Las temporadas se decide en mayo, pero el éxito empieza a construirse mucho antes. Mucho antes incluso de que los pabellones abran sus puertas, de que lleguen los primeros amistosos o de que los nuevos fichajes debuten en partido oficial. La identidad de un equipo comienza a moldearse en agosto, cuando los entrenamientos están condicionados por las ausencias, cargas físicas y e incluso por plantillas incompletas.
La paradoja del baloncesto moderno es evidente. Agosto se ha convertido en el mes más importante para construir el juego que se desarrolla sin balón y la química de vestuario. Sin embargo, es también el momento en el que las selecciones nacionales toman protagonismo. El éxito de una temporada no depende únicamente del talento reunido en la plantilla, sino de la capacidad del cuerpo técnico para crear automatismos cuando todavía faltan algunas de las piezas más importantes del proyecto.
El extraño caso de Coviran Granada
Lo que va a vivir este verano el Coviran Granada es un buen ejemplo de una situación que cada vez se repite con más frecuencia en el baloncesto profesional. El conjunto nazarí inicia la pretemporada el 13 de agosto con la plantilla al completo, pero sin la figura que debe liderar el proyecto desde el banquillo. Arturo Ruiz forma parte del cuerpo técnico de la Selección Española y no puede dirigir las primeras sesiones de trabajo con su equipo, situación que ha exigido al cuerpo técnico nazarí “adelantar los deberes” para que la ausencia de Arturo no se note en el plan de trabajo.
Lejos de ser un simple contratiempo organizativo, esta circunstancia cambia por completo el enfoque de las primeras semanas. La responsabilidad recae sobre los entrenadores ayudantes, que pasan de desempeñar un papel de apoyo a convertirse en los encargados de fijar los primeros cimientos del equipo. Es durante esos entrenamientos cuando se establece el nivel de exigencia defensiva, la cultura del esfuerzo y los hábitos colectivos que después sostendrán el juego durante toda la temporada. La pizarra más compleja puede esperar, lo primero que hay que trabajar es que todos los jugadores hablen el mismo idioma dentro de la pista.
El calendario internacional también juega en pretemporada
El caso de Coviran Granada no es una excepción. Cada verano, el calendario internacional obliga a los clubes de la Liga Endesa y de Primera FEB a convivir con plantillas incompletas durante buena parte de la pretemporada. UCAM Murcia arrancará el trabajo el 17 de agosto. Unicaja y Valencia Basket lo harán el día 20. Todos compartirán el mismo problema: jugadores concentrados con sus selecciones, incorporaciones escalonadas y semanas de entrenamiento en las que resulta imposible trabajar con el grupo definitivo.
Las consecuencias aparecen rápidamente. La instalación del playbook se retrasa porque los sistemas de cinco contra cinco necesitan a todos sus protagonistas sobre la pista. Los jugadores disponibles acumulan una carga de trabajo superior a la prevista durante los amistosos, aumentando el riesgo de sobrecargas y lesiones. Al mismo tiempo, los nuevos fichajes retrasan su integración y obligan a acelerar procesos cuando la competición ya está a la vuelta de la esquina. La pretemporada deja entonces de ser un periodo lineal para convertirse en un ejercicio constante de adaptación.
El baloncesto que no sale en los resúmenes
Existe una idea que explica mejor que ninguna otra la importancia de estas semanas. Durante la mayor parte de un ataque, el jugador no tiene el balón en las manos. Ese es el baloncesto que realmente se entrena en agosto. Mientras el aficionado espera ver los primeros sistemas ofensivos o las jugadas de final de partido, los entrenadores dedican buena parte de las sesiones a trabajar conceptos mucho menos visibles, pero infinitamente más determinantes. El spacing, la ocupación racional de los espacios, los cortes por línea de fondo cuando aparece una puerta atrás, las continuaciones tras un pick and roll o el balance defensivo después de una pérdida.
Son movimientos que rara vez aparecen en un resumen de partido, pero que explican por qué un ataque fluye o por qué una defensa llega un segundo tarde. A esa parte del juego se suma otra todavía más difícil de entrenar: la confianza entre compañeros. Saber si un base prefiere recibir el balón al pecho o al espacio. Intuir cuándo un exterior atacará la línea de fondo o abrirá el campo. Anticipar la reacción del compañero antes incluso de que tome la decisión. Ese tipo de automatismos no se improvisan en octubre, empiezan a construirse mucho antes, cuando todavía no hay puntos en juego.
Agosto también gana partidos
Las temporadas son demasiado largas para sostenerse únicamente sobre el talento individual. Llegarán las lesiones, los momentos de dudas y los inevitables baches de rendimiento que atraviesan todos los equipos. Es en esos momentos de dificiltad durante la temporada cuando aparecen los automatismos trabajados durante la pretemporada. Los equipos que mejor gestionan el caos de agosto suelen ser también los que encuentran respuestas cuando llegan las dificultades del duro invierno.