El baloncesto está viviendo unos días amargos, a pesar de que estamos en la pos temporada, la etapa más emocionante.  Esta madrugada falleció Quino Salvo (nacido el 31 de marzo de 1958 en Vigo) que llevaba tiempo luchando contra un tumor cerebral. Salvo se inició en el Obradoiro pero comenzó a codearse con grandes en 1978 en las filas del Helios Zaragoza, con el que ascendió de Segunda División a la Liga Nacional. Tras cinco temporadas fichó por el Llíria en 1983. Tras aquello, se afincaría para jugar en Valladolid entre 1984 y 1989, aunque también compitió de forma más puntual con el Atlético de Madrid. Finalmente ampliaría su carrera ACB como jugador en Sevilla para acabarla en 1ªB con el Askatuak en 1993. Pero allí, como todo el mundo sabe, no acaba su historia y a su buena trayectoria como jugador le sumó la de entrenador, de hecho, había dejado los banquillos en el 2012.

Tristemente, hoy también falleció Sean Rooks, ex jugador del Joventut, Unicaja y largo repertorio de equipos NBA (Mavs, Timberwolves, Hawks, Lakers, Clippers, Hornets y Magic). Tan sólo tenía 46 años y  ocurrió tras caer fulminado, por causas desconocidas, en un restaurante. Rooks, se suma a los numerosos casos de baloncestistas norteamericanos de los 80-90 que han perdido la vida durante estos recientes años de forma fulminante. Por consiguiente, se añade una sospecha más sobre lo contraproducentes que pueden llegar a ser los programas de baloncesto a los que son sometidos los deportistas profesionales (también en las universidades) en los EE.UU.

Para acabar, tenemos que añadir otra sentida pérdida. Este fin de semana se nos iba Luis Trujillano  (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1 de junio de 1933-Madrid, 5 de junio de 2016), ex jugador del Real Madrid, Sevilla CF y uno de los integrantes de aquella heroica selección del 55 que consiguió la medalla de plata en los Juegos del Mediterráneo. Luis, amablemente, participó en el libro Historia del Baloncesto en España narrando la temporada 1953-54 en la que nos explicaba cosas muy curiosas sobre sus inicios como deportista: “Yo, como mucha gente de mi época, empecé jugando al fútbol. Incluso era el deporte que mejor se me daba y el que más me gustaba. Yo vivía en Tetuán. Vine a Madrid para estudiar y fiché por el Atlético de Madrid, pero en un entrenamiento, mi compañero de entonces, aquel conocido Raúl García «Tinte», me hizo trizas una pierna. Cuando me recuperé, me metí al baloncesto porque aún tenía unas condiciones físicas muy buenas. Saltaba mucho. De hecho, a pesar de que tan solo era un pívot de 1.85, fui el primer jugador español en meterla para abajo. Eso, en los 50, era algo muy inusual. Y lo curioso del asunto es que no se lo había visto hacer a nadie. Simplemente, lo probaba en los entrenamientos”.

Descansen en paz.