Solapas principales

Allen Iverson machacando el aro (Foto: Miqui Forniés)

Es la típica historia de amor...

  • De cómo dos tortolitos que se conocen de toda la vida comienzan a atraerse en la adolescencia.
  • De cómo un flechazo puede hacer que todo cambie.
 
“Algunas personas quieren que algo ocurra,
otras sueñan con que pasara,
otras hacen que suceda”
(Michael Jordan)

Esta es la típica historia del chico y la chica que crecen juntos...

Pero en ningún momento se imaginan la atracción que en unos años sentirán el uno por el otro.

La pelotita naranja entró pronto en mi vida. A los 3...o a los 4...o a los 5...o yo qué sé. En la época en la que Sabonis jugaba en el Fórum Valladolid

Sabonis con el Fórum (Foto: www.eldia.es)Mis recuerdos no son, evidentemente, ni numerosos ni ricos, sino más bien pequeños “flashazos”, pero si hay una cosa que sí tengo presente es que no tardé mucho en iniciar mis contactos con el mundo de la canasta. Eso sí, se quedaron en eso, en contactos, ya que nunca mostré mucha devoción por aquellos tíos tan enormes que botaban... y botaban...y botaban... ¡ah! y alguna vez también trataban de meter un balón entre naranja y marrón por un aro, este sí, naranja del todo. Pero luego volvían a botar. Así veía yo aquellos partidos disputados en el Polideportivo Pablo Cáceres de Medina del Campo donde mis padres solían llevarme a ver los partidos de pretemporada del Fórum. La verdad es que iba con gusto, pero me lo pasaba mejor correteando por las gradas, subiendo y bajando las escaleras y, de vez en cuando, viendo botar.

Ah, la familia...

Y la chica entra en la casa del chico, pero este sigue sin darse cuenta...

Mis padres siempre fueron aficionados al baloncesto. Incluso mi madre, poco aficionada a los deportes en general, sentía cierta afinidad hacia el baloncesto. Mi padre, que de joven practicó todo tipo de deportes (fútbol, balonmano, tenis de mesa...), siempre ha tenido cierta debilidad por el baloncesto, curiosamente el deporte que menos practicó. Era de los de la NBA de Trecet en TVE. Y de ahí que en la televisión de mi casa fueran frecuentes los partidos de baloncesto que yo miraba de reojo sin entender nada. ¿Por qué ahora se paran todos? ¿Por qué ese está sólo delante de la canasta y los demás alrededor? ¿Por qué tira y los demás se mueven y luego se vuelven a parar?

Por aquel entonces entender el baloncesto era para mí casi peor que aprenderme la tabla del 9: 9x1= falta personal, 9x2=pasos, 9x3=dobles, 9x4=...¿he dicho ya pasos?

Así que me decanté por el kárate. En un pueblo no muy grande como el mío, con pocas oportunidades para practicar deporte, donde iba uno iban todos. Mis amigos se apuntaron y yo, detrás. Y allí repartíamos que daba gusto. Mi carrera hacia las olimpiadas iba lanzada. De cinturón blanco pasé directamente a cinturón amarillo (¡sin pasar por el blanco-amarillo!) y de cinturón amarillo...al fútbol-sala. Cerraron el gimnasio y tuve que buscar otro deporte. Con el baloncesto siempre en la recámara (aunque en aquel momento yo no lo supiera), me decanté por el deporte rey del pueblo. En el fútbol-sala tuve más disgustos que alegrías. Jugaba de cierre y muy bueno, muy bueno, no es que fuera. En el equipo de los juegos escolares del colegio jugaba siempre en el equipo “B”, lo que suponía una derrota tras otra. Solíamos tener como sede para los partidos Íscar y, en una de las jornadas (para más escarnio, un sábado que coincidía con mi cumpleaños), me presenté yo sólo. Toda la mañana para nada. Llegué a casa con un disgusto...Eso sí, las veces que ganábamos (pocas, muy pocas) lo celebrábamos como si hubiéramos sido los predecesores de la selección española de 2010.

