Los Jazz de Utah han eliminado –muy merecidamente, por cierto- a los Denver Nuggets en la primera ronda de los playoffs de esta NBA de 2010. Para algunos analistas la eliminación de los Nuggets ha sido toda una sorpresa. Para mí no.
Y es que, aparte de que me gusta recordar los pocos aciertos que tengo como pronosticador –los fallos ya me los recuerdan mis compañeros- esta eliminatoria era relativamente fácil de pronosticar. A poco que uno conociera lo que se cuece en la Casa Denver. Y a poco que uno supiera leer ese baloncesto básico, fundamental, y tremendamente efectivo, que juegan –desde que el tiempo es tiempo- los Jazz del eterno Jerry Sloan. Esta eliminatoria siempre fue un “2” fijo en la quiniela: como diría mi compañero, y sin embargo amigo, Julio Maldonado, “Maldini”.
Comentaban recientemente varios analistas estadounidenses, de manera muy aguda además, que los Denver Nuggets juegan un tipo de basket que se podría denominar como “random basketball”: o sea “baloncesto aleatorio”, en una traducción muy libre. Y, desde luego, no les falta razón.
Escribíamos aquí en una ocasión cómo se ha ido sofisticando el sistema de scouting de los equipos con el paso del tiempo. Hoy en día, un equipo ya puede conocer todos los trucos que le puede presentar su oponente en los diferentes sistemas que utiliza como parte de su repertorio. Gracias, primero, a unos buenos ojeadores-scouts. Y gracias, también, a la tecnología: cada vez hay mejores programas de software que permiten a los técnicos ayudantes hacer no ya el análisis de un rival, sino su ecografía. Por eso decíamos en aquella columna que hoy hay espionaje, contraespionaje y hasta “recontraespionaje” entre los distintos equipos de la Liga NBA.
Y, si recuerda el amigo lector, decíamos también que había dos equipos, concretamente los Knicks de Nueva York y los Denver Nuggets, que tenían un arma secreta para romper tanta investigación y tanto análisis de sus rivales: la improvisación.
Improvisación que, en el caso de los Knicks de Mike D’Antoni, le está costando mucho asimilar al equipo. Pero que, en el caso del Denver, es ya parte de su dermis; y puede que ya sea su seña de identidad más reconocible. Esa improvisación es el “Random basketball”. O, dicho de otro modo, el baloncesto aleatorio, marca Denver Nuggets, es una suerte de caos creativo que les permite no dar pistas casi nunca a sus rivales.
Si uno pregunta acerca de la improvisación a cualquier profesional que se dedique a un campo de las artes, sea éste la música, el teatro, o el cine; o si uno habla con un profesional de los medios de comunicación audiovisuales, con compañeros que se dedican al noble arte de hablar durante muchas horas para que les escuche mucha gente, uno siempre recibe la misma respuesta: improvisar es muy difícil. Posiblemente, lo más difícil. Y, contrariamente a lo que creemos la mayoría, para improvisar –para improvisar bien se entiende- hace falta tener un dominio absoluto del arte en cuestión.
Lo que, traducido al juego del baloncesto, significa que con toda la complejidad que tiene el famoso Triángulo de Phil Jackson, o las Cuatro Esquinas de Dean Smith en North Carolina, o el Flex de Jerry Sloan en el Utah, o el Run-and-Gun de Mike D’Antoni en los Knickerbockers, este baloncesto aleatorio que practican los Nuggets del Coach George Karl es un ejercicio mucho más complejo de lo que podría parecer a simple vista.
Sí, porque para jugar todos esos unos-contra-uno que se juegan los chicos del Denver, o para realizar esas transiciones tan heterodoxas –que no aparecen en ningún libro de los que se recomiendan en los cursos para entrenadores nacionales- se precisa tener un dominio de los fundamentos del baloncesto francamente extraordinario.
Entonces, si estos Nuggets son capaces de realizar variaciones orquestales a las melodías más difíciles, en casi cualquier circunstancia del juego; si estos Nuggets parecían tan fuertes al principio de temporada, ¿qué es lo que les ha fallado en los playoffs?.
