Tras la gran final vivida en el impresionante Sazka Arena, se impone un reposado análisis sobre lo acaecido en la bellísima ciudad de las Mil Agujas.
Y éste no puede ser otro que aludir a la férrea disciplina que el sistema de competición ha impuesto en la manera que los partidos fueron preparados por los equipos participantes.
De esta manera, según mi criterio, el hecho que en apenas 48 horas un equipo se tenga que enfrentar a otros dos, todos ellos del máximo nivel, como fue el caso, marcó indefectiblemente el devenir de la competición.
Y así, a mi parecer, una importantísima y decisiva clave fue que los técnicos prepararon un partido con total intensidad y el otro, imagino, con menor atención.
Siguiendo este hilo argumental, yo diría que Pini Gershon tenía perfectamente analizado al TAU, y supo que cortocircuitar a Pablo Prigioni, considerado por muchos mejor base del basket europeo, era imprescindible para aspirar a ganar. De hecho pocos dos para dos vimos en la primera semi, y las ayudas interiores para colapsar a Luis Scola eran automáticas. Si a ello unimos que, anulado el base argentino por el infravalorado Will Solomon, la circulación de bola de los baskonistas no era tan fluída como es habitual, se puede empezar a entender la aniquilación que, durante los tres primeros cuartos, sufrió el juego de los de Vitoria.
Y también me atrevería a afirmar que Ettore Messina tenía analiizado hasta el último detalle de los sistemas de los macabeos, y que el torpe pero poderoso Savrasenko tenía que intimidar a los pivots rivales desde el primer momento, haciendo bascular el foco ofensivo hacia fuera, donde un complejo sistema de ajustes y ayudas se encargaría de rematar la faena.
En ataque, el ya mítico técnico italiano sabía que el cuerpo a cuerpo bajo el aro era un suicidio, tanto más sin Andersen, por lo que abrir a Matjasz Smodis para expulsar a la "piovra" Baston de su trono de intimidación, era indispensable en orden a presentar un ataque efectivo a la vez que cortar las celéricas transiciones de los Parker y cía, tras robo o tapón.
Es indudable que el CESKA somnoliento que parecía entregar la vitoria al Barça en semis, poco tenía que ver con la maquinaria perfectamente engrasada y en tensión que devoró el sueño de los 10.000 apasionados y ruidosos israelitas en la final: enlazar tres títulos consecutivos y ser recordados como Dinastía.
En cualquier caso, la final fué de las mejores que recuerdo, uno de esos partidos tensos e intensos, de canastas laboriosas y memorables, que desdicen las fementidas teorías que asocian aritmética y belleza, vinculando la calidad del juego a la exuberancia del marcador.
El basket, afortunadamente, es otra cosa, mucho más compleja y rica.