Poco a poco van creciendo...y estrechando relaciones

mikasa tricolor (Foto: foro.acb.com)Aquella época futbolera fue muy larga, y raro era el día que no estábamos enfrente de mi casa jugando con dos árboles como portería y los vecinos constantemente detrás de nosotros...así que decidimos emigrar. Siempre que podíamos nos íbamos a las pistas de las piscinas a dar unos cuantos balonazos. Pero no siempre podíamos todos. Fue ahí donde descubrí un tesoro que aún conservo: un Mikasa tricolor de goma de mi padre. Porque sólo no tiene gracia jugar al fútbol, pero siempre puedes tirar unas canastas con el balón como único compañero.

Por supuesto, esta toma de contacto inicial con el que a la postre sería un compañero de fatigas no fue del todo satisfactoria. Ni que decir tiene que todo tiro que tocaba el aro era para mí un gran éxito y, la verdad, tampoco tenía mucho interés en mejorar. Me servía para quitarme el gusanillo del fútbol, pero poco más.

Y así fui peligrosamente acercándome a la adolescencia.

Y es cuando él se da cuenta de lo que ella significa...

Y fue el momento en el que algunos de mis amigos decidieron que querían jugar al baloncesto. Yo, por el contrario, decidí dar una última oportunidad al fútbol-sala, aunque con el rabillo del ojo comenzaba a mirar hacia la canasta. Cada vez eran más frecuentes mis escarceos con la pelotita naranja, y notaba que mi relación con el pequeño balón rodante estaba dando sus últimos suspiros...

Todo esto explotó a los 15 años: llegó el flechazo. Concretamente en junio de 2001, a final de curso, y con Los Ángeles y Philadelphia como epicentro. Eran las finales de la NBA y el 15 de ese mes decidí quedarme con mi padre a ver el que sería el último encuentro de la serie. No lo hice realmente por interés por el baloncesto, sino por curiosidad. Había crecido toda mi vida oyendo hablar de un tal Michael Jordan, según decían uno de los mejores deportistas de la historia, y sentía curiosidad por conocer su entorno, su liga, por ver de qué iban aquellos jugadores de imponente físico. No me centraré en describir cómo fue, sino en lo que significó. Toda la grandeza, el espectáculo y lo que eran capaces de hacer jugadores como Iverson o Mutombo, Shaq, Kobe o Robert Horry me abrieron los ojos de tal manera que a partir de entonces lo tuve claro: a partir de ese momento yo quería jugar al baloncesto. No fueron solo las habilidades de los jugadores. Fue el cúmulo de cosas, la grandeza, el espectáculo, el subidón de cada mate o cada triple decisivo. Pese a estar de madrugada no podía tener los ojos más abiertos ante todo eso que para mí era nuevo. Como un niño pequeño cuando acude a su primer desfile de Reyes.

2001 NBA Finals Game 5 Part Six Chick Hearn Los Angeles Lakers vs Philadelphia Sixers

Pero si hay alguien a quien tengo que echarle la culpa por haberme incitado a esto del baloncesto es a un tal Pau Gasol (¿le conocen?), cuando fue seleccionado en el Draft de ese mismo año. Él fue el culpable de que se sucedieran las noches en vela para ver sus partidos (el primero fue aquel debut ante los Pistons de Ben Wallace), aunque a la mañana siguiente tocara cumplir con un examen en el instituto. También de que me tirara medio año (como mínimo) dando la chapa a la encargada de Champion de El Corte Inglés ¡porque yo quería la camiseta de aquellos Grizzlies! Y al final la conseguí.

Puede que parezca que estos hechos puntuales (finales NBA y Pau) no tuvieran más relevancia que el cambio de práctica deportiva, pero supusieron mucho más. Supusieron un cambio de mis orientaciones, y de mis intenciones, hasta aquel momento algo dispersas y, aunque parezca mentira, de mi vida. Por fin había encontrado algo que me gustaba de verdad.