Pues, principalmente, yo diría que dos cosas. Una, que han confundido los términos de la ecuación de este baloncesto aleatorio. Que ejecutar muy bien este "random basketball" no significa renunciar a jugar en equipo. Y el Denver no ha jugado como equipo durante casi ningún minuto de la Serie frente al Utah. De hecho, el baloncesto aleatorio del Denver rara vez ha sido ejecutado como un juego fluido en el que participan todos los jugadores. Más bien se ha convertido en un sistema con una profusión casi suicida de unos-contra-unos, de unos-contra-varios, e incluso, muchas veces, de unos-contra-el mundo entero.
La otra cosa -y esta no era ni mucho menos previsible, claro- es que a los Nuggets le ha faltado la piedra angular de su show. Los Nuggets han echado de menos a su Director. Al hombre, tal vez al único hombre que hay sobre la faz de la tierra ahora mismo, capaz de sostener todo ese entramado de baloncesto aleatorio; de caos controlado. Los Nuggets han echado mucho de menos a su entrenador, a George Karl.
La ausencia de Mr. Karl dejó en una posición muy vulnerable al Entrenador interino del equipo, al otrora gran jugador Adrian Dantley. Lo cierto es que al bueno de Dantley le han llovido críticas hasta de la mascota del equipo. Que si el hombre no sabe realmente nada de baloncesto; que si ha sido un muñeco en manos de algunas de las figuras más significativas del equipo; que si su mensaje no ha calado en el vestuario. Los palos han sido tremendos.
Pero, a mi juicio, Adrian Dantley estaba ya en una posición virtual de jaque mate desde antes de los playoffs. De hecho, el buen hombre estaba “kaput” desde que George Karl tuvo que coger la baja por enfermedad. Muy pocas veces, por no decir ninguna, un entrenador interino ha llegado a guiar a un equipo al triunfo en los playoffs de la NBA.
Así que Dantley siempre lo tuvo imposible. En el Sistema –con mayúsculas- que diseñó George Karl para que esta plantilla de los Nuggets pudiera funcionar de una manera mínimamente coherente, su papel nunca fue, precisamente, el de protagonista. En estos Nuggets, George ejerce la figura del entrenador respetado. De hombre que se hace valer ante el gurpo. A pesar de las, digamos, peculiaridades de muchos de sus jugadores.
El Coach Karl ha dirigido muchos partidos en la Liga NBA y ha ganado la mayor parte de todos esos partidos que ha dirigido. Y en esta NBA moderna los jugadores respetan dos cosas en un entrenador: los anillos de campeón que posee y/o la cantidad de horas de vuelo que tiene el susodicho entrenador a sus espaldas. Lo demás; si el tipo sabe mucho o poco de círculos y de aspas, o si se le sale la ciencia del baloncesto por los huesos occipitales del cráneo, cuenta bastante poco.
De modo que el papel que tiene asignado Dantley en esta versión posmoderna de “La Ciudad de los Muchachos” que es el Denver actual, es el de policía bueno. Mr. Dantley es el asistente-confidente-colega de los jugadores y su ascendiente sobre ellos viene dado por el hecho de que el Coach es, casi, uno de ellos. Así que, cuando al gentil Assistant Coach Adrian Dantley le requirieron para que hiciera de poli malo en la función, la desconexión entre él y sus jugadores fue total. Y extremadamente letal para el equipo. Entonces, el juego de los Nuggets se convirtió mucho más en “random” que en “basketball”. Se hizo mucho más aleatorio que sólido.
Y es que, salvo que nuestro estimado forero/experto residente en psicología, Shifty, nos diga lo contrario en sus comentarios, esta tropa –mayoritariamente disfuncional- de los Denver Nuggets, ha hecho lo que se espera de un grupo muy complicado psicológicamente al que le quitan al profesor duro -y al que, encima, le traen como sustituto al simpático Hermano Prefecto de Alumnos Pequeños: pasar de su nuevo instructor en sexta velocidad.
