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En aprecio a Josh Giddey

“Qué sensación cuando un jugador redescubre su juego. Josh Giddey ha recuperado su magia”, comentaba JJ Redick la pasada madrugada en la retransmisión de ESPN en el partido entre Boston y Oklahoma.

 

Hace ya un tiempo, a finales de diciembre, un buen amigo me hizo una pregunta a palo seco, y me dijo: “Oye, ¿qué hace Josh Giddey todavía en Oklahoma? Aquella pregunta tenía un alto contenido, casi en dos partes: la primera iba encaminada a la presunta relación del jugador con una menor y cómo podía ser que la franquicia no actuase en consecuencia (lo trataremos más adelante), y la segunda, sobre el encaje deportivo del australiano. Venía a decir que su unión, su fit, con jugadores como Shai Gilgeous-Alexander o Jalen Williams, directores de juego con un elevado consumo de balón, no era el ideal. Y puede que tenga razón. Es probable que la tenga. Desde entonces, me prometí darle respuesta, responder por qué Giddey. Es cierto que no es una estrella, su peso en el juego aparece más parcelado que nunca y su encaje sigue siendo algo confuso. 

 

Sin embargo, sigue habiendo algo en el oriundo de Melbourne que sugiere una especie de llave del Edén, el hallazgo de un arca perdida, la desesperada solución final cuando se cierran todas las salidas. Y ese es el factor extra que tanto ha reiterado Mark Daigneault estos años cuando le han preguntado sobre él.

 

 

 

 

En él la imprevisibilidad es una virtud pues es síntoma de su gran inteligencia. Observa, detecta grietas en el rival y actúa en consecuencia. El problema radica en que cuando no consigue ver realmente dónde está la ventaja, muchas veces no es capaz de generarla de manera autosuficiente. Es un pasador nato. Un sumo creador. Hay algo romántico en esos jugadores cuya esencia descansa en el pase, más en la época actual. Mientras el anotador puede brillar por sí mismo, a base de acciones individuales y con independencia del contexto a su alrededor, con el pasador sucede al revés. Con él estamos hablando de uno de esos bases de la vieja escuela al 200%. De los que entendían el oficio de su posición como alguien que genera desventajas con su velocidad y bote para que otros las aprovechen y darles el balón en el momento adecuado.

EL ROL DE GIDDEY EN LOS THUNDER

 

A partir de la aparición de Chet Holmgren y, sobre todo, la irrupción de Jalen Williams, el cambio de rumbo en la configuración del sistema ofensivo ha desplazado a Giddey a un tercer plano (en 2023 lanzaba 14.7 tiros/partido, este curso está en 10.5). Sus oportunidades en ataque proceden, en su gran mayoría, de continuaciones y rechaces, viéndose reducidas las opciones de las que dispone para tomar decisiones con la bola (USG% de 22.2). La cuestión no es tanto lo que consigue, sino su relevancia dentro del propio sistema y que se potencien sus virtudes físicas y técnicas. Algo que no estaba sucediendo esta temporada. Hasta hace aproximadamente un mes.

 

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Jusuf Nurkic defendiendo a Josh Giddey.

 

A diferencia de inicios de temporada, cuyos esquemas acababan con Josh en una esquina o en línea de fondo la gran mayoría de veces, Daigneault parece haber optado por alejarle de la pintura ubicándole en los codos o ejerciendo de bloqueador. En el primer caso, este espaciado tan concreto favorece y potencia las virtudes del base al permitirle recibir y penetrar, exprimiendo su superioridad física. Y en el segundo caso, colocando pantallas para Shai y JDub, en Oklahoma están usando mucho el 'short roll' ante ese 'flash/2vs1' tras el bloqueo directo, reforzando así las decisiones de Giddey con el pase. Lo cierto es que él no está para hacer puntos. Está rodeado de anotadores y ejecutores, pero sí debe servir para hallarlos y conectarlos. Y lo está consiguiendo.

 

 

 


“Solía ​​odiarlo. Llegaba al partido sabiendo que un pívot me iba a defender...​​juzgaba mi juego por si metía los triples. Ahora he cambiado mi forma de pensar. Lo que pienso ahora es que si me dejan abierto, los castigaré. Les haré pagar y cambiaré su esquema defensivo siendo más agresivo”, comentaba Josh Giddey tras firmar 23 puntos y 9 asistencias en Phoenix.

