Hay algo fascinante en la historia del MVP de la Liga Endesa en la temporada 2025-26 que demuestra que la ACB es “diferente”. Mientras otras competiciones suelen coronar al líder dominante, al favorito al título o a la gran superpotencia de turno, la ACB siempre ha tenido cierta debilidad por los jugadores capaces de sobrevivir al caos, no hay que ser parte de un equipo grande para ser reconocido como el mejor, en una votación democrática, donde se pronuncia el aficionado, se elige democráticamente al jugador que más impacto ha tenido en la temporada regular, y la historia de este método deja lecturas increíbles.
Luka Bozic y una temporada imposible
Luka Bozic acaba de firmar una de las temporadas más extrañas y simbólicas que se recuerdan en el baloncesto español. Porque sí, el Coviran Granada ha descendido, pero el interior croata ha sido elegido MVP de la temporada 2025-26 después de sostener prácticamente solo a un equipo condenado desde hace meses a vivir al borde del abismo competitivo. No sólo ha sido el mejor jugador de la presente temporada, sino que ha marcado varios hitos en el baloncesto granadino en tan sólo una temporada.
El premio no se explica únicamente desde los números, lo hace desde las circunstancias donde se produjeron.
Bozic ha promediado más de 24 créditos de valoración, ha firmado 15 partidos por encima de los 30 y ha igualado uno de los registros más difíciles de la historia reciente de la competición: las 12 jornadas consecutivas con al menos 27 de valoración que Arvydas Sabonis estableció hace más de tres décadas. Ahí aparece la verdadera naturaleza histórica del MVP ACB, porque este galardón rara vez perteneció a los jugadores cómodos.
El MVP ACB nunca funcionó como el MVP NBA
La NBA suele premiar historias ganadoras, un jugador encumbrado por un récord colectivo, donde han ejercido liderazgo en equipos aspirantes al anillo. La ACB, en cambio, lleva décadas construyendo otra mitología. Una donde el jugador capaz de mantener vivo un proyecto imposible termina imponiéndose incluso aunque todo alrededor se derrumbe. Ahí aparecen nombres que forman parte de la memoria competitiva de la liga.
Walter Herrmann ganó el MVP en 2002-03 mientras el Jabones Pardo Fuenlabrada descendía después de firmar 22,3 puntos y 9,8 rebotes por partido. Lou Roe sostuvo al Gijón Baloncesto hasta una permanencia agónica desde la 15ª posición con más de 23 puntos de media. Darryl Middleton conquistó el premio con un Caja San Fernando que ni siquiera alcanzó los Playoffs. Dzanan Musa relanzó su carrera en un recién ascendido Río Breogán al que llevó hasta la Copa del Rey antes de quedarse fuera de las eliminatorias. Ahora Bozic entra directamente en ese grupo de anomalías competitivas. El de los jugadores demasiado grandes para los equipos que intentaban salvar una situación límite.
El descenso nunca había resultado tan contradictorio
La temporada de Bozic deja una imagen extraña: cuanto peor parecía el contexto colectivo del Coviran Granada, mayores eran sus actuaciones. Como si la supervivencia deportiva del equipo dependiera exclusivamente de que él siguiera produciendo durante cuarenta minutos cada fin de semana. Y eso, en la ACB actual, tiene un mérito enorme.
La Liga Endesa es hoy más física, más atlética y más exigente que hace una década. Sin embargo, Luka Bozic ha conseguido algo que parecía reservado a otra época: dominar estadísticamente la competición jugando sin apenas descanso y soportando casi todo el peso ofensivo y táctico de un equipo descendido. Por eso igualar el récord de Sabonis tiene tanta carga simbólica.
Sabonis representaba el dominio desde la superioridad absoluta. El pívot que parecía jugar un deporte distinto en los años noventa. Luka encarna otra forma de grandeza competitiva: la resistencia. La capacidad de seguir produciendo cuando el ecosistema entero se desmorona alrededor. Dos maneras muy distintas de dominar una liga.
El MVP también puede convertirse en desgaste
La historia de la ACB está llena de MVPs que nunca levantaron el título de campeón. Y probablemente tampoco sea casualidad. Muchas veces el jugador que domina la fase regular llega exhausto al momento decisivo después de cargar durante meses con toda la responsabilidad ofensiva, emocional y táctica de su equipo. El MVP ACB nunca ha garantizado títulos.
Luis Scola firmó dos temporadas extraordinarias en Baskonia que terminaron escapándose cruelmente en Playoffs. En 2005, el Real Madrid de Boza Maljkovic remontó la final en Vitoria con el histórico triple de Alberto Herreros. En 2007, el Barça de Juan Carlos Navarro volvió a dejar sin premio colectivo al argentino.
