Pongamos que LeBron James hubiera aceptado la mega oferta que le dejaron caer desde El Pireo (que acaban de robar a Vassilis Spanoulis a los eternos archirivales, el PAO), pongamos que Pau Gasol vuelve al Blaugrana todos los otoños, pongamos que Deron Williams fuese el perfecto ejecutor del ‘pick&roll’ del Sargento de Jierro en el Buesa Arena junto con Luis Scola o que Hedo Turkoglou las enchufa desde su casa en el Abdi Peçki; que Andrea Bargnani aporta su muchito de todo en Roma e ‘Il Gallo’ vuelve a Milano y ‘Air Mallorca’ a Catalunya, Dirk Nowitzki tira del carro en Bamberg o que Andrei Kirilenko se harta de machacar los aros en Moscú, Chris Bosh viene a comer los jamones de Calderón (de camino a Charlotte) a Madrid junto a él y que Vujacić enardece a las masas del Pionir o del Hala Tivoli. Desde octubre hasta mayo. Y luego desde mayo hasta finales de agosto todos a jugar in the Land of the Free. Pongamos que aun ganando unos buenos dineros – tanto aquí como allí y en ocasiones más aquí en la Vieja Europa que allí, en el Nuevo Mundo – el aficionado de un lado y otro del Atlántico disfrutan de estas delicatessen un año tras otro. Y luego las competiciones internacionales con sus respectivas selecciones, claro. Sería el sueño húmedo baloncestístico de más de uno. Y de una, a buen seguro. Un sueño húmedo e imposible.
Pues bien. Nada de esto es imposible. O al menos, no en el basket femenino. Un año tras otro tenemos la grandísima fortuna de disfrutar de las mejores jugadoras del planeta a ambos lados del Océano Atlántico. Norteamericanas, australianas, rusas, francesas y alguna española pueblan mayormente la mudanza masiva que supone el basket femenino de élite cada año. Diana Taurasi, Candace Parker, Lauren Jackson, Sue Bird, Janel McCarville, Becky Hammon, Cappie Pondexter, Tammy Sutton-Brown, Sancho Lyttle (ya española por carta de naturaleza ministerial), Sandrine Grouda, Jelena Leuchanka o ahora nuestra Nuria Martínez (Minnesota Lynx) – como ya hicieran Amaya Valdemoro, Marina Ferragut , Isa Sánchez o Marta Fernández en su momento – juegan a ambos lados del océano. Esto es posible porque las competiciones no se solapan. O muy poco.
Acaba de terminar este pasado fin de semana el All Strar de la WNBA en Connecticut (Stars at the Sun) que marca el ecuador de la competición, con la gran mayoría de ellas presentes en el evento. La WNBA nació al amparo de la NBA, como hermana bonita, the apple of their eyes, de la casa a la que hay que mimar – basta ver las cuñas publicitarias combinando espectaculares imágenes de ambas competiciones – pero por el contrario de sus homólogos masculinos, parece haber llegado a una entente cordiale con FIBA para no simultanear las competiciones femeninas. También primordial y claramente por no simultanear con su homóloga masculina, lo que le restaría protagonismo mediático. O peor, condenaría a las chicas al más oscuro ostracismo. Y eso se traduce en un mayor disfrute por parte del aficionado. Básicamente por que el grueso de los ingresos de este sacrosanto deporte los mueve el basket masculino. Así que las migajas (entre comillas), hay que repartirlas. Patrocinadores hay (aunque escasos, y mayormente locales que apoyan a la franquicia de la localidad) y estructuras profesionales, también. Pero el volumen de negocio está lejos de ser el mismo que se mueve con el basket masculino. Y eso hace los eventos, las competiciones, a las actrices que lo generan, mucho más cercanos, humanos. Baste un ejemplo. Las entradas de la F4 de Euroliga Femenina – aún organizada por FIBA Europa – de este año en Valencia, costaban 8€ por día y no en el gallinero de la Fonteta, no precisamente. Por el contrario, desde cuatro o cinco meses antes es ya casi imposible conseguir un abono para la F4 masculina organizada por Bertomeu. Y los pocos que quedan, evidentemente, a precio del oro.
Consecuentemente, esa accesibilidad de la que hablaba antes es lo que da la cercanía. Para solicitar acreditaciones en el caso de la prensa, para el aficionado por los precios populares y para las mismas jugadoras que en la mayoría de los casos (al no ganar las cantidades ingentes que se manejan en el basket masculino que devienen en divismo) se despachan con un trato exquisito para con los otros agentes de la función. Que las chicas se puedan hacer una foto con Isa Sánchez (exShock cuando la franquicia estaba radicada en Detroit) rodeada por la bandera de Andalucía como en la F4 de Salamanca 2009, o poder ver a la entrenadora del equipo campeón (Pokey Chatman) esconderse en una marquesina de autobús en Valencia bromeando con sus adjuntos con el ruido de unos masclets de boda. O ver que Amaya Valdemoro firma autógrafos sin vallas, ni guardias de seguridad, con la misma calma (“calma, calma, que os voy a dar a todas algo”) con la que Diana Taurasi reparte sus efectos personales de juego (muñequeras y demás) a las chicas voluntarias de la organización en el túnel de vestuarios de la Fonteta tras la final valeciana. O concede una entrevista a este humilde juntaletras en la que se muestra como ser humano, distendida, con la mente puesta en si habla castellano o inglés, y no en si es DT la MVP de la WBNA o una chica de 29 años, son privilegios a los que el aficionado – común mortal – no puede permitirse con frecuencia.
Tanto la WBNA como FIBA Mundo – y por extensión su filial FIBA Europa – son empresas. No lo olvidemos. Con intereses económicos, socios de negocios y sponsors oficiales. No lo olvidemos. Nunca. Pero la fractura entre las competiciones y su reglamentación es mucho menor, el conocimiento global del juego por parte de jugadoras y técnicos y las afinidades personales, mucho mayor. Y eso, queramos o no, une.
Pero a mí lo que me gustaría ver es una alianza similar en el basket masculino (sueño húmedo donde los haya). De repartición de tempos y fechas de competiciones y no fagocitación, como están empeñadas la NBA y la Euroliga – la de Bertomeu. Sería deseable que por una vez el instinto del macho gallito de corral se sublime a favor del bien común, como de momento, se plantea en el basket femenino. Para trabajar en comunión por el bien común, el basket o BA-LON-CES-TO, que es lo que LES da de comer a todos. Porque cada vez que veo WNBA me asalta esta questión, con respuesta en forma de alianza de humanos, elfos, medianos y enanos defendiendo el Abismo de Helm (como corresponde a un friki como yo). Australianas, rusas, españolas, francesas… Y además, las veo cercanas, muy cercanas. A todas. O casi. Sueños húmedos.