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Dimitris Diamantidis: recuerdos de Kastoria

Se apagan las luces del Olympic Sports Center de Atenas.

Es casi medianoche del 19 de abril de 2016. A lo lejos se ve una sombra que desaparece entre los últimos halos de luz. Es el momento en el que uno de los mejores jugadores de la Euroleague se despide de su competición favorita. Se retira el mito, comienza la leyenda de Dimitris Diamantidis.

Toda historia tiene un final, al que se llega como consecuencia de un camino lleno de esfuerzo y sacrificio. Pero de igual manera, toda historia; incluida la gran historia de Diamantidis, también tiene un inicio: este es el suyo.

Cambia el fútbol por el baloncesto

Al noroeste del país y bañada por las orillas del lago Orestiada rodeada de montañas de piedra caliza está la ciudad de Kastoria. En los años 80 contaba con unos 21.000 habitantes, pero la historia se iba a fijar en uno de ellos.

  • ¡Mamá, hemos ganado el Eurobasket! –gritaba el pequeño Dimitris desde la pequeña y vetusta sala.
  • ¿Seguro? –preguntaba su madre con cierta incredulidad.
  • ¡Seguro mamá!

Eurobasket 1987 Final Grecia URSS

Corría el verano de 1987 y el Eurobasket se disputaba en tierras griegas. El equipo local no quería, ni podía, dejar escapar una oportunidad de oro para poderse proclamar por primera vez campeona de Europa. Y sí, el pequeño Dimitris tenía razón; Grecia había noqueado a la todopoderosa URSS en la prórroga por 101-103 en un Estadio de la Paz y la Amistad a reventar. En aquel mítico equipo jugaban entre otros Nikos Galis –a la postre MVP del torneo- , Panagiotis, Giannakis y Fassoulas. Pero Diamantidis eligió a Theofanis Christodoulou como espejo en el cual reflejarse para iniciar su historia de amor  con el baloncesto.

         - ¡Este año no voy a jugar a fútbol!

         - ¿Por qué hijo?

         - No sé. Empezaré a entrenar a baloncesto.

         - Como tú quieras.

         - De mayor quiero ser como Fanis.

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Christodoulou celebrando (foto:sport24)

El pequeño Dimitris jugaba al fútbol hasta que vivió esa final que cambió su vida para siempre.

El caprichoso destino había querido que su domicilio estuviera al lado de la escuela. Después de llegar del colegio, hacer los deberes y merendar; Diamantidis pasaba tardes enteras jugando al baloncesto en el gimnasio de la escuela. Su madre tenía las llaves del colegio y le abría las puertas del mismo para que su hijo se divirtiera con su nueva pasión. Incluso los veranos enteros se los pasaba allí. Cuando el sol más apretaba y no se podía andar por la calle, cogía su pelota naranja y se iba a echar unos tiros a las canastas del patio del colegio.

B. C. Kastorias

El Estadio Municipal de Kastoria, situado en la calle Kastoria TK 52100 fue testigo mudo de los primeros pasos de Dimitris Diamantidis en el mundo de la canasta. Con el número 5 que él mismo eligió anotó sus primeras canastas, más o menos importantes. Lo que en ese momento desconocía el adolescente Diamantidis era que en el futuro ese recinto deportivo en el que él logró sus primeras victorias y alguna que otra amarga derrota, iba a pasar a denominarse Estadio Dimitris Diamantidis. “Para mí es un orgullo que el pabellón donde comencé a jugar al baloncesto lleve mi nombre. Siempre que vuelvo a Kastoria voy a ver cómo los chavales entrenan allí”.

Dimitris Diamantidis siempre ha sido una persona sencilla, incluso de niño. Sus padres regentaban una peletería en el centro de la ciudad y él pasaba las horas entre sus estudios, juegos y sobre todo con lo que iba a ser su gran pasión para el resto de su vida; el baloncesto. Su vida en Kastoria transcurrió con la tranquilidad como denominador común.

Al llegar de la secundaria comía casi a diario su plato favorito; pasta con pollo que le había preparado su madre. Hacía los trabajos que le mandaban en la escuela, iba a entrenar y el poco tiempo libre del que disponía lo pasaba delante de la televisión. “Reconozco que he leído contados libros en mi vida. Me gusta mucho la televisión; series, películas y en especial los informativos, me gusta enterarme de qué ocurre a mi alrededor”.

Antes de dedicarse de manera profesional al baloncesto, el joven Diamantidis ya se tomaba muy en serio el noble deporte de la canasta. En su juventud no hizo locuras, ni pequeñas ni grandes. Escuela, televisión y baloncesto. Todo esto tuvo su recompensa cuando en el verano de 1999, con tan sólo 19 años, el Iraklis B. C. llama a su puerta para darle la oportunidad de firmar su primer contrato profesional.

Iraklis B. C.

El Iraklis vivió su época dorada entre los años 1928 y 1935 en los que logró dos campeonatos de la A1. Tuvieron que esperar la friolera de 60 años para que el equipo de Salónica tuviera una participación importante en la élite del complicado y muy competitivo baloncesto griego. La temporada 1994-95 terminó tercero de la liga griega. La proeza de ser el primero detrás de los dos gigantes Olympiacos y Panathinaikos, se iba a repetir con la incorporación en sus filas de un joven llamado Dimitris Diamantidis.

Suena el teléfono en casa de Maria y Tomas Diamantidis.

  • ¿Quién es?
  • Soy Theo.
  • ¡Hola! –contesta Dimitris al otro lado del hilo telefónico.
  • Tengo una oferta en firme del Iraklis.
  • ¿Del Iraklis?
  • Sí. ¿Puedes acercarte a mi despacho esta misma mañana? -era Theo Fillioudis, su agente deportivo.

En el Iraklis coincidió con Lazaros Papadopoulos que ya iba jugando en el equipo de Salónica tres temporadas. Ahí inició su buena relación con el pívot nacido en Krasnodar pero de nacionalidad griega. Lazaros hacía también de taxista de Dimitris, ya que este no tenía carné y muchos días iba al entrenamiento andando. Hasta que un buen día, Dimitris aprobó el examen de la autoescuela y su agente no tuvo otra idea que comprarle un Chrysler con el que él se encontraba muy torpe, por ser un conductor novel. Hasta que descubrió el Smart y desde entonces sólo conduce coches pequeños.

Los inicios siempre son complicados aunque tu nombre sea Dimitris Diamantidis y la historia del baloncesto tenga reservado un hueco para ti. Aquellos años de final e inicio de milenio, el baloncesto griego y podríamos decir el europeo, fueron dominados por el Panathinaikos de un tal Zeljko Obradovic que iniciaba una nueva etapa como entrenador jefe e iba a conquistar la etapa dorada del equipo de la capital helena.

“Cuando llegué al Iraklis viví todo aquello que había soñado. Dormirme, despertarme  y sentirme todo el día jugador de baloncesto. El único dorsal que estaba libre era el número 13 y como no soy supersticioso, lo elegí y la verdad que me fue muy bien”. Pero debo reconocer que también fueron años duros para mí. Vivir lejos de mi familia y de mi ciudad me condicionaban mucho en el día a día. Además en lo deportivo no nos fue todo lo bien que me hubiese gustado. Viví un carrusel de emociones”.

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Diamantidis y Papaloukas enfrentándose en su primeros pasos en el profesionalismo.

Pero la siembra tuvo sus frutos. Lazaros se marchó en el año 2001 y regresó en la temporada 2003-04 para escribir junto al genio de Kastoria una de las más brillantes hojas en el diario de bitácoras del Iraklis B.C. en la liga griega. Aquella temporada el equipo quedó tercero detrás del Panathinaikos campeón y de un sorprendente Maroussi que llegó a la final. Si en lo grupal le fue bien a Diamantidis, en lo personal le fue todavía mejor. Se llevó el premio de MVP de la temporada y lo que él desconocía era que ese fue el detonante para que Obradovic, que años atrás ya se había fijado en él, le llamara para completar un equipo de ensueño junto a Lakovic, Batiste, Papanikolau y compañía.

A partir de ahí, el resto de la historia es bien conocida: todos remando en la misma dirección y bajo la batuta del entrenador serbio, enseñó el camino a seguir a nuestro protagonista para conquistar 7 Ligas, 6 Copas y 3 Euroligas.

Dimitris Diamantidis Top 10 Plays

Dimitris Diamantdis, Spider-Man, 3-D, Octopus Man o el Genio de Kastoria; siempre vuelve tarde o temprano a su ciudad natal, donde tiene una visita obligada por su propia devoción y amor al deporte de la canasta; ir al Estadio que lleva su propio nombre y sentarse en una esquina de la grada donde apenas se pueda descubrir su presencia. Allí contempla a los nuevos jugadores de su ciudad y quizá, si el caprichoso destino quiere, como le ocurrió a él, futuras estrellas del baloncesto griego.

Pero en realidad lo que está viendo es su propia vida troceada en retazos de amor, sacrificio y pequeñas historias que tienen un común denominador; su pasión por el baloncesto.

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Dimitris Diamantidis de espaldas (Foto: V.Stolis)

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