ZONA DE ACCIÓN: LA PINTURA

 

Una de las razones por las cuales el australiano resulta tan especial se debe a su condición de jugador aposicional. En efecto, se trata a grandes rasgos de un base, aunque se mueve mejor en los aledaños del aro (en quintetos de baja estatura lo hemos visto emparejarse con los interiores rivales). Y es aquí, precisamente, donde más ha disminuído su nivel este curso. La temporada pasada anotaba 11.5 puntos en la pintura (55.6%), este año registra 7.1 (43%). El volumen baja y el nivel de acierto también se desploma.


No obstante, en el mes de marzo, sin Shai por problemas físicos en varios partidos, Giddey acredita un sensacional 70.6% en la zona restringida (mejor dato del equipo) y un notable 58.5% en la pintura. Su juego no ha cambiado en exceso, solo el contexto que le rodea y el volumen de acciones que asume. Está leyendo notablemente mejor la situación de la defensa, ha encontrado consistencia en la zona del floater (su recurso más utilizado) y selecciona mucho mejor los tiros. En baloncesto el tamaño coordinado va a ser siempre una ventaja y Josh parece haberse dado cuenta.

 

 

 


En el último partido ante los Rockets, en el que se va hasta los 31 puntos, el base acude hasta 11 veces a la línea del tiro libre. El dato no es que sea el máximo de carrera, que también, sino que visitó la línea las mismas veces que en los 17 partidos previos. Ahora está más agresivo, vertical, yendo con más confianza hacia el aro. Lejos todavía de su plenitud atlética, parece que, poco a poco, está aprendiendo a dominar desde su cuerpo.

ACIERTO EXTERIOR

 

Tras el brillo de estas estadísticas aparece un jugador visionario para el pase, solidario en el juego, el perfecto representante del baloncesto colectivo destinado a encumbrar a la selección australiana durante la próxima década, explosivo en su plenitud física y pendiente de mejora en el tiro, el aspecto en el que más ha de trabajar en su carrera para alcanzar la condición de jugador completo. Y lo está trabajando junto a Chip Engelland, asistente de Mark Daigneault en los Thunder. Llegó a Oklahoma en 2022, tras 17 años a las órdenes de Gregg Popovich en San Antonio. A Engelland se le atribuye el mérito de haber ajustado y contribuido en la mejora en el tiro de Kawhi Leonard.

 

 

 

 

En su temporada rookie Josh Giddey acreditó un pobrísimo 26.3% desde el perímetro. En 2022-23, como sophomore, subió al 32.5% en T3, firmando un 43.2% en diciembre de ese año y un 38.2% en marzo. Y en su tercer curso, el actual, está registrando un 34.4% desde la línea de tres, alcanzando un notable 41.4% en el ya rebasado mes de marzo. En un baloncesto que prodiga como nunca posiciones favorables de tiro una porción cada vez mayor del juego tan solo depende de la precisión del tirador.

LA NATURALEZA DE GIDDEY

 

Para tratar de explicarlo, así como en su totalidad, o en su misma raíz, explicarlo y hacerlo entender, vale conectar con una generación anterior, o muy anterior, hoy día gastada, que en su inocencia original, cuando la NBA cayó del cielo, haría constante referencia a un jugador, único en su especie, más o menos así: es lento, no salta y apenas corre. Esto de la lentitud y la merma física se diría siempre (aún hoy, hasta lo cansino) de Larry Bird, de quien se tomaba la forma por el todo, aunque fuera falaz, que aquel joven de Indiana, joven solo por edad tras el suicidio de su padre, era, en términos atléticos, un jugador blanco promedio hasta pongamos mitad de los años ochenta, cuando su espalda se declaró ya en rebeldía, y su cuerpo, o lo que restara de él, jugaba con el freno de mano.

 

 

 

 

En Bird, hay que insistir, se tomaba la parte por el todo, eso que en retórica se conoce como sinécdoque y en deporte malentendido. Se decía que Bird era lento (que no lo era), que Bird no saltaba (saltaba lo que había que saltar), y que apenas corría (cuando corría lo que debía correr). Lo que pasaba con Bird es lo mismo que pasa hoy con Giddey (salvando las distancias, que se me entienda) que, viéndolo jugar salta a la vista como una alerta, una disonancia, entre lo que parece y lo que es, entre su cuerpo y su baloncesto, entre la fachada y su interior, entre lo accesorio y lo esencial. La privación de atletismo genera deformaciones visuales, espejismos mentales, como si en el baloncesto nada importara más que las explosiones.