Al año siguiente comencé en el equipo escolar, jugando de pívot dominante desde mis escasos 180 cm. Ese mismo año ganamos la liga escolar provincial (en parte también por la falta de rivales, todo hay que decirlo) y me llamaron para a entrenar en el colegio Maristas de Valladolid a final de temporada, aunque una serie de circunstancias hicieron que diera con mis huesos mucho más cerca, en Íscar, donde conocí a algunos de mis mejores amigos. Por supuesto, gracias a mis padres, que me animaron en mi incipiente afición y se tragaban tres viajes a la semana (y aguantando las correspondientes horas de entrenamiento en el coche leyendo en aquellos inviernos tan fríos...) más el del día de partido. Al tiempo, seguía la NBA con una devoción cada vez mayor a través de revistas y de la mítica serie de videojuegos NBA Live. ¡Cómo molaba tener a Shaquille O’Neal en el equipo...! Pero además iba ampliando perspectivas, y, pese a que en sus inicios me sentía más atraído por el espectáculo norteamericano, el empezar a dominar otro tipo de conocimientos más prácticos del baloncesto hicieron que comenzara a pillarle el gustillo a las competiciones europeas, más sobrias, sí, pero no por ello menos emocionantes. Por ejemplo, mi acercamiento a la liga ACB se intensificó con la celebración en Valladolid del All Star de 2002, donde, además de muy buenos recuerdos por el ambiente, nos trajimos para casa un buen jamón gracias a una estirada de mi padre que ni Iker Casillas...

En relación a mi carrera como “basket player”, tuve que iniciar un proceso de reconversión: de pívot dominante a base-escolta penetrador, aunque jugando mejorar, lo que se dice mejorar, mejoré lo justito para pasar el día. Pese a mis “no-muy-extraordinarias” habilidades baloncestísticas, el mundo naranja cada vez me atraía más con su propia gravedad. Hasta el punto de que, influido por otros dos extraños elementos de la canasta, Antoni Daimiel y el gran Andrés Montes (que tan en paz descanse), decidí estudiar Periodismo al finalizar bachillerato. 

Y, por fin, los dos caminos paralelos convergen en uno sólo...

Un jovencísimo Shaquille O'Neal junto a Díaz Miguel y Mike Hansen en la universidad de LSUY se estabilizan, hasta el punto de que no entiendes la vida sin el otro. Ya fuera por televisión, en competición federada, donde tuve la suerte de compartir pista (como rival) con dos ilustres del basket pucelano como Lalo García o el ahora presidente del CB Valladolid Mike Hansen, o en las pistas de las piscinas del pueblo, el baloncesto pasó a formar parte importante de mi vida. Como jugador alcancé mi máximo nivel disputando (más o menos) la Liga Autonómica en la temporada 2007-2008, que no acabé por una lesión recurrente en mi tobillo izquierdo. Así que decidí tomármelo con más calma, y viendo que mi evolución, aparte de tardía, era demasiado escasa como para plantearme ganarme la vida con ello, decidí orientarlo hacia otras vías: jugar el torneo de la Diputación de Valladolid (más conocida en mi equipo y en parte del entorno como “la tortilla”, os podréis hacer una idea de por qué...) colaborar en torneos de cantera (en Íscar, Pedrajas de San Esteban y Olmedo), entrenar a chiquillos que se inician en esto de la canasta y, más recientemente, intentar ayudar a la mayor difusión de este maravilloso deporte que es el baloncesto desde solobasket.

Esta es la parte que más me gusta del baloncesto. No sólo la práctica deportiva, sino todo lo que le rodea. Gracias al baloncesto he podido vivir grandes momentos y, sobre todo, conocer a grandes personas, incluyendo a mi pareja, también jugadora y aficionada al basket. Con mi novia cierro mi historia por el momento, aunque a ella no la conocía desde que era pequeño...

Y vivieron felices...

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