”. Semejante mote da una idea de cómo era su temperamento.

Pues bien, tras aquella legendaria porfía, Mr. Snyder decidió vender el club a un grupo de inversores de la Florida. Pero un juez de Búfalo –hincha de los Braves, claro- dictaminó que el club no se podía ir de la ciudad. De modo que Mr. Snyder empezó a vender la franquicia por partes: primero vendió malamente a la figura del equipo, Bob McAdoo, y tras una serie de maniobras siniestras, el equipo entró en una espiral tan perdedora que, dos cursos después, su casillero de victorias bajó hasta tan sólo 27 triunfos. Así que en la primavera de 1978, Snyder logró vender por fin el club a Mr. John Brown, quien a su vez –y ojo al dato, como diría aquel- intercambió la franquicia con los dueños de los Celtics de Boston, que estaban hartos de las disputas internas del club: el gran John Havliceck estaba a punto de retirarse y el no menos grande Dave Cowens abandonó los Celtics para trabajar temporalmente como taxista. Sé que el lector pensará: “una estrella de la NBA deja plantados nada menos que a los Celtics y se pone a conducir un taxi por las calles de Boston; este Paniagua se inventa estas historias, seguro”. Pero no; todo es verdad. En realidad, esta Liga ha sido, es y seguirá siendo tan singular que uno no tiene necesidad de inventar, ni de exagerar nada.

Seguimos. Los nuevos propietarios de los Braves, ya ex propietarios de los Celtics, decidieron llevarse el equipo a la bonita y soleada San Diego donde le cambiaron el apellido de Braves por el de “Clippers”, un tipo de embarcación a vela muy común en el Siglo XIX. Y en esa encantadora ciudad, ubicada al borde del Pacífico, estuvieron durante tres horripilantes temporadas. Sí; porque la cosa empezó mal el primer año, fue mucho peor el segundo y acabó pésimamente mal el tercero. Incluyendo un intento de recuperación del gran pivote Bill Walton, que tenía una lesión terminal en el pie, y el fichaje del singular World B. Free, una especie de Dennis Rodman antes de que Rodman se inventara a sí mismo. World B. Free era un personaje tan extremadamente bizarro fuera de la cancha que sólo hay que leer el nombre que decidió adoptar para adivinar que ya había algo que no iba bien; y un jugador tan chupón dentro de la cancha que no es que se tirara hasta las zapatillas -como dice la expresión que solemos utilizar en nuestro mundo- es que el tipo se tiraba hasta la caja de las zapatillas, y las estadísticas del delegado también, si le venía en gana. Tres años después, en el año del Señor de 1981, aquel grupo inversor de Boston vendió la franquicia a Donald T. Sterling, un constructor de éxito de Los Ángeles, que decidió trasladar el equipo a su ciudad. El resto es historia.

Siempre que he tenido el gusto de hablar o de trabajar con Elgin Baylor, me ha parecido un buen hombre; honesto, sincero y sin ninguna agenda oculta. Es cierto que Baylor personifica mejor que nadie una situación muy común en el mundo de la gestión deportiva: haber sido un grande como deportista no te convierte automáticamente en un grande en los despachos. Sin embargo, su amigo y compañero de equipo, Jerry West, sí hizo esa transición de manera maravillosa, siendo el arquitecto de los Lakers desde los años 80 hasta su marcha a Memphis, a principios de este siglo.

De Elgin Baylor tengo, y tendré siempre, la imagen de alguien que jamás tuvo mando en plaza, aunque su cargo fuera, teóricamente, el de más rango en el plano deportivo de la franquicia. Y, sin embargo, consciente de que su poder de decisión era exactamente el mismo que el que tiene la mascota del club, el hombre se condujo siempre con esa elegancia tranquila que poseen los seres que están en paz consigo mismo. Baylor estuvo casi siempre condicionado por Mr. Sterling a fichar jugadores jóvenes en el draft, luego mantenerlos tres años en el club, con el salario dictado por la NBA, para finalmente venderlos al mejor postor. Como los Clippers perdían consistentemente cada año, esa maquinaria diabólica -pero altamente rentable para las arcas del club, es decir, para las arcas del señor Sterling- se ponía en marcha una temporada tras otra. El mítico Elgin Baylor se enfrentó por tanto a la imposible tarea de convertir en ganador a un club con clara –y dirigida- vocación de perdedor de la mejor manera que supo. Y lo hizo, además, con una dignidad total.

Creo que alguien como Elgin Baylor, que como jugador fue lo más parecido que tuvo la NBA a Michael Jordan antes de que el mundo descubriera a Michael Jordan, no se merece que lo despidan de esta manera. Y mucho menos que lo hagan, precisamente, los Clippers. Pero es que en esa casa, todo, absolutamente todo, es posible. Incluso tirar a una leyenda.

P.S: En una entrada futura hablaremos de la famosa “Elgin Baylor curse”, “la maldición de Elgin Baylor”. No creo mucho en estas cosas, la verdad. Pero hay auténticos expertos en el tema que aseguran que su curriculum vitae ofrece señales inequívocas de que el hombre es eso que los argentinos denominan “un mufa”; o sea, lo que nosotros entendemos como un auténtico gafe. Una leyenda urbana que aumentará exponencialmente su credibilidad si ahora resulta que los Clippers se ponen a ganar partidos una vez que han despedido a Baylor.