No sería justo dejar de mencionar a los líderes del vestuario en esta caída a los infiernos del Denver durante los playoffs. El líder nominal del equipo, Carmelo Anthony, un jugador de baloncesto superlativo, y un atleta de dimensiones estratosféricas, es la personificación del “random basketball” de los Nuggets. Su excepcional dominio del juego le permite a este muchacho hacer cosas increíbles en el uno-contra-uno. Pero, a su vez, su más que sospechoso conocimiento real del juego le lleva a hacer también algunas cosas decididamente malas para el equipo; especialmente en los partidos decisivos. Carmelo –como le pasa a muchos jugadores igual de superdotados que él- suele traducir esa supuesta capacidad de liderazgo por tener (e incluso por retener) el control del balón en casi cada jugada de ataque del partido. Con resultados nefastos la mayoría de las veces, claro.
Tengo para mí que Carmelo Anthony sigue sin asimilar aquella máxima que dijo una vez el jugador que, seguramente, mejor ha jugado al baloncesto, sin balón, en toda la historia de este bendito juego: Bill Bradley. El antiguo Senador por Nueva Jersey dijo una vez que “la pelota puede ser una amante muy cruel”.
Así que cada vez que una de estas superestrellas posmodernas de la NBA se aferra al balón, sobre todo cuando las cosas no pintan bien para su equipo, constato que esa brillante frase de Bill Bradley sigue estando más vigente que nunca.
Por su parte el verdadero líder espiritual del Denver, el enorme Chancey Billups, tampoco ha funcionado en estas eliminatorias como cabía esperar de su descomunal talento. Billups es el alter ego del Entrenador Karl en el campo; el cerebro en la cancha de los Nuggets. Pero el hombre también se ha dejado llevar por la ansiedad en medio del tumulto.
A él se le atribuye una frase –pronunciada “off the record”, parece ser- durante los partidos/masacre de Salt Lake City. Una frase que parece impropia de su bondad intelectual y de su limpieza moral, ambas sobradamente probadas: “Aquí estoy gestionando este asilo”, dicen que le dijo a un reportero local. Colega que, obviamente, se saltó el off the record.
Sin embargo, el auténtico líder de los Nuggets no ha gestionado nada. Ni siquiera el asilo. Si acaso, este viaje imparable de su equipo hacia el abismo nos ha mostrado a un Chacey Billups para mí desconocido: con unos picos de individualismo totalmente sin precedentes en su (casi siempre brillante) manera de entender este juego. La transformación de Billups en estos playoffs nos demuestra que ni los líderes más sólidos dejan de estar expuestos al contagio cuando las cosas vienen mal dadas en un vestuario.
Los Nuggets han ganado 107 partidos de Temporada Regular durante las dos últimas temporadas. Se trata de una cifra magnífica, sin duda alguna. Este año ganaron, además, su segundo título divisional consecutivo y eran uno de los favoritos para, al menos, discutir a los Lakers su supremacía en las Finales de Conferencia del Salvaje Oeste.
Pero, en el momento de la verdad, la obsesión de este equipo por el "random basketball" les ha llevado a la perdición. Eso, y el hecho de que los Nuggets no han tenido a un jefe de pelotón siquiera mínimamente respetado durante la batalla.
Hubo un tiempo muerto durante el tercer partido de la serie que dijo mucho sobre las dos escuelas de baloncesto que se han visto en esta eliminatoria entre los Jazz y los Nuggets. En un lado, Jerry Sloan, el veterano y respetado técnico del Utah, aleccionaba a sus hombres en el uso de los recursos habituales del equipo en media pista. O sea, en el pick and roll. Y sólo se oía su voz.
Por su parte, el banquillo de los Nuggets parecía mucho más la reunión de una comunidad de vecinos mal avenida que un equipo de baloncesto mínimamente serio: con no menos de cuatro o cinco voces dando instrucciones -algunas incluso incoherentes- dirigidas a aquellos jugadores que tenían a bien escuchar lo que allí se estaba diciendo.
En el fondo, creo que la clave de todo esto es mucho más simple de lo que parece. El pick and roll, una de las armas más simples y a la vez más mortíferas, que hay en el baloncesto moderno, y que usa frecuentemente el Utah para aniquilar a sus rivales, ha podido con el random basketball del Denver.
Una vez más, el juego en equipo ha batido al poder del individuo. Y eso es siempre una buena noticia para el baloncesto.