SOCIOLOGÍA DEL ODIO

 

“Josh Giddey” fue uno de los nombres más googleados en el entorno NBA durante varias semanas. Aunque en aquella ocasión el motivo de la búsqueda no tuviese nada que ver con el baloncesto. El jugador australiano fue investigado por la propia liga por una posible relación inapropiada con una menor de edad. El jugador, que cumplió 21 años el octubre pasado, se vio envuelto en un lío legal por una relación no permitida en el estado de Oklahoma. Una polémica que comenzó el jueves 23 de noviembre cuando un usuario anónimo publicó imágenes y vídeos del jugador con su supuesta pareja afirmando que esta era todavía alumna de segundo año de instituto. Unas imágenes que empañaron la evolución en cancha de uno de los grandes talentos jóvenes de la liga.


Por desgracia, estos posts publicados en internet, en espacios como blogs o redes sociales en el peor de los casos se vuelven viral y el jugador es exhibido públicamente y queda expuesto a la animadversión, al aborrecimiento y al escarnio público.

 

 

 


Y es que Josh, junto a todos los jugadores que están por llegar, vino a inaugurar la era del Gran Hermano, un nuevo tiempo de vigilancia infinitesimal en vivo hasta el más mínimo detalle, real o irreal. Porque esa distinción ha dejado de importar. Con ello conviven hoy todas las estrellas y así lo harán las del futuro, sometidas al escrutinio de la masa en una arena pública donde solo el ruido despunta. Más atronador cuanto más hostil y más rentable cuanto más imperativo. Podría resumirse así la insaciable voracidad de esta nueva presión exterior y la proliferación de vías de asalto a los protagonistas, un fenómeno que el siglo XX no conoció y que Giddey, tuvo la mala suerte de padecer.

FUTURO EN OKLAHOMA

 

Josh Giddey es ya uno de los mejores directores de juego del mundo como demostró en el pasado Mundial. Inteligente, paciente, resolutivo y asombrosamente clarividente para su limitada experiencia (jugador más joven del quinteto titular). Giddey, base por vocación y devoción, creció viendo cómo su padre, ex jugador de los Melbourne Tigers, le ponía un vídeo tras otro de Magic Johnson, hasta hacer suyo aquel viejo dicho que afirmaba que una canasta hace feliz a un jugador pero la asistencia hace felices a dos. Al final, su baloncesto, ordenado y racional, prueba estos días el cóctel con un lado más vertiginoso y voraz, uno nacido, en parte, a raíz del dolor de haber sufrido un escrutinio para él, injusto.

 

 

 

 

En todos estos meses, en su silencio, y tras ser declarado inocente, en su búsqueda de la calma, la que no está teniendo en los pabellones rivales debido a los constantes abucheos, habrá mirado de vez en cuando a un balón, a unas imágenes de un partido que aparecieran en una televisión cercana y desde la lejanía habrá sentido varias cosas: hartura, pereza de lo que hay alrededor de la pelota, frialdad por tener otras prioridades vitales, cariño, añoranza y quizás en algún momento la pulsión de la pasión por el juego.


De hacer ambos escenarios compatibles Oklahoma, tierra con profundo y permanente aroma a baloncesto, puede haber recuperado para la causa un extraordinario base. Quién sabe, puede que sea la mejor adquisición en el deadline para un equipo del Oeste de cara a los playoffs.

 

Sobre el autor

 
Imagen de Toni Pons Toni Pons @19toniponsNació en Mallorca un 10 de septiembre del 2000. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Su pasión por el deporte provocó que una vez terminada la carrera cursara el Máster de Periodismo Deportivo en la Universidad CEU San Pablo. Estuvo como becario en la web de Onda Cero y en marca.com, donde cubrió durante meses la actualidad de la NBA, Euroliga y Eurobasket femenino. Su amor por el baloncesto floreció con Los Angeles Lakers de Kobe Bryant y, sobre todo, y por encima de todas las cosas, de Pau Gasol. No obstante, fue en 2012 y de la mano de Oklahoma City Thunder cuando empezó a seguir la liga de cerca. Fanático de Russell Westbrook, 'hater' de Kevin Durant y periodista a sueldo de Sam Presti. En 2024 inició su camino en Solobasket para hablar de la pelotita naranja
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