Se hace difícil hablar de basket de “mi generación” cuando aun se encuentra uno a medio camino de los cuarenta y se refiere a un periodo iniciado apenas dos décadas atrás, pero lo cierto es que en el ambiente parece pesar la existencia de una suerte de invisible lindero que separa a los viejos aficionados- digamos la generación L.A. 84- y los modernos- digamos la generación Internet.

 

 Asumiendo ese engañoso juego semántico,  con la morosa complicidad de los vaporosos reflejos de este interminable estío, uno ha de referirse a la figura del pívot como algo, quizás ya solo una idea, un concepto,  que parece hallarse en vías de extinción en estos tiempos de eclecticismo y confusión, al socaire del esplendor atlético de las nuevas generaciones.

 

 Viendo el otro día como un equipo universitario, que no anotó su primera canasta de 2 sino cuando  faltaban apenas 10 segundos para llegar al descanso, era capaz de poner en aprietos a otro que presentaba uno de los pocos pivots puros que han superado la voraz criba del earlyentrismo, uno no puede sino admitir que los tiempos están cambiando, y que el college basketball, durante años semillero táctico del basket profesional, y más acusadamente del europeo , no es más que fiel Notario de ese proceso.

 

 El advenimiento de la linea de 3 puntos, con sus hipertróficas consecuencias tácticas, determina que sean muchos los equipos que prescinden del mítico center, haciendo de la zona puerto franco en el que puedan arribar desde el más impresionante portaaviones hasta la más precaria balsa.

 

 Acaso sea la desnuda verdad que encierran los asertos populares, y en este caso la de aquel que dice que no apreciamos las cosas hasta que no las  perdemos, pero uno, incluso en estos malos tiempos para la épica de los cíclopes, no puede dejar de observar que los viejos dinosaurios no solo siguen siendo fuente de belleza y placer, sino que buenos réditos procuran para aquellos que los poseen y saben apreciarlos en lo que valen.

 

 No muy lejos están los tiempos en que Roberto Dueñas, a mi juicio un probable candidato a MVP de los primeros 20 años de ACB, decantaba la balanza de las finales hacia el plato culé, con una extraordinaria inteligencia táctica que llegaba a sofocar sus indiscutibles limitaciones físicas y técnicas.

 

 Reciente en la memoria tenemos la exhibición del gigante tejano Daniel Santiago, que ha llevado para Málaga el sueño que un chico de Alabama estuvo a punto de dibujar, en un equipo que durante los últimos cinco años llegó a ser la más triste expresión de vacuidad e inermidad interior mal disimulada a base del uso y abuso del recurso al tiro de 6,25.

 

 Y como olvidar la magia del duo Oberto & Tomasevic, dos artistas nada alérgicos a la pintura, que alcanzaron cotas de belleza raramente transitadas en nuestro baloncesto.

 En fin, que a pesar de los efímeros brillos de algún que otro atolondrado saltimbanqui, uno sigue en la creencia que el dominio de las zonas, a la larga, es lo que da y quita entorchados.

 

 Y por esa razón el otro día, asisitiendo a un conmovedor baile de gigantes entre Andrew Bogut y Lazaros Papadopoulos, algo se revolvió en lo más profundo de mi ser, recordando aquellas luchas por el espacio con las que crecí, volviendo a apreciar el genuino sentido de la palabra “trabajo sucio”, el abnegado misterio que hay tras  un buen bloqueo o la magia intemporal que emana de un gancho bien ejecutado.

 Del australiano los sabemos casi todo, tras su estruendosa irrupción en los Mundiales junior de 2003 disputados en Grecia, con 26 puntos y 17 rebotes de media,  y su excepcional carrera universitaria que le valieron el nº 1 del penúltimo draft de la NBA.

 

 El griego, algo desaparecido en los últimos años, no olvidemos que fue el principal responsable, en una inolvidable noche de inicios de mayo de 2002, de una de las mayores gestas del basket europeo de clubes que se recuerdan, la victoria del Panathinaikos ante la todopoderosa Virtus de Messina y Ginobili en el inexpugnable PalaMaguti .

 Observando aquel espectáculo de precisión y aparente sencillez, que ahora se hace tan escaso de ver,  tuve la certeza de que nadie ni nada podrá nunca con los pivots, que la eterna llama que antes portaron Kurland y Mikan, Wilt y Bill, Dino y Luyk o Martín y Norris,  seguirá ardiendo, pues una ley física incontestable rige nuestro deporte y ésta es que así como el camino más corto entre dos puntos es la línea recta, la canasta más sencilla es la más cercana.

 

 Y no olvidemos que el basket es un deporte de y para inteligentes.