Solapas principales

¿Qué pasó realmente en los polémicos y sangrientos Juegos Olímpicos de Munich 72'?

carlos_jimenez_varela_munich.jpg

En el Karl Diem Stadium, donde se jugó el baloncesto no conservo ninguna, pero sí tengo una en el Estadio Olímpico, en las pruebas de atletismo (Foto: Carlos Jiménez Varela).
Tan seguros estaban los americanos de ganar, que a los Juegos de Munich 1972 enviaron al veterano entrenador Hank Iba al frente de un grupo bastante discretito en el que sólo destacaba (por su altísima talla, no por su talento) un muchacho rubito y de cara angelical llamado Tom Burleson, el olímpico más alto de la historia con sus 2,24 metros.

Motivos tenían más que sobrados para el optimismo. Desde el debut del baloncesto en Berlín habían discurrido siete ediciones de los Juegos y en todas ellas se habían llevado la medalla de oro. Antes de que llegase el 10 de septiembre de 1972 habían disputado 62 partidos sin conocer la derrota. Y en la propia capital bávara los estadounidenses habían probado que sus rivales estaban muy por debajo, especialmente en la faceta que cuidaba más el entrenador del equipo, la defensa. En momentos de tanteadores bastante altos, los universitarios americanos dejaban a sus adversarios en anotaciones raquíticas. Checoslovaquia, su primer rival fuerte, no pasó de los 35 puntos (12 en el descanso).
Pero quienes seguíamos el torneo en la sala Karl Diem, a poco más de seis kilómetros de las nuevas construcciones olímpicas, empezamos a notar síntomas de debilidad entre los colosos invencibles. Brasil tenía un equipo bueno, pero sin excesos, mezcla de veteranos y jóvenes, con Mosquito, Helio Rubens, Marquinho y el incansable Ubiratán Maciel como hombres más destacados. Este equipo brasileño, que no pasaría de la séptima plaza final, se permitía igualar con los estadounidenses en la primera parte y vendieron cara una derrota por sólo siete puntos (61-54).

1972_munich_espana.jpg

Selección de Munich72' con Emiliano, Santillana, Buscató, Luyk, Corbalán, Brabender, Sagi-Vela y etc
Poco caudal anotador, que trataban de hacer valer gracias a una incansable presión en toda la pista. Cuando se enfrentaron con España, tras el susto brasileño, los yanquis seguían sin mejorar mucho, y el cansado conjunto que entrenaba Díaz-Miguel aguantó a pie firme toda la primera parte (31-30) antes de rendirse incondicionalmente. España acabó en el puesto 11.

El cruce de semifinales les enfrentó a los italianos que dirigía Giancarlo Primo, un auténtico pelmazo del baloncesto, también amante de la defensa, que solía unir a un ataque lento, premioso, pases sin demasiado sentido. Los americanos defendían mucho y seleccionaban el tiro con cuidado; los "azzurri" sencillamente aburrían a las ovejas. El partido lo ganaron los americanos con holgura: 68-38 (36-16 en el descanso), ante un equipo con Marzorati, Meneghin, Bariviera, Zanatta y Masini del que apenas se exprimían unas gotas de la calidad que le sobraba.

usa_urrs.jpg

A la izquierda, el desaparecido Alexander Belov y autor de la canasta y Modestas Paulaskas intentan para la acción de Dwight Jones (Foto: Carlos Jiménez Varela)
Cuando llegó la final, pocos predecían la posibilidad de la tragedia, y eso que los americanos tenían como adversario a un conjunto muy serio, la Unión Soviética. Dirigidos por Vladimir Kondrashin (Gomelski permanecía en la sombra), allí estaban los muy experimentados Modestas Paulaskas y Gennadi Volnov junto a las estrellas emergentes como Sergei Belov, Alzan Zarmukhamedov, Ivan Edeshko o el protagonista del drama, el desaparecido Alexander Belov.
El recinto muniqués, con capacidad para unas 6.000 personas, alojaba siete millares en aquella jornada. Créanme si les digo que no era fácil conseguir una entrada y que, contra lo acostumbrado hasta aquel momento, los periodistas acreditados hubimos de hacernos con un billete especial que se facilitada con cuentagotas. La tensión era palpable pero, insisto, si se hubieran realizado apuestas, los "bookmakers" no hubieran ofrecido menos de un 10 a 1 para quien hubiera arriesgado unos marcos por los soviéticos.
Por poco que se creyese en sus posibilidades, los europeos tomaron la delantera y así se mantuvieron machaconamente, inasequibles al desaliento. En el descanso ganaban los soviéticos por 26-21, un marcador tan escuálido que se nos antojaba (y se nos antoja aún) indigno de una final olímpica seria.

Discurrían los minutos y los americanos no lograban dar caza a sus rivales que, a diez minutos del final, habían acumulado diez puntos de ventaja. Y cinco canastas eran un derroche dada la pobreza encestadora que había en la cancha. De cualquier forma, los soviéticos empezaron a asustarse de su osadía mientras los americanos, enrabietados, apretaban los dientes en defensa y buscaban la canasta con alguna mayor celeridad. La distancia se recortaba.
Quedaban tres segundos cuando los árbitros señalaron una personal contra la URSS cometida por el base Zurab Sakandelidze que cortaba una penetración de Doug Collins. El americano fue hacia la línea de tiros libres con el marcador en 49-48 a favor de los rusos. Mientras aprovechaba la primera de sus dos oportunidades, desde el banquillo soviético se pedía tiempo muerto. Sin capacidad de reacción, la mesa hizo sonar la bocina cuando ya Collins había acertado con el segundo tiro, lo que colocaba a los estadounidenses con ventaja en el marcador (49-50).
El propio Sakandelidze sacó de fondo y el reloj se puso en marcha. Cuando los árbitros reaccionaron al sonido de la sirena y detuvieron el juego, los rusos protestaban sin excesivo entusiasmo, bien es cierto; los estadounidenses se abrazaban en la creencia de que el partido se había acabado con ellos como vencedores; en la mesa hacían la señal del tiempo muerto; el cronómetro había avanzado y marcaba que sólo quedaba ya un segundo.
Se ha escrito que fue entonces cuando William Jones descendió del palco de autoridades y se encaminó hacia la pista. ¡Falso! Yo estaba allí y, por una especie de rara intuición, mis ojos se dirigieron en aquellos instantes hacia la esquina de la cancha donde estaba la pequeña mesa y las tres sillas que ocupaban Jones y un par de federativos. El secretario general de la FIBA había seguido desde allí el desarrollo completo de la final y en aquel instante de caos se limitó a extender ante sí su mano diestra con los dedos pulgar, índice y corazón bien estirados, en el símbolo inequívoco del tres.

olympics722_americanos_abatidos.jpg

Los jugadores norteamericanos tras perder la final de los JJOO de Munich del 72 de una forma tan extraña
Discurrió entre un griterío ensordecedor el tiempo muerto y Sakandelidze volvió a colocarse bajo su canasta para sacar de fondo, con un par de jugadores americanos frente a él, para dificultarle el pase. El reloj seguía detenido en el uno cuando el ruso soltó el balón. Apenas lo tocó un compañero cuando sonó la bocina señalando el final. Nuevas protestas de los soviéticos y abrazos con algunos jugadores tumbados en el suelo de los americanos. No hubo entre ellos ningún espíritu sagaz que ordenase la presta retirada hacia el vestuario para forzar la conclusión. Se quedaron allí en medio, festejando su victoria como niños. Entre los participantes en el jolgorio, todos los ocupantes del banquillo y algún espontáneo que se unió a la fiesta aprovechando que la seguridad era escasa, pese a que sólo unos días antes se había producido la brutal y trágica acción de Septiembre Negro asesinando a varios miembros de la delegación olímpica israelí.
William Jones, siempre con sus tres dedos estirados, se puso en pie, para que los árbitros pudieran verle bien. Le vieron e hicieron que los oficiales de la mesa de anotadores reparasen en el viejecito pequeño y algo tripudo que seguía erguido, sin pronunciar una palabra. Los árbitros de la final se acercaron hacia William Jones y éste apenas tuvo tiempo de musitar unas palabras en sus oídos. Unas palabras que serían, más o menos: ”Hay que jugar aún tres segundos”.
Sólo entonces relajó la mano y volvió a tomar asiento el hombre que regía los destinos del baloncesto mundial. Los árbitros regresaron hacia la mesa e iniciaron un rápido diálogo. Los rusos no tenían derecho a pedir tiempo muerto entre los dos tiros libres, pero los oficiales de la mesa asumieron su fallo: debían de haber detenido el juego antes de los lanzamientos. Se aceptó la irregularidad, se anunció por la megafonía que el juego no había terminado y se comenzó la manipulación del reloj para situarlo en menos tres, lo que obligaba a dejar discurrir los sesenta segundos uno a uno. Hubo cierto revuelo entre los americanos, pero sólo eso, tan seguros estaban de que nadie podía arrebatarles la victoria en tan escaso tiempo como restaba.
En el tercer saque de fondo había cambiado el encargado de hacerlo y ahora era el base Ivan Edeshko. Frente a él se colocó, moviendo sus brazos como aspas, uno de los adversarios, Tom McMillen. Uno de los árbitros le indicó que tenía que separarse de la línea de fondo y el jugador, en lugar de hacerlo, cometió un fallo imperdonable: dejó totalmente libre al ruso mientras corría a su zona vaya usted a saber por qué.
Edeshko tenía así suficiente campo de visión para hallar un destinatario de su pase. Y vio al pívot Aleksander Belov junto a la línea de tiros libres opuesta. Éste no estaba sólo: dos de sus rivales le vigilaban de cerca, Jim Forbes y Kevin Joyce. Edeshko tenía que lanzar muy lejos el balón y lo hizo ayudándose con una corta carrerilla. Si tienen ocasión de ver la película que se conserva de aquellos instantes, con unos colores desvaídos, pero una imagen muy clara, podrán observar que Edeshko pisaba claramente la línea en el saque, pero nunca se protestó por ello, al fin y al cabo, ¿se imaginan cuántas veces se comete esa violación en un partido cualquiera? Les desafío a comprobar que son muchas más veces de lo que habrían imaginado.
El balón por el aire. Aleksander Belov saltó con fuerza en su busca y sus marcadores, inoperantes. Unos opinan que desplazados por un empujón del jugador ruso; otros creen que estaban demasiado asustados como para reaccionar y se emplearon con una absurda timidez. Mi opinión: con los nervios chocaron entre sí. El caso es que el rubio pívot soviético se hizo con el balón y se volvió hacia el aro. Una zancada, dos zancadas, tres zancadas... Los mayores diríamos "cámino" (así, con acento en la a) y los más jóvenes, "pasos". Los árbitros podían haber hablado con su silbato, pero permanecieron mudos, superados también por los acontecimientos. Belov atinó con la canasta mientras sonaba la bocina y el marcador cambiaba a un URSS, 51; USA, 50.
La sala Karl Diem volvió a convertirse en un caos. Ahora se revolcaban por el suelo los rusos mientras golpeaban con sus puños la mesa de anotadores los americanos.
William Renato Jones sonreía beatíficamente.
A la hora de repartir las medallas, las de plata quedaron en su bandeja: los estadounidenses permanecían encerrados en el vestuario. En realidad, hasta el día de hoy siguen esas medallas depositadas en una de las cajas de seguridad de un banco muniqués a la espera de que las reclamen sus propietarios y no lo han hecho todavía.

Cuando salió el capitán del equipo de su encierro, a requerimiento de un oficial fue para firmar el acta bajo protesta e indicando que seguiría una hoja de alegaciones. Cumplieron su amenaza, pero la reclamación, detallada en ocho puntos, firmada por K. Summers, el delegado del equipo, no se merecía un mínimo de estudio por parte de los más interesados en ello. De hecho, los motivos que expusieron eran nimios y se centraban en la imposibilidad de pedir el tiempo muerto mientras se lanzaban tiros libres (lo que había sido ya desmentido por la mesa) y en que sólo había que jugar un segundo en lugar de tres (no debían de haber reparado en William Jones y sus dedos).

nba_u_usa_russia01_576_us_presswire.jpg

Los rusos, se vuelven locos tras la canasta que les daba la medalla de oro en las Olimpiadas de Munich 72'
El Comité de Apelación de la FIBA tardó sus buenas dieciocho horas en estudiar el alegato y al final desestimó la protesta y cargó las culpas en el tema del tiempo muerto sobre los árbitros y en lo de la medición del tiempo a la mesa de anotadores. Opinan algunos que el apoyo a las tesis soviéticas se fundamentó en el criterio de tres integrantes del comité, ciudadanos de lo que entonces -en plena guerra fría- se llamaban "países satélites" (había un cubano, un polaco y un húngaro).
Hubo otra reclamación, esta vez del Comité Olímpico de los Estados Unidos al Internacional, pero tampoco tuvieron éxito. El COI se limitó a señalar que ellos no podían cambiar una decisión técnica adoptada por una federación y menos sobre la base de una protesta que se exponía "bajo un prisma ético y moral".

Aquella derrota, que rompía la interminable serie de triunfos pareció a punto de crear un cisma, como en los viejos tiempos de la cristiandad. La guerra fría de la política se extendió al baloncesto y es posible que las pequeñas diferencias de reglamentación entre Estados Unidos y el resto del mundo, incluyendo la forma de las zonas, hayan perdurado por culpa de aquellos fatídicos tres segundos que rompieron el diálogo durante mucho tiempo.

Sobre el autor

 
Antiguedad: 
8 años 1 semana
#contenidos: 
1
#Comentarios: 
3
Total lecturas: 
7,344

Comentarios

Gran articulo. No sabia nada de esta final y he disfrutado mucho imaginando como fue. Estos articulos hacen grande a esta pagina.

Gran artículo, que gozada haberlo vivido en la cancha!
Cuanto hacia que no oía lo de camino.

Tengo un ídolo: Carlos Jiménez Varela, uno de los primeros periodistas pioneros en baloncesto. ERES UN FE-NO-ME-NO del BA-LON-CES-TO.