Marc Gasol convirtió al Akasvayu Girona en uno de los equipos más fascinantes de la década antes de caer en cuartos pese a firmar 11 MVPs de la jornada en una sola temporada, récord absoluto entonces.
Nicolás Laprovittola llevó al Joventut a Playoffs siendo el último base puro en conquistar el galardón antes de caer rápidamente ante el Barça.
Giorgi Shermadini colocó a Tenerife entre las grandes potencias de la fase regular para terminar chocando una y otra vez contra el límite físico y presupuestario que imponen las plantillas Euroliga.
La tiranía estadística de los interiores
La propia historia del galardón también explica cómo se entiende tradicionalmente el baloncesto en España. Cerca del 80% de los MVPs de la ACB han sido jugadores interiores. Pívots y ala-pívots favorecidos naturalmente por una fórmula de valoración que premia rebotes, porcentajes altos cerca del aro y faltas recibidas.
Por eso nombres como Sabonis, Scola, Splitter, Shermadini, Middleton o Felipe Reyes dominan gran parte del palmarés histórico. El propio Shermadini se ha convertido en el gran referente moderno del premio con tres MVPs de temporada, igualando a Darryl Middleton como máximo ganador histórico. Y precisamente por eso tiene todavía más valor lo que consiguieron los exteriores capaces de romper esa tendencia.
Dejan Bodiroga dominó jugando prácticamente como un base con cuerpo de alero. Juan Carlos Navarro convirtió su arsenal anotador en un MVP. Sergio Llull transformó el clutch en una forma de gobierno competitivo. Nicolás Laprovittola llevó al Joventut a otra dimensión desde la dirección pura. Y fuera de cualquier categoría convencional apareció Luka Doncic. Con apenas 19 años, el esloveno dominó la competición jugando como base, alero y generador total al mismo tiempo, convirtiéndose en uno de los MVPs más precoces y descomunales que ha visto la Liga Endesa.
La rareza de los MVPs españoles
Si echamos la mirada hacia atrás, la historia del reconocimiento como mejor jugador de la temporada regular también demuestra hasta qué punto la ACB ha dependido históricamente del talento extranjero para dominar la competición desde los números. Solo seis jugadores seleccionables por España han conseguido levantar el MVP de la temporada desde 1991:
- Juan Carlos Navarro
- Marc Gasol
- Felipe Reyes
- Fernando San Emeterio
- Nikola Mirotić
- Sergio Llull
Muy pocos para una liga considerada durante décadas una de las más potentes de Europa, muy pocos y con ausencias muy destacadas para una generación que le ha dado al baloncesto español la página más laureada de su historia. Y aun así, cada uno dejó temporadas profundamente reconocibles. Desde la explosión ofensiva de Navarro hasta la briega en el fango de Felipe Reyes, capaz de conquistar el premio con 35 años gracias al rebote ofensivo, la lectura táctica y la supervivencia física.
Pudo ser en Burgos
Esta historia podría haber sido más extraordinaria en Burgos. Luka Bozic llegó a la última jornada en Burgos con la posibilidad real de romper uno de los récords más legendarios de la historia ACB: las 12 jornadas consecutivas con al menos 27 de valoración que Arvydas Sabonis firmó hace más de treinta años.
Bozic ya lo había igualado. Podía haberse quedarse solo.
El partido era un perfecto escenario, pero falló la épica. Coviran Granada, descendido. San Pablo Burgos, salvado. Sin presión , sin intensidad, sin un plan por parte de Arturo Ruiz de premiar a su mejor jugador y propiciar que alcanzase los 27 créditos con jugadas diseñadas para él. Aún así firmó 24 puntos de valoración, otra vez fue el mejor de su equipo, otra vez Granada volvió a perder.
Si Luka Bozic hubiese alcanzado los 27 créditos de valoración, hubiera conseguido 13 jornadas consecutivas por encima de esa cifra y habría escrito su nombre con letras de oro en uno de los registros más difíciles de imaginar en el baloncesto actual.
Y justo aquí tenemos la contradicción que hace más maravilloso el caso de Bozic, ya que no hablamos de un entorno ganador, un jugador que pedía intensidad a sus compañeros en cada jugada de pasividad defensiva. No hablamos de un equipo Euroliga. No hablamos de una superpotencia histórica de la ACB. Hablamos de un jugador, que no tuvo sitio en Valencia Basket, intentando reescribir su propia historia mientras su equipo cae al abismo. Y quizá eso explique mejor que nada qué significa realmente ser MVP en la ACB, porque la Liga Endesa siempre acabó premiando a los supervivientes.