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Una caricia a 'El Alma'

  • De caminos increíbles que llevan a finales maravillosos

Hay días, momentos y partidos que quedan guardados en la retina de todo aquel que los ve, pero más aún de quien los siente.

 

Días que por más años que pasen estarán marcados en el calendario con una cruz que nos haga volver a vivir lo que vivimos gracias a doce locos de básquet.

Momentos que vamos a replicar cuando les contemos a nuestros hijos lo maravilloso que es este deporte.

Partidos que nos permiten llegar a plantearnos que los milagros existen, que la gloria divina es algo así como tumbar a un candidato para llegar a las semifinales de un mundial.

 

Todo eso es lo que transmite la selección argentina de básquet cada vez que pisa la cancha. Nos hace creer que todo es posible, porque ellos son los primeros que lo creen.

 

Los primeros que creen que la Generación Dorada no es algo del pasado. Que ese grupo de locos que conquistó hace quince años la medalla más brillante de todas, no hizo más que abrir el camino e iluminar a una escuela de jugadores que no paran de soñar con repetir la hazaña.

 

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Medalla de oro en Atenas 2004. Vía: Minuto uno

 

Pero el partido ante Serbia fue una cuestión aparte. Ya lo había dicho Ginobili hace algunos años ‘sólo con huevos no se gana, hay que jugar bien’. Y hoy los de Sergio Hernández dieron una clase de juego colectivo, porque tuvieron claro en todo momento que no tenían más talento que los rivales, pero si más ganas de ganar y, sobre todo, más ganas de hacerlo todos juntos, como equipo.

 

Por todo eso, la victoria ante Serbia tiene un sabor especial. Porque no solo participaron los jugadores que están en China, sino todos aquellos que formaron parte de la selección durante las ventanas y que nos permiten hoy seguir soñando con volver.

 

Por la locura de Campazzo, la garra de Garino, la longevidad de Scola, la magia de Laprovittola, la desfachatez de Vildoza, la puntería de Brussino, la constancia de Delía, el hambre de Deck, el trabajo de Fjellerup, las ganas de Gallizzi, la perseverancia de Caffaro, el espíritu de Redivo y la sabiduría de Sergio Hernández. Por todo eso, y por todos ellos, esto tiene un sabor especial.

 

 

 

 

Más allá de un partido, queda una marca, un legado, una historia para contar o un relato para volver a escuchar. Queda el recuerdo de esa caricia a El Alma que nos hizo sentirnos, una vez más, pletóricos